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Almatec Tri la Vibración Prohibida

5849 palabras

Almatec Tri la Vibración Prohibida

El zumbido constante de las Almatec Tri llenaba el aire de la fábrica en Monterrey, un ritmo hipnótico que se metía en mis huesos como un latido secreto. Yo era Ana, la supervisora de mantenimiento, con las manos siempre manchadas de aceite y el overol ajustado que me hacía sentir poderosa entre tanto metal. Cada día veía a Marco operando esas bombas hidráulicas, las Almatec Tri con su triple pistón que empujaban con fuerza brutal, como si tuvieran vida propia. Él, con sus brazos tatuados y esa sonrisa pícara de güey norteño, manejaba las máquinas con una destreza que me ponía la piel de gallina.

—Oye, Ana, ¿ya checaste la presión de esta Almatec Tri? —me gritó desde la plataforma, su voz ronca cortando el ruido.

Me acerqué, oliendo el aroma metálico mezclado con su sudor fresco, ese olor a hombre que trabaja duro. Nuestras manos se rozaron al ajustar la válvula, y sentí un chispazo que me recorrió el espinazo. ¿Qué pedo, Ana? Este pendejo te trae loca, pensé, mientras mi corazón latía al ritmo de los pistones. Él me miró con ojos cafés intensos, y supe que no era solo la máquina la que vibraba.

Al final del turno, el sol se ponía naranja sobre las sierras, tiñendo el estacionamiento de la fábrica. Marco se acercó con una chela fría en la mano.

Órale, jefa, ¿te late ir por unas birrias después? O mejor, ¿vamos a mi depa? Tengo una Almatec Tri personal que quiero que pruebes.

Reí, sabiendo que bromeaba con las bombas, pero su mirada decía más. Asentí, el deseo ya bullendo en mi vientre como el aceite caliente en las líneas de producción.

¿Y si esto es un error? No, chingao, lo quiero desde el primer día que lo vi domar esas máquinas. Quiero sentir esa fuerza en mí.

Acto primero cerrado, el camino a su casa fue un torbellino de plática sucia y risas. Su pickup olía a cuero viejo y colonia barata, con reggaetón sonando bajo. Llegamos a su depa en la colonia Contry, modesto pero chido, con vista a las luces de la macro.

En cuanto cerramos la puerta, sus labios encontraron los míos. Beso salado, hambriento, con sabor a chela y a promesas. Sus manos grandes me quitaron el overol despacio, rozando mis pezones que ya estaban duros como tuercas. Qué rico huele, a jabón y a macho sudado, inhalé profundo mientras él gemía bajito.

—Ana, estás bien buena, me susurró al oído, su aliento caliente erizándome la nuca.

Lo empujé al sofá, quitándole la playera. Su pecho ancho, marcado por el sol, con vello oscuro que bajaba hasta su abdomen. Lo besé ahí, lamiendo el salado de su piel, mientras mis manos bajaban a su pantalón. Él jadeaba, el sonido ronco como el motor de una Almatec Tri en marcha.

Pero no quería prisa. Lo hice esperar, bailando para él con solo mi brasier y tanga, moviendo las caderas al ritmo de su mirada ardiente. Te voy a volver loco, cabrón, pensé, viendo cómo se endurecía bajo el jeans.

La tensión crecía como la presión en las bombas. Nos fuimos a la cama, sábanas frescas oliendo a suavizante. Él me recostó suave, besando mi cuello, bajando por mis tetas. Sus labios chuparon un pezón, lengua girando lento, y yo arqueé la espalda gimiendo. ¡Ay, wey! El placer era eléctrico, punzante.

Mis manos exploraron su verga, dura y gruesa como un pistón. La apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más. Esto es lo que necesitaba, esta fuerza cruda.

—Déjame probarte, nena —dijo, bajando entre mis piernas.

Su lengua en mi clítoris fue fuego líquido. Lamía despacio, succionando, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo ahí. Olía a mi excitación, almizcle dulce mezclado con su saliva. Grité, las uñas clavadas en su cabeza, el mundo reduciéndose a esa vibración en mi centro.

No pares, Marco, chinga más duro. La Almatec Tri no bombea así de rico.

Lo volteé, queriendo control. Me subí encima, frotándome contra su verga, sintiendo el calor irradiar. Bajé despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarme. ¡Qué chingón! Estirada, plena, el roce perfecto. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena, cada latido.

Él agarró mis caderas, guiándome, pero yo mandaba el ritmo. Sudor perlando su frente, gotas cayendo en mi pecho. El slap de piel contra piel, mis gemidos altos, su respiración agitada. Aceleré, rebotando duro, el placer subiendo como presión en una válvula a punto de reventar.

—Ana, me vengo —gruñó.

—Ahorita, güey, juntos —jadeé.

El clímax nos golpeó como una explosión hidráulica. Mi coño apretándolo en espasmos, su leche caliente llenándome, oleadas de éxtasis que me cegaron. Grité su nombre, él el mío, cuerpos temblando pegados.

Caímos exhaustos, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Su brazo alrededor de mí, pecho subiendo y bajando contra mi espalda. Olía a sexo, a nosotros, a victoria.

—Eso fue mejor que cualquier Almatec Tri, ¿verdad? —rió bajito.

Ni madres, las máquinas no abrazan así —respondí, besando su hombro.

Esto no es solo un revolcón. Hay algo aquí, un motor que apenas arranca. Mañana en la fábrica lo veré distinto, y eso me emociona.

Nos quedamos así, escuchando el tráfico lejano, el corazón calmándose. La noche envolviéndonos en su afterglow cálido, prometiendo más vibraciones por venir. Almatec Tri ya no sería solo una bomba; sería nuestro secreto, el inicio de algo que bombea con el alma.

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