Moneda Cómo Sabrás Si No Lo Intentas
Estábamos en nuestro depa en la Roma, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana entreabierta. Marco y yo llevábamos un año juntos, y la neta, el sexo era chido, pero sentíamos que faltaba algo, un empujoncito pa' volar más alto. Yo, Ana, con mi pelo negro largo y curvas que él no se cansaba de manosear, me recargué en su pecho esa noche, oliendo su colonia mezclada con su sudor fresco después de un día de pinche oficina.
¿Y si probamos algo nuevo, wey? Algo que siempre he tenido curiosidad pero me da hueva por el miedo.le dije, mordiéndome el labio mientras mi mano bajaba por su abdomen marcado.
Él sonrió con esa picardía que me derretía, sus ojos cafés clavados en los míos. Órale, carnala, ¿qué se te antoja? ¿Roleplay de vecinos calientes o qué? Negué con la cabeza, el corazón latiéndome fuerte. No, algo más... intenso. Como eso del culo. Pero no sé, ¿y si duele o qué pedo?
Ahí fue cuando sacó una moneda del bolsillo de su jeans. Brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, un peso mexicano reluciente. Mir'a, lanza la moneda. Cómo sabrás si no lo intentas. Cara, lo hacemos. Cruz, seguimos con lo de siempre. ¿Jala? Su voz ronca me erizó la piel, y el aire se cargó de esa electricidad que precede a lo prohibido. Asentí, temblando un poco, el pulso acelerado en mi cuello. Lancé la moneda al aire, vi cómo giraba lenta, plateada, hipnótica. Cayó en la cama: cara.
Nos miramos, riendo nerviosos, y de pronto todo cambió. Marco me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento, su lengua saboreando la mía con gusto a tequila de la cena. Sentí sus manos grandes deslizándose por mi espalda, bajando hasta mi culo, amasándolo suave pero firme. Tranquila, mi reina, vamos poquito a poco. Todo con tu ritmo, murmuró contra mi boca, y yo me derretí, el calor subiendo desde mi entrepierna.
Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. El roce de sus labios ásperos en mis pezones duros me hizo arquear la espalda, un gemido escapando de mi garganta. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca, mezclado con mi propio perfume floral. Sus dedos juguetearon con el botón de mi jeans, desabrochándolo con maestría, y pronto estaba en paños menores, expuesta, vulnerable pero empoderada por su mirada devoradora.
Neta, esto es lo que quiero. Que me haga suya de una forma nueva, que me rompa sin romperme.pensé mientras él se ponía de rodillas frente a mí, besando mi ombligo, bajando más, hasta que su aliento caliente rozó mi panocha ya húmeda. Lamidas lentas, su lengua trazando círculos en mi clítoris hinchado, el sonido húmedo de su boca chupando me volvía loca. Saboreé mis propios jugos en su beso después, salados y dulces, mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa.
Lo empujé a la cama, queriendo tomar control. Le bajé el bóxer, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas marcadas bajo mi palma. Qué chingona está, wey, le dije juguetona, lamiendo la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Él gruñó, sus caderas subiendo instintivo, el colchón crujiendo bajo nosotros. Lo chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus jadeos roncos, el slap slap de mi boca contra su piel.
Pero la tensión crecía, el elefante en la habitación era eso. Me recosté boca abajo, el corazón martillando como tambor en fiesta. Vamos despacio, Marco. Lubrica bien, le pedí, y él obedeció, sacando el gel del cajón, el olor fresco y mentolado llenando el cuarto. Sus dedos untados exploraron mi entrada trasera, círculos suaves, presionando poquito a poco. Sentí el estiramiento inicial, un pinchazo que se convirtió en placer cuando introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo, mi cuerpo adaptándose, ondas de calor irradiando desde ahí hasta mi clítoris.
Pinche moneda, qué buena onda. Esto se siente... diferente, intenso, como si todo mi cuerpo despertara.Mi mente giraba, el sudor perlando mi frente, el tacto resbaloso de sus dedos dentro de mí enviando chispas por mi espina.
Él se posicionó detrás, su verga untada frotándose contra mí, no entrando aún, solo teasing. ¿Lista, mi amor? Dime si para, jadeó, su voz temblorosa de deseo contenido. Sí, dale, pero suave, respondí, empujando hacia atrás. La punta entró, lenta, el ardor inicial me hizo morder la almohada, oliendo a lavanda de nuestra sábana. Respiré hondo, relajándome, y poco a poco más de él me llenó, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas tocaron mi piel. El estiramiento era abrumador, pero placentero, como una plenitud nueva que me hacía gemir alto.
Empezó a moverse, embestidas cortas al principio, el sonido de piel contra piel húmeda, slap slap slap, sincronizado con nuestros jadeos. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, lubricante, nuestra esencia mezclada. Sus manos en mis caderas, tirando de mí, yo arqueando la espalda para más profundo. ¡Qué rico, Ana! Tu culo es mío, gruñó, y yo respondí ¡Más duro, pendejo, rómpeme! juguetona, el placer building como ola gigante.
Cambié de posición, montándolo a la inversa, controlando el ritmo. Sentí cada vena de su verga deslizándose dentro, rozando nervios que no sabía que tenía. Mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. El espejo al lado reflejaba la escena: mi culo tragándoselo entero, su cara de éxtasis. El clímax se acercaba, mi clítoris frotándose contra nada pero palpitando solo. Me vengo, wey, no pares, grité, y exploté, contracciones apretándolo, jugos chorreando por mis muslos.
Él no tardó, embistiendo salvaje, su verga hinchándose antes de soltar chorros calientes dentro de mí, su grito ronco llenando el cuarto. Colapsamos, sudorosos, entrelazados, su semen goteando lento mientras nos besábamos perezosos.
Después, recostados con la sábana enredada, el aire fresco de la noche entrando, reímos. Ves, moneda cómo sabrás si no lo intentas, dijo él, besando mi frente. Yo asentí, el cuerpo aún zumbando de afterglow, una calidez profunda en el pecho.
Esto nos cambió, wey. Ahora todo es posible.El corazón lleno, su mano en mi cintura, supimos que la moneda había sido el mejor tiro de nuestra vida.