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Las Caricias Probando Tu Suerte

6758 palabras

Las Caricias Probando Tu Suerte

Estás en un bar de la Condesa, ese rinconcito chido con luces neón y música que retumba en las paredes. El aire huele a mezcal ahumado y a perfume caro mezclado con sudor fresco. Llevas un vestido negro ajustado que se pega a tus curvas como una segunda piel, y sientes el pulso acelerado mientras das un sorbo a tu paloma. Neta, esta noche voy a probar suerte, piensas, recordando esa rola de The Strokes, "Trying Your Luck", que justo suena de fondo en la bocina. Las strokes, las caricias, probando tu suerte... te hace sonreír con picardía.

Lo ves al fondo de la barra, alto, moreno, con una camiseta blanca que marca sus hombros anchos y unos jeans que abrazan sus muslos. Sus ojos te atrapan cuando pasas cerca, un brillo juguetón que dice te vi. Te acercas fingiendo pedir otro trago, y él se gira con una sonrisa que ilumina todo.

¿Será este el wey que me haga volar esta noche? Órale, no seas pendeja, inténtalo.

—Qué buena onda esa rola —le dices, señalando la bocina donde The Strokes siguen sonando bajito—. Trying Your Luck, ¿no? Las strokes probando tu suerte...

Él ríe, voz grave que te vibra en el pecho. —Neta, me late. Soy Alex. ¿Y tú, reina?

—Laura —respondes, extendiendo la mano. Su palma es cálida, áspera por el trabajo, tal vez algo en construcción o gym, no sabes, pero el roce envía chispas por tu brazo. Charlan de música, de la CDMX loca, de cómo la noche siempre promete algo. Sientes su mirada bajando a tus labios, a tu escote, y tú no te quedas atrás, mordiéndote el labio mientras imaginas sus manos en tu cintura.

La tensión crece con cada risa compartida. Bailan pegaditos cuando cambia la música a cumbia rebajada, sus caderas rozando las tuyas. Su aliento huele a tequila limpio, y el calor de su cuerpo se filtra por la tela fina. Tus pezones se endurecen contra el vestido, traicioneros, y él lo nota, porque su mano baja un poquito más en tu espalda.

—¿Salimos de aquí? —te susurra al oído, labios rozando tu lóbulo. Su voz es ronca, prometedora.

Sí, carajo, esta es mi suerte, piensas, asintiendo con la cabeza.

Salen a la calle húmeda por la llovizna, el neon reflejándose en charcos. Caminan unas cuadras hasta su depa en una colonia cercana, risueños, tomados de la mano. El elevador es un espacio chiquito, oliente a madera vieja, y ahí no aguantan: se besan con hambre, lenguas enredándose, sabor a sal y agave. Sus manos en tu culo, apretando firme pero suave, y tú gimes bajito contra su boca.

Entra a su cuarto, luces tenues de una lámpara de sal rosa que huele a incienso suave. La cama king size invita, sábanas blancas revueltas. Se quita la camiseta, revelando un torso marcado, vello oscuro bajando al ombligo. Tú te desabrochas el vestido lento, dejándolo caer como una promesa. Quedas en lencería negra, piel erizada por el aire fresco.

Míralo, qué chulo. Quiero sentir cada stroke, cada caricia probando mi suerte esta noche.

—Ven acá, preciosa —te dice, jalándote a la cama. Se acuestan, cuerpos entrelazados, piel contra piel ardiente. Sus labios recorren tu cuello, mordisqueando suave, dejando huella húmeda que enfría al instante. Bajas la mano por su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo tus dedos, hasta el bulto duro en sus jeans. Lo desabrochas, liberas su verga gruesa, palpitante, ya húmeda en la punta.

Él gime cuando la agarras, piel suave sobre acero. Empiezas con strokes lentos, arriba y abajo, probando tu suerte con cada movimiento. The strokes trying your luck, piensas riendo por dentro, mientras él arquea la espalda. Su olor masculino te invade, mezcla de jabón y excitación cruda. Lo besas abajo, lengua lamiendo la cabeza salada, saboreando su pre-semen amargo-dulce.

—Qué rico, Laura... no pares —ronca, manos en tu pelo sin jalar, solo guiando.

Subes, montándote a horcajadas. Él te quita el bra, chupando tus tetas con devoción, dientes rozando pezones sensibles que duelen de placer. Tus caderas se mueven solas, frotándote contra su verga, clítoris hinchado pidiendo más. El roce es eléctrico, humedad empapando todo.

La intensidad sube. Te voltea boca arriba, besos bajando por tu panza, hasta tus muslos temblorosos. Abre tus piernas, aliento caliente en tu coño mojado. Su lengua entra, lamiendo lento, círculos en el clítoris que te hacen jadear. Sientes cada lamida como fuego, olor a tu propia excitación mezclada con su saliva. Metes dedos en su pelo, arqueándote.

—¡Ay, wey, sí! —gritas, piernas apretando su cabeza.

No puedo más, esta suerte es demasiado buena. Las caricias me están volando la cabeza.

Él sube, preservativo ya puesto —siempre responsable, qué chido—. Se hunde en ti despacio, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. Gimes fuerte, uñas en su espalda marcando surcos rojos. Empieza a moverse, strokes profundos, probando ritmos: lento, torturante, luego rápido, castigador. El slap de piel contra piel llena el cuarto, sudor goteando, mezclándose.

Cambian posiciones, tú encima ahora, cabalgando como reina. Sus manos en tus caderas guían, pero tú mandas el paso. Rebotas, verga golpeando tu G perfecto, placer acumulándose en espiral. Lo miras a los ojos, conexión brutal, almas enredadas en el polvo. Él se sienta, abrazándote, besos mientras follan sentados, pechos aplastados contra su torso.

—Te sientes increíble, neta —te dice, voz entrecortada.

—Tú también, cabrón... dame más —respondes, mordiendo su hombro.

El clímax se acerca como tormenta. Tus paredes lo aprietan, pulsos acelerados uniéndose. Él te voltea a cuatro patas, embiste fuerte desde atrás, mano en tu clítoris frotando. El orgasmo explota: gritas, cuerpo convulsionando, jugos chorreando. Él sigue unos strokes más, gimiendo tu nombre, y se corre dentro del condón, caliente, temblando.

Caen exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho sube y baja contra tu mejilla, olor a sexo y paz. Besos suaves ahora, caricias perezosas en la espalda. El cuarto huele a ellos, a entrega total.

Probé mi suerte con las strokes perfectas. Y gané jackpot.

Se quedan así, platicando bajito de tonterías, risas suaves. La noche se cierra con promesas de quizás un desayuno, o solo este recuerdo ardiente. Tú sonríes en la oscuridad, satisfecha, empoderada. Mañana será otro día, pero esta caricia, esta suerte probada, queda tatuada en tu piel.

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