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Trío Caliente Los Hermanos Michel

6850 palabras

Trío Caliente Los Hermanos Michel

La noche en el antro de Polanco estaba en su apogeo. El Trío Los Hermanos Michel acababa de bajar del escenario después de su set que había puesto a todos a bailar como locos. Javier, el mayor de los hermanos Michel, con su voz grave y esa barba recortada que volvía locas a las morras, se secaba el sudor de la frente. Michel, el del medio, el que yo soy, sentía el pulso acelerado no solo por la adrenalina del show, sino por algo más profundo que llevaba meses royéndome por dentro. Y luego estaba Diego, el menor, con su pelo revuelto y esa sonrisa pícara que desarmaba a cualquiera.

¿Por qué carajos no puedo sacarme esta imagen de la cabeza? pensé mientras nos abríamos paso entre la gente que nos palmoteaba la espalda. En el camerino, con las luces tenues y el olor a cerveza rancia flotando en el aire, nos dimos un par de chelas frías. Javier se dejó caer en el sofá viejo, sus jeans ajustados marcando cada músculo de sus piernas. Diego se sentó a mi lado, su rodilla rozando la mía accidentalmente, o eso creí al principio.

—Órale, carnales, qué noche chida —dijo Javier, alzando su botella—. Las chavas allá afuera se morían por nosotros. ¿Vieron a la güera de adelante? Neta que se me hacía agua la boca.

Diego rio, pero su mirada se quedó fija en mí un segundo de más.

¿Será que él también lo siente? Esa electricidad que corre entre nosotros cada vez que tocamos juntos, como si fuéramos uno solo en el escenario.
El calor del antro se colaba por las rendijas, mezclado con el aroma salado de nuestros cuerpos sudados. Mi verga dio un tirón traicionero solo de imaginarlo.

Regresamos a nuestro depa en la Condesa, un lugar chido con vista a los árboles y muebles de diseño que nos habíamos rifado con las tocadas. La ciudad brillaba allá abajo, luces neón parpadeando como promesas. Nos quitamos las playeras empapadas al entrar, quedando en pants y boxers. El aire fresco del aire acondicionado erizó nuestra piel, pezones duros como piedras. Javier abrió más chelas, y nos sentamos en la sala, las piernas entrelazadas sin darnos cuenta.

—Weyes, ¿nunca se han preguntado qué pasaría si... no sé, probamos algo diferente? —soltó Diego de repente, su voz ronca por el humo del escenario. Sus ojos cafés brillaban bajo la luz ámbar de la lámpara.

Mi corazón latió como tambor. No seas pendejo, Michel, dilo tú primero. Javier lo miró, arqueando una ceja. —¡Simón! ¿Qué traes en la cabeza, pinche Diego? ¿Quieres que le demos a una de esas fans?

—No, carnal —murmuró Diego, inclinándose hacia mí—. Algo entre nosotros. Neta, en el escenario siento que nos conectamos de una forma que no es solo música.

El silencio se espesó, cargado de tensión. Podía oler su colonia mezclada con sudor masculino, un aroma terroso y embriagador que me ponía la piel de gallina. Javier tragó saliva, su pecho subiendo y bajando rápido. —Yo... la neta, yo también lo he pensado. Somos los hermanos Michel, ¿no? Lo compartimos todo.

Acto seguido, Diego se acercó, su aliento cálido contra mi cuello. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, tentativos. Sabían a cerveza y a menta del chicle que masticaba. Mi cuerpo respondió al instante, una oleada de calor bajando directo a mi entrepierna.

¡Qué chingón se siente esto! Su lengua explorando la mía, juguetona, hambrienta.
Javier nos miró, su verga ya abultando el pants. —No se me hagan, cabrones —gruñó, uniéndose. Su mano grande y callosa me agarró la nuca, atrayéndome a un beso profundo, su barba raspando deliciosamente mi piel.

Las manos volaron. Diego me bajó el pants, liberando mi verga tiesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. El aire fresco la hizo saltar. —Mira qué rica, carnal —susurró, lamiendo desde la base hasta la cabeza, su lengua caliente y húmeda envolviéndome. Gemí, el sonido gutural reverberando en la sala. Javier se arrodilló detrás de Diego, besando su espalda ancha, bajando hasta morderle el culo firme.

Nos movimos al sillón, cuerpos enredados como serpientes. El tacto de su piel suave y sudorosa contra la mía era eléctrico, músculos tensos frotándose. Olía a sexo incipiente, ese almizcle que te enloquece. Javier metió dos dedos en la boca de Diego, lubricándolos con saliva, mientras yo chupaba los pezones de Javier, duros y salados. Esto es lo que necesitaba, esta unión total.

Diego se puso de rodillas, mamándome con ganas, succionando fuerte, su garganta apretándome. Javier se posicionó detrás, escupiendo en su mano para lubricar su verga gruesa, venosa. —Relájate, wey —le dijo, empujando despacio. Diego jadeó alrededor de mi polla, el placer y el dolor mezclándose en un gemido ahogado. El cuarto se llenó de sonidos húmedos: chupadas, resoplidos, piel chocando.

Cambié de posición, yo ahora detrás de Javier, mi verga rozando su entrada apretada. Él era el más grande, pero se abrió para mí como una puta en celo. —Dámela, Michel, métemela toda —suplicó, su voz quebrada. Empujé, centímetro a centímetro, sintiendo el calor abrasador de su culo envolviéndome, apretándome como un puño. Diego se unió, besándonos a los tres en un nudo de lenguas y dientes.

El ritmo aumentó, sudor goteando, corazones tronando al unísono. Podía saborear el sal en su piel, oler el aroma almizclado de nuestras bolas chocando. Javier se cogía a Diego con furia, yo a Javier, una cadena de placer interminable.

¡Neta que somos perfectos así! Los tres, uno dentro del otro, explotando juntos.
Diego fue el primero, su verga descargando chorros calientes en el sillón, su culo contrayéndose alrededor de Javier. Eso lo llevó al borde, gruñendo como animal mientras se vaciaba dentro de Diego, semen caliente lubricando todo.

Yo aguanté lo más que pude, embistiendo profundo, mis bolas apretadas. El clímax me golpeó como tsunami, corridas potentes llenando a Javier, mi cuerpo temblando, visión borrosa. Colapsamos en un montón jadeante, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.

Minutos después, recostados en el piso fresco, con las chelas tibias a un lado, Javier me pasó el brazo por los hombros. —Pinches hermanos Michel, esto fue lo mejor que hemos hecho. ¿Verdad, carnales?

Diego sonrió, besándonos las mejillas. —Simón, weyes. Nuestro trío ahora es en serio. Mañana en el escenario va a ser épico.

Me quedé mirando el techo, el cuerpo plácidamente adolorido, el corazón lleno. Esto no cambia nada, lo hace todo mejor. Somos invencibles. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero dentro, Trío Los Hermanos Michel había encontrado su armonía más profunda, sensual y eterna.

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