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Blue Tri Ardiente

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Blue Tri Ardiente

Estaba tirado en la arena caliente de la playa de Puerto Vallarta, con el sol pegándome en la cara como un beso ardiente. El mar rugía bajito, olas rompiendo suaves contra la orilla, y el aire traía ese olor salado mezclado con coco de las cremas bronceadoras. Yo, Javier, acababa de llegar de la chamba en la ciudad, needed un descanso chido de la rutina pendeja. Me recargué en mi toalla, checando el bronceado de mis chavos, cuando la vi.

Ahí venía caminando, contoneándose como si la playa fuera su pasarela personal. Llevaba puesto un blue tri que brillaba bajo el sol, ese triángulo azul eléctrico que apenas cubría sus chichis perfectas, firmes y bronceadas, con tirantes delgaditos que se cruzaban en su espalda suave. Abajo, el bottom a juego, ajustadito a sus caderas anchas y su culo redondo que se movía con cada paso. Su piel olía a vainilla y sal desde metros, y su cabello negro largo ondeaba con la brisa. Neta, mi verga dio un brinco en mis shorts.

Órale, güey, ¿quién es esa morra? Ese blue tri me tiene loco ya
, pensé, sintiendo el pulso acelerarse en mis huevos.

Se paró a unos pasos, extendió su sábana y se acomodó justo enfrente. La miré de reojo, tragando saliva, el corazón latiéndome como tambor en desfile. Ella se untó crema, manos resbalosas deslizándose por sus muslos, subiendo despacito hasta el borde del blue tri, rozando la piel sensible. El sonido de la crema chasqueando contra su carne me erizó la piel. Volteó, me pilló mirando y sonrió con picardía, labios carnosos pintados de rojo coral.

¿Qué pedo, carnal? ¿Te late la vista? —dijo con voz ronca, acento norteño juguetón, como si supiera exactamente lo que me provocaba.

Me senté derechito, riéndome nervioso. —Neta, wey, ese blue tri tuyo está cabrón. Te queda como anillo al dedo, morra.

Se llamaba Sofia, 28 años, de Monterrey pero viviendo en Vallarta por la chamba en un hotel fancy. Charlamos de la vida, de cómo el mar cura el alma pendeja de la ciudad. Ella se recostó de lado, el blue tri tensándose contra sus pezones que se marcaban apenas, duros por la brisa fresca. Yo sentía el sudor resbalándome por la espalda, el calor entre mis piernas creciendo. Cada risa suya era un jadeo disfrazado, y su mirada me desnudaba más que al revés.

El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Nos metimos al agua para refrescar, chapoteando como chavos. Sus manos rozaron mi brazo accidentalmente —o no tan accidental—, piel mojada contra piel, eléctrica. Salimos, gotas resbalando por su blue tri empapado, translúcido ahora, dejando ver el contorno oscuro de sus areolas.

Chingado, Javier, contrólate o vas a explotar aquí mismo
, me dije, pero mi verga ya estaba tiesa como poste.

Vente a mi cabaña, carnal. Tengo chelas frías y quiero quitarme este blue tri mojado —me soltó de repente, ojos brillantes de deseo puro.

Órale, ¿sí? Mi pulso tronó en los oídos. Caminamos por la playa, arena pegándose a nuestros pies húmedos, el olor a mar y su perfume vainilloso envolviéndonos. Su cabaña era chida, de madera con vista al mar, luces tenues y música de cumbia rebajada sonando bajito.

Adentro, el aire fresco de un ventilador nos golpeó, pero el calor entre nosotros ardía más. Se paró frente a mí, manos en las caderas. —¿Me ayudas con esto? —susurró, jalando el tirante del blue tri.

Mis dedos temblaron al desatarlo, el tejido azul cayendo despacio, revelando sus chichis perfectas, pezones rosados endurecidos. Olían a sal y crema, y los tomé en mis manos, suaves como seda caliente. Ella gimió bajito, "Ay, sí, Javier, qué rico", arqueando la espalda. La besé, labios salados y dulces, lengua danzando con la suya, sabor a coco de su gloss. Sus manos bajaron a mis shorts, liberando mi verga dura, palpitante, acariciándola con dedos expertos que me hicieron jadear.

La llevé a la cama king size, sábanas frescas contra nuestra piel ardiente. Le quité el bottom del blue tri, exponiendo su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. El olor almizclado de su arousal me volvió loco, embriagador como tequila añejo. Lamí su cuello, bajando a sus chichis, chupando pezones que se endurecían en mi boca, su sabor salado dulce. Ella se retorcía, uñas clavándose en mi espalda, "Más, pendejo, no pares", voz entrecortada.

Mis dedos exploraron su entrepierna, resbaladizos de humedad, círculos lentos en su clítoris hinchado. Sofia jadeaba fuerte, caderas empujando contra mi mano, el sonido húmedo de sus jugos chasqueando.

Neta, esta morra es fuego puro, su calor me quema las tripas
. La volteé boca abajo, besando su espalda, lengua trazando la curva de su culo. Ella abrió las piernas, invitándome, y metí la cara ahí, lamiendo su panocha desde atrás, sabor ácido dulce inundándome la boca, sus gemidos ahogados en la almohada.

No aguanté más. Me puse de rodillas, verga goteando pre-semen, y ella volteó, ojos lujuriosos. —Cógeme ya, Javier, métemela toda. La penetré despacio, su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro, paredes pulsantes ordeñándome. Gruñí, sintiendo cada vena de mi verga rozar su interior aterciopelado. Empezamos lento, ritmo de olas, piel chocando suave, sudor mezclándose, olor a sexo crudo llenando la habitación.

Escaló: la puse encima, sus chichis rebotando con cada embestida, manos en mi pecho, uñas marcando. "¡Sí, cabrón, así, qué chingona tu verga!" gritaba, caderas girando, clítoris frotándose contra mi pubis. Yo la agarraba el culo, dedos hundiéndose en carne suave, el slap slap de cuerpos uniéndose más rápido. Su respiración era jadeos rápidos, mi corazón martilleando, bolas tensándose listas para explotar.

Cambié posiciones, de lado, pierna suya sobre mi cadera, penetrándola profundo mientras la besaba, lenguas enredadas, mordidas suaves. El ventilador zumbaba, mar rugiendo afuera como banda sonora. Sentí su panocha contraerse, ordeñándome fuerte. —Me vengo, güey, no pares —chilló, cuerpo temblando, jugos calientes empapándonos. Eso me llevó al borde: embestidas brutales, gruñidos míos, y exploté dentro, chorros calientes llenándola, placer cegador recorriéndome venas como lava.

Colapsamos, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos, olor a orgasmo flotando pesado. Ella se acurrucó en mi pecho, dedo trazando círculos en mi piel. —Gracias por arrancarme ese blue tri, carnal. Fue la mejor cogida en mucho —rió bajito.

Yo la abracé, escuchando su corazón calmarse contra el mío, el mar susurrando promesas.

Esta noche cambió todo, wey. Ese blue tri no era solo tela, era el inicio de algo cabrón
. Afuera, la luna plateaba las olas, y supe que Vallarta ya no sería igual. Nos quedamos así, en afterglow perfecto, cuerpos entrelazados hasta el amanecer.

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