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Canciones Romanticas de Trios que Despiertan el Deseo

6861 palabras

Canciones Romanticas de Trios que Despiertan el Deseo

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina y jazmín fresco, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena. Yo, Ana, estaba recostada en la hamaca del balcón de nuestra cabaña rentada, con una chela fría en la mano, sintiendo la brisa tibia acariciar mis piernas desnudas bajo el shortcito de mezclilla. Luis, mi carnal desde la uni, ponía en el viejo tocadiscos unas canciones romanticas de trios que nos traían de vuelta a las serenatas de mi abuelita. "Los Panchos", neta, qué chido suenan con esa guitarra y esos tres vocecitos que te erizan la piel.

¿Por qué carajos estas rolas siempre me ponen cachonda? pensé, mientras veía a Luis bailar descalzo, con su playera ajustada marcando los músculos del pecho que tanto me gustaban. Sus caderas se movían al ritmo de "Sabor a mí", y yo sentía un cosquilleo subir por mis muslos. De repente, sonó el claxon de la troca de Carlos, nuestro compa de toda la vida, el wey alto y moreno que siempre nos hacía reír con sus chistes pendejos.

¡Órale, cabrones! ¿Ya empezaron la fiesta sin mí? gritó Carlos al entrar, con una sonrisa que iluminaba la terraza. Traía una caja de cervezas y un ramo de flores tropicales que olían a coco y deseo. Luis lo abrazó como hermano, y yo me levanté a darle un beso en la mejilla, sintiendo su barba raspándome la piel suave.

Nos sentamos en los cojines del piso, rodeados de velitas que parpadeaban como estrellas caídas. Las canciones romanticas de trios seguían sonando: "Quizás, quizás, quizás...", y Carlos empezó a cantar bajito, con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

Pinche Carlos, siempre tan coqueto. ¿Y si esta noche pasa algo más? Neta, la idea me moja las panties.
Luis me miró con ojos pícaros, como si leyera mi mente, y me jaló para bailar pegaditos.

Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, y yo me apretaba contra él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi panza. Carlos nos observaba, bebiendo su chela, pero sus ojos negros brillaban con hambre. La música nos envolvía, el aire cargado de sal y sudor fresco. "¿Bailamos los tres?", propuso Luis de repente, y mi corazón dio un brinco.

Acto uno cerrado, la tensión ya picaba como chile en la lengua.

El siguiente tema fue "El reloj", y nos pusimos en círculo, mis manos en las espaldas de los dos. Luis delante, Carlos atrás. Sentía los cuerpos presionando, el calor de sus pieles traspasando la tela fina. Carlos susurró en mi oreja: "Estás rica, Ana, como estas rolas que nos encienden". Su aliento olía a menta y cerveza, y yo arqueé la espalda, rozando su paquete duro contra mi culo.

¡Qué chingón se siente esto! Dos machos que me quieren, que me desean sin pendejadas. Luis me besó el cuello, mordisqueando suave, mientras sus dedos bajaban por mi espinazo. La canción avanzaba, los tríos cantando de amores imposibles, pero el nuestro no lo era. Nos movíamos lentos, frotándonos como gatos en celo. Olía a mar, a loción de coco en la piel de Carlos, y a mi propia excitación dulce entre las piernas.

Nos dejamos caer en los cojines, yo en medio. Luis me quitó la blusa con delicadeza, exponiendo mis tetas al aire nocturno, los pezones duros como piedras por la brisa. "Qué mamadas tan perfectas", murmuró Carlos, y se acercó a lamer uno, su lengua áspera y caliente haciendo que gimiera bajito. Luis observaba, tocándose por encima del pantalón, su respiración agitada como el oleaje.

Yo desabroché el jeans de Luis, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que quemaba mi palma. "Chúpala, mi reina", me pidió él, y yo obedecí, saboreando el precum salado, el sabor a hombre puro. Carlos meanwhile se desnudaba, su cuerpo atlético brillando a la luz de la luna, su pito largo y curvado listo para mí.

La tensión subía como la marea, mis nervios vibrando con cada acorde de "Contigo en la distancia".

Esto es lo que necesitaba, sentirme deseada por dos, sin celos, solo puro placer compartido.
Luis me penetró primero con los dedos, dos adentro, moviéndose en círculos, mientras Carlos me besaba profundo, su lengua danzando con la mía como las guitarras de los tríos.

Escalada perfecta, el medio acto ardiendo.

Ya no aguantábamos. Me puse de rodillas en los cojines suaves, el olor a arena húmeda subiendo desde la playa. Luis se hincó atrás, su verga empujando lento en mi concha empapada. "¡Ay, wey, qué rica estás!", gruñó, embistiéndome profundo, cada golpe haciendo que mis tetas rebotaran. El sonido de piel contra piel se mezclaba con las olas y la última estrofa de "Rayito de luna".

Carlos delante, su pito en mi boca, lo chupaba ansiosa, saboreando cada vena, el olor almizclado de su excitación llenándome las fosas nasales. Gemía alrededor de él, vibrando su glande sensible. "¡Sí, así, pinche diosa!", jadeaba Carlos, sus manos enredadas en mi pelo.

Cambiaron posiciones fluidas, como un baile coreografiado por las canciones romanticas de trios. Ahora Carlos adentro, su curva golpeando mi punto G, haciendo que viera estrellas. Luis en mi boca, su sabor más intenso ahora, sudor salado goteando en mi lengua. El aire olía a sexo crudo: fluidos, sudor, mar. Mis sentidos explotaban: el roce áspero de sus pubes contra mi clítoris, los latidos de sus corazones contra mi piel, los gemidos roncos mezclados con la guitarra lejana.

Me vengo, me vengo ya, pensé, y exploté en oleadas, mi concha apretando a Carlos, jugos chorreando por mis muslos. Él no aguantó, sacándola para pintarme las tetas con su leche caliente, espesa, que olía a almizcle puro. Luis me volteó, penetrándome de lado, sus embestidas feroces hasta que rugió, llenándome adentro con chorros calientes que sentía palpitar.

Caímos exhaustos, un enredo de piernas y brazos sudorosos. La última canción terminaba, "Bésame mucho", y nos besamos los tres, lenguas perezosas, sabores mezclados en la boca.

En el afterglow, recostados bajo las estrellas, el aire fresco secando nuestros cuerpos pegajosos. Luis me acariciaba el pelo, Carlos trazaba círculos en mi vientre. "Esto fue chingón, ¿verdad?", dije yo, voz ronca de tanto gemir. Ellos asintieron, sonriendo.

Las canciones romanticas de trios no mienten: el amor se multiplica cuando se comparte.
Sentía el corazón lleno, el cuerpo saciado, un lingering calor entre las piernas recordándome la noche. Mañana seguiría el sol, la playa, pero esta conexión, neta, era eterna como esas rolas clásicas.

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