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Suspiros al Ritmo del Bill Evans Trio

6805 palabras

Suspiros al Ritmo del Bill Evans Trio

Entré al Blue Note de la Condesa esa noche con el corazón latiéndome como tambor de jazz. El aire estaba cargado de humo de cigarros finos y ese aroma a madera pulida que siempre me ponía la piel de gallina. Las luces tenues pintaban sombras suaves en las paredes, y de fondo, el piano de Bill Evans Trio flotaba como un susurro seductor. "Waltz for Debby" empezaba a sonar, esas notas delicadas que se meten en el alma, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas solo de escucharlo. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, poderosa, lista para lo que cayera.

Me senté en la barra, pedí un mezcal reposado con limón y sal, y dejé que mis ojos vagaran por el lugar. Wey, neta que necesitaba esto. Hacía semanas que no salía, atrapada en el pinche trabajo de diseño gráfico, soñando con manos que me tocaran como esas teclas de piano. Ahí lo vi. Alto, moreno, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver un pecho suave y bronceado. Sus ojos cafés me clavaron cuando pidió su trago al lado mío. Órale, pensé, este chulo tiene onda.

¿Y si me acerco? No seas pendeja, Ana, ve por él. El Bill Evans Trio te está diciendo que sí.

Qué buena rola, ¿no? —le dije, señalando al tocadiscos donde giraba el vinilo.

Él sonrió, esa sonrisa que ilumina como flash. —Sí, el Bill Evans Trio siempre me pone... inspirado. Soy Marco.

Ana, me presenté, y de ahí fluyó todo. Hablamos de jazz, de cómo Bill Evans hace que el piano suene como caricias en la oscuridad. Sus manos grandes gesticulaban, rozando las mías accidentalmente, y cada roce era electricidad. Olía a colonia cítrica mezclada con su sudor natural, un olor que me hacía mojarme sin remedio. La tensión crecía con cada acorde suave, el bajo caminando lento, la batería susurrando promesas.

En el primer acto de la noche, solo charlamos, pero mis pensamientos eran puro fuego.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas de la colonia, el aire fresco de la noche mexicana rozándonos la piel. Marco me tomó de la mano, natural, como si ya nos conociéramos de siempre. —Vente a mi depa, está cerca, tengo más Bill Evans Trio —me dijo con voz ronca.

Simón, wey —respondí, el corazón retumbándome más fuerte que el bombo de Paul Motian.

Su departamento era en un edificio chido de la Roma, minimalista, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Puso el disco: "How Deep is the Ocean", y el piano nos envolvió como sábanas de seda. Nos sentamos en el sofá de piel, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Sus dedos trazaron mi brazo, lentos, como las notas de Evans.

Esto es lo que necesitaba. Su toque es perfecto, suave pero firme. Ya mero me vengo solo de imaginarlo dentro de mí.

El segundo acto empezó con besos. Primero suaves, labios probando sabores: mezcal en su lengua, sal en la mía. Luego hambrientos, mordidas juguetonas que me arrancaban gemidos. —Eres deliciosa, Ana —murmuró contra mi cuello, lamiendo la piel salada. Le quité la camisa, mis uñas arañando su espalda, sintiendo músculos tensos bajo mis palmas. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Bajé la mano a su pantalón, palpando la verga dura que pedía libertad. ¡Qué chingona! Pensé, grande y palpitante.

Me levantó en brazos, riendo bajito, y me llevó a la cama king size. El colchón nos recibió suave, y el Bill Evans Trio seguía sonando desde los parlantes, ahora "My Foolish Heart", perfecto para el desmadre que armaríamos. Se arrodilló entre mis piernas, subiendo el vestido hasta mi cintura. —Quítatelo todo, carnal —le ordené, y obedeció con ojos brillantes.

Desnuda frente a él, mi piel erizada por el aire y su mirada. Me besó los pechos, chupando pezones duros como piedras preciosas, tirones de placer que me arqueaban la espalda. Su boca bajó, lenta, torturándome con besos en el ombligo, en los muslos internos. El olor de mi excitación llenaba el cuarto, dulce y almizclado. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité. ¡Puta madre, qué rico! Lamía despacio, círculos expertos, mientras sus dedos entraban y salían de mi chochita empapada, curvándose justo en el punto G. Gemía contra mí, vibraciones que me volvían loca.

Marco, ya no aguanto... —jadeé, tirando de su pelo.

Se quitó el resto de la ropa, su verga saltando libre, venosa y lista. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, masturbándolo mientras él me penetraba con los dedos. El ritmo subía con la música, el piano acelerando mi pulso. Lo empujé sobre la cama, montándolo como amazona. Su cara de éxtasis cuando me hundí en él, centímetro a centímetro, nos envolvió. ¡Qué llenadera! Sentía cada vena rozando mis paredes, el glande besando mi cervix.

Esto es puro cielo. El Bill Evans Trio nos acompaña, como si Bill supiera lo que estamos haciendo.

Cabalgaba fuerte, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles. Él agarraba mis caderas, guiándome, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. Cambiamos: él encima, misionero profundo, mirándonos a los ojos. —Eres mía esta noche, gruñó, y yo: —Chíngame duro, wey. Sus bolas chocaban contra mi culo con cada estocada, sonidos húmedos mezclándose con los acordes jazzísticos. Olía a sexo, a nosotros, intenso y adictivo.

La tensión crecía, espiral infinita. Le rodeé la cintura con las piernas, clavando talones en su espalda. —Métetela toda —supliqué. Aceleró, piel contra piel resbalosa, pulsos latiendo al unísono. Mi orgasmo llegó primero, una ola que me sacudió entera, chochita contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, gemidos roncos que vibraron en mi pecho.

El tercer acto fue el afterglow perfecto. Colapsamos, enredados, el Bill Evans Trio terminando "Peace Piece" como cierre suave. Sudor secándose en nuestra piel, respiraciones calmándose. Me acarició el pelo, besos perezosos en la frente.

Neta que fue chingón —dije, riendo bajito.

—Contigo siempre lo es —respondió, y supe que no era solo plática de una noche. El jazz nos había unido, notas flotando en el aire quieto, promesa de más.

Nos quedamos así hasta el amanecer, pieles pegadas, corazones en paz. El vinilo giró una vez más, y yo sonreí pensando en cuántas noches más nos esperaban al ritmo del Bill Evans Trio.

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