Estoy Intentándolo
La música retumbaba en la casa de mi amiga Lupita, en una colonia chida de la Roma, aquí en la CDMX. El aire estaba cargado de olor a tequila reposado y cigarros electrónicos con sabor a mango, mezclado con el perfume dulce de las chicas que bailaban pegaditas. Yo, Emma, la güera gringa que vino de intercambio hace unos meses, me sentía como pez en el agua, pero con un calorcito entre las piernas que no me dejaba en paz. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía ver las curvas que tanto trabajo me costó en el gym, y unas botas que resonaban contra el piso de madera pulida.
Estoy intentándolo, pensé mientras tomaba un sorbo de mi paloma, el limón fresco explotando en mi lengua y el fizz del refresco subiendo por mi nariz. Intentándolo no babear por el tipo que acababa de ver al fondo del jardín. Se llamaba Marco, el carnal de Lupita, un morro alto, moreno, con brazos tatuados que se marcaban bajo la camisa blanca desabotonada hasta el pecho. Sus ojos cafés me clavaron cuando me vio llegar, y su sonrisa pícara me hizo apretar los muslos sin querer.
I’m trying to act normal, pero neta, este vato me trae loca.
—Órale, güerita, ¿vienes a conquistar México o qué? —me dijo acercándose, su voz grave cortando el ruido de la rola de Natanael Cano que ponían en los bocinas.
Le sonreí, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello. —Solo vine a bailar, carnal. ¿Tú qué, eres el rey de la peda?
Se rio, un sonido ronco que vibró en mi pecho, y me tomó de la mano para jalarme a la pista improvisada en el patio. Sus dedos callosos rozaron mi palma, enviando chispas hasta mi ombligo. Bailamos cumbia rebajada, su cadera pegada a la mía, el sudor empezando a perlar su frente y mezclándose con el mío. Olía a colonia cara, a hombre, a algo salvaje que me hacía salivar.
La noche avanzaba, y cada roce era una promesa. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito más con cada vuelta. Yo lo empujaba juguetona, pero estoy intentándolo, resistir la urgencia de besarlo ahí mismo, frente a todos.
Al rato, Lupita nos vio y guiñó el ojo. —No se porten mal, eh, pendejos —gritó riendo antes de irse con su jale.
Marco me miró con fuego en los ojos. —¿Salimos un rato? Hace calor aquí adentro.
Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo. Caminamos hacia el cuarto de visitas al fondo, el pasillo oscuro oliendo a jazmín del jardín. Cerró la puerta, y el mundo se achicó a nosotros dos. Su boca cayó sobre la mía, labios suaves pero firmes, lengua invadiendo con sabor a sal y tequila. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro, tirando suave para profundizar el beso. Su barba incipiente raspaba mi piel, un cosquilleo delicioso que bajaba directo a mi entrepierna.
I’m trying not to rip his clothes off right now.
—Mamacita, me estás volviendo loco —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible ahí, chupando hasta dejar un rastro húmedo que enfrió al aire.
Lo empujé contra la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo su peso. Me subí encima, mis rodillas a sus lados, sintiendo su verga dura presionando contra mi rajita a través de la tela. Rodé las caderas lento, torturándolo, el roce eléctrico haciendo que mis pezones se endurecieran contra el vestido. Él gruñó, manos subiendo por mis muslos, amasando la carne suave.
—Quítatelo todo, Emma. Quiero verte —dijo con voz ronca, ojos devorándome.
Me levanté solo para deslizar el vestido por mi cabeza, quedando en tanga negra y bra de encaje. El aire fresco besó mi piel arrebolada, pezones tiesos pidiendo atención. Marco se incorporó, desabotonando su camisa con prisa, revelando un pecho definido, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Sus abdominales se contrajeron cuando lo toqué, mis uñas raspando suave.
Nos besamos de nuevo, cuerpos pegados, piel contra piel caliente. Su boca bajó a mis tetas, lamiendo un pezón, succionando fuerte hasta que arqueé la espalda, un jadeo escapando mis labios. Neta, su lengua era magia, círculos húmedos y dientes gentiles mordiendo lo justo para doler rico. Olía a su sudor limpio, a deseo puro, y yo respondía empapándome más, la tanga pegajosa contra mi clítoris hinchado.
—Chíngame con los dedos primero —le pedí, voz temblorosa, guiando su mano entre mis piernas.
Metió dos dedos gruesos dentro de mí, resbalosos por mis jugos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Bombeó lento al principio, luego más rápido, su pulgar frotando mi clítoris en círculos. El sonido chido de mi humedad llenaba el cuarto, chapoteos obscenos que me ponían más caliente. Gemí su nombre, caderas moviéndose solas, persiguiendo el placer.
—Estás chorreando, güerita. Tan mojada por mí —dijo, besándome el vientre, bajando más.
Me quitó la tanga de un jalón, y su boca aterrizó en mi coño. Lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios hinchados, metiendo la punta adentro para saborearme. Sabía a sal y dulce, mi sabor mezclado con su saliva. Agarré las sábanas, piernas temblando, el orgasmo construyéndose como ola en la playa de Acapulco.
I’m trying to hold it back, quiero que dure más.
Pero no pude. Exploté en su boca, chorros calientes salpicando su barbilla, cuerpo convulsionando mientras gritaba bajito, mordiéndome el labio para no alertar a la fiesta. Él lamió todo, prolongando las réplicas hasta que caí jadeante.
—Ahora tú —dije, volteándolo y bajando su zipper. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de pre-semen. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. Lamí la punta, salado y almizclado, luego la engullí hasta la garganta, succionando fuerte mientras lo miraba a los ojos.
—Carajo, Emma, qué buena chupas —gimió, caderas embistiendo suave.
Lo mamé con hambre, lengua girando alrededor del tronco, bolas pesadas en mi mano masajeándolas. Él se tensó, pero lo paré. —No aún, pendejo. Quiero sentirte dentro.
Me puse un condón de mi purse —siempre preparada, ¿no? —y me monté en él, rajita abriéndose para tragarlo centímetro a centímetro. Lleno, estirándome perfecto, rozando cada nervio. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sus manos guiándome por las caderas. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con la música lejana.
Cambié a perrito, él detrás, agarrando mi culo y embistiendo profundo. Cada empujón mandaba ondas de placer, su vientre chocando mi trasero, bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, resbaloso y caliente. Me jaló el pelo suave, arqueándome para besar mi cuello mientras me taladraba.
—Me vengo, Marco, no pares —supliqué, el segundo orgasmo rompiéndome, coño apretándolo como puño.
Él rugió, corriéndose dentro del látex, caliente y pulsante, colapsando sobre mí. Nos quedamos así, respiraciones agitadas calmándose, su peso reconfortante. Besos suaves en mi hombro, risas cansadas.
Después, envueltos en las sábanas oliendo a sexo y nosotros, fumamos un cigarro compartido en la ventana, viendo las luces de la ciudad. —Neta, güerita, eso fue chingón —dijo, acariciando mi muslo.
Yo sonreí, satisfecha hasta los huesos. Lo intenté, resistir, pero valió la pena rendirme. México me estaba cambiando, y Marco era la mejor lección.
I’m trying to remember why I ever held back.
La fiesta seguía afuera, pero nosotros ya teníamos nuestro propio afterparty. Y quién sabe, tal vez repetiríamos pronto.