Bedoyecta Tri Dosis Recomendada para el Fuego Interno
Me sentía como un trapo viejo, wey. Todo el día en la oficina de Polanco, lidiando con jefes pendejos y reportes que no terminaban nunca. Mi cuerpo pedía a gritos un respiro, pero neta, lo que necesitaba era Bedoyecta Tri dosis recomendada, esas tres jodidas inyecciones que mi carnala la doctora siempre me recetaba para recargar pilas. "Es lo mejor para el estrés, carnal", me dijo por teléfono, con esa voz de hermana mayor que todo lo sabe. "Tres dosis, una cada dos días, y vas a sentirte como nueva".
Al día siguiente, me planté en la farmacia de la esquina, con mi chamarra de mezclilla y jeans ajustados que me hacían ver chula aunque estuviera muerta de cansancio. El farmacéutico, un morro guapo con sonrisa de galán de telenovela, me dio la caja sin chistar. "Cuídate, reina", me guiñó el ojo. Regresé a mi depa en la Roma, un lugarcito chido con balcón a la calle llena de vida, olor a tacos al pastor flotando desde el puesto de abajo. Me preparé la primera dosis en el baño, el vidrio frío del ampulete en mis dedos temblorosos, el pinchazo leve en el glúteo que me hizo jadear. ¡Ay, cabrón! Pero ya con eso, sentí un cosquilleo subiendo por mi espina, como si me hubieran encendido un interruptor.
Mi mente voló directo a él. A Rodrigo, mi amante secreto, ese tipo alto, moreno, con tatuajes que se asomaban por el cuello de su camisa y una verga que me volvía loca cada vez que me la metía hasta el fondo. Nos conocimos en una fiesta en Condesa, bailando reggaetón hasta el amanecer, sus manos en mi cintura apretando como si ya supiera que íbamos a acabar enredados en las sábanas. Pero últimamente, el cansancio me había tenido esquivándolo. "Esta noche te invito", le mandé un WhatsApp después de la inyección, con un emoji de fuego. "Bedoyecta Tri dosis recomendada ya entró en acción. Prepárate". Su respuesta fue inmediata: "Llego en media hora, mi reina. Voy a hacerte gritar".
La segunda dosis llegó dos días después, justo cuando Rodrigo me había dejado hecha un desastre de placer. Su carro negro se estacionó abajo, y subió las escaleras de dos en dos, oliendo a colonia cara y a hombre listo para devorarme. Me abrió la puerta con un beso que sabía a tequila reposado, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos me subían la blusa, rozando mis pezones ya duros como piedras. "Estás encendida, ¿qué te pasó?", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Le conté lo de la Bedoyecta Tri, cómo la dosis recomendada de tres me estaba transformando en una fiera. Se rio bajito, ese sonido ronco que me erizaba la piel. "Pues déjame probar esa energía nueva".
En el sillón de cuero del salón, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas, me desvistió despacio. Sus dedos trazaban mi vientre, bajando hasta mis panties de encaje negro, ya empapados. Olía a mi propia excitación, ese aroma dulce y almizclado que lo volvía loco. "Mira cómo estás, toda mojada por mí", gruñó, arrodillándose entre mis piernas. Su aliento caliente rozó mi panocha antes de que su lengua la lamiera entera, desde el clítoris hinchado hasta el ano, chupando con hambre. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su cabello negro, el corazón latiéndome como tambor en el pecho.
¡Dios, qué rico! Esta Bedoyecta Tri dosis recomendada es lo máximo, me tiene sintiendo todo al triple, pensé mientras mis caderas se movían solas contra su boca.
Pero no lo dejé terminar ahí. Lo empujé al sillón, desabrochando su cinturón con dientes, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba en mi mano. La olí primero, ese olor masculino, sudoroso, que me hacía salivar. La lamí de abajo arriba, saboreando la gota salada en la punta, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba "¡Chíngame la boca, mi amor!". Lo mame como nunca, con la energía de la inyección bombeándome las venas, hasta que me suplicó que parara o se vendría ya.
La tercera dosis fue el detonante. Me la puse yo sola esa mañana, en el espejo del baño, admirando mi culo redondo marcado por el pinchazo leve, un moretón rosado que me excitaba al verlo. Llamé a Rodrigo: "Ven ya, la Bedoyecta Tri dosis recomendada está completa. Voy a montarte hasta que no puedas más". Llegó con una botella de mezcal y flores de cempasúchil que compró en el mercado, un toque romántico que me derritió. Cenamos improvisado en la cocina, tacos de suadero que pedimos por app, sus pies rozando los míos bajo la mesa, promesas susurradas de lo que vendría.
En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, el clímax de todo. Me tumbó boca abajo, besando cada vértebra de mi espalda, su peso sobre mí reconfortante, protector. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el sonido húmedo de mi concha tragándoselo entero. "¡Así, cabrón, más profundo!", le rogué, mi voz ronca de deseo. Empezó a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo, salado, impregnando el aire. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más.
Me volteó, poniéndome a horcajadas, y lo cabalgué como en un rodeo salvaje. Sentía su verga golpeando mi punto G con cada bajada, chispas de placer electricas subiendo por mis muslos. Esta energía de la Bedoyecta Tri es brutal, pensé, viendo su cara de éxtasis, músculos tensos brillando de sudor. "¡Ven tú primero, mi vida!", me ordenó, su dedo frotando mi clítoris en círculos rápidos. El orgasmo me pegó como rayo, un estallido blanco detrás de los ojos, mi concha contrayéndose alrededor de él, chorros de jugo mojando sus bolas. Grité su nombre, el cuerpo temblando, olas y olas de placer interminable.
Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí resbalar dentro, su gruñido animal vibrando en mi pecho. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose, el corazón de él latiendo contra el mío como un solo tambor. Besos lentos, post-orgasmo, saboreando el sudor mutuo, el mezcal olvidado en la mesita.
Después, acurrucados bajo las sábanas revueltas, con el skyline de la CDMX parpadeando afuera, reflexioné. Esa Bedoyecta Tri dosis recomendada no solo me dio vitaminas; me devolvió el fuego, el deseo crudo de vivir el cuerpo al máximo. Rodrigo me acariciaba el cabello, susurrando "Eres mi adicción, reina". Y yo supe que esto era solo el principio, que con él, cada dosis de vida valdría la pena.