No Se Puede Culpar a una Chava por Intentarlo Letra en Español
La noche en el rooftop de Polanco estaba que ardía, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas traviesas abajo. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos y el tequila reposado que flotaba de las mesas. Yo, Valeria, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa pinche, me recargaba en la barandilla, observando a la gente bailar al ritmo de cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes. Neta, hacía rato que no salía así, pero mis amigas me habían arrastrado y órale, aquí estaba, sintiendo el calor subiendo por mi piel morena.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa camisa blanca entreabierta que dejaba ver un pecho marcado y unos brazos que gritaban gym diario. Estaba platicando con unos cuates, riendo con esa sonrisa que iluminaba todo. Mi corazón dio un brinco, y sentí un cosquilleo entre las piernas, como si mi cuerpo ya supiera lo que quería antes que mi cabeza. ¿Y por qué no? pensé. Hacía meses que no tenía acción decente, solo pendejadas con ex que no valían la pena. Miré mi celular, aburrida, y busqué can t blame a girl for trying letra en español. Salió la rola de Megan Trainor, esa gringa que canta de intentarlo sin culpas. Leí las líneas traducidas: No se puede culpar a una chava por intentarlo. Sonreí. Neta, era mi himno para esta noche.
No se puede culpar a una chava por intentarlo, letra en español resonando en mi mente como un permiso divino. ¿Qué más da? Si sale, chido; si no, pues ni pedo.
Me enderecé, acomodé mi pelo largo negro que olía a coco de mi shampoo, y caminé hacia él con pasos seguros, sintiendo el roce del vestido en mis muslos. El piso vibraba con la música, y el viento jugaba con mi falda, subiéndola un poquito, lo justo para llamar la atención. Llegué a su lado, pedí un trago al barman –un margarita con sal de gusano, picantito como me gustaba– y "accidentalmente" choqué mi hombro con el suyo.
–¡Uy, perdón, wey! –le dije, mirándolo con ojos de inocente, pero con una sonrisa pícara que delataba todo.
Él se giró, y joder, de cerca era aún más guapo. Ojos cafés profundos, barba recortada que pedía a gritos ser tocada. –No hay pedo, preciosa. ¿Todo bien? Su voz era grave, como ron, y sentí un escalofrío bajarme por la espalda.
–Sí, nomás bailando sola. ¿Tú eres de por aquí? Mentira, pero funcionó. Se presentó como Diego, ingeniero de aquí de la CDMX, soltero y con ganas de fiesta. Platicamos de tonterías: el tráfico infernal, los tacos al pastor de El Huequito, cómo odiábamos el pinche COVID que nos había confinado tanto tiempo. Pero entre líneas, el coqueteo fluía. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que el escote dejaba entrever, y yo sentía su calor corporal acercándose, oliendo a colonia cara y hombre sudado de baile.
La tensión crecía como la espuma de una chela recién abierta. Bailamos pegaditos cuando pusieron reggaetón, sus manos en mi cintura, mis nalgas rozando su paquete que ya se ponía duro. Mierda, qué rico, pensé, mientras mi clítoris palpitaba al ritmo de la música. Sudábamos juntos, piel contra piel, el olor a sexo inminente mezclándose con el perfume. Me susurró al oído: Estás cañona, Valeria. No sé si aguantemos la noche entera así. Su aliento caliente me erizó la piel.
Acto dos de mi plan: lo invité a un rincón más privado del rooftop, donde había sillones de cuero bajo una pérgola con luces tenues. Nos sentamos, piernas entrelazadas, y le conté de la rola que me había inspirado. –Mira, wey, busqué can t blame a girl for trying letra en español, y neta, me dio el valor. No se puede culpar a una chava por intentarlo, ¿verdad? Reímos, y sus dedos trazaron mi muslo, subiendo despacio, enviando chispas eléctricas directo a mi entrepierna.
Su toque era fuego puro. Quería arrancarle la ropa ahí mismo, sentir su verga dura empujando contra mí, pero no, hay que saborear el momento. Mi coño ya estaba mojadito, chorreando jugos que empapaban mis tangas de encaje.
Nos besamos por primera vez. Sus labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito, mis manos en su nuca, jalándolo más cerca. El beso se volvió salvaje, dientes mordisqueando, saliva mezclándose. Bajó la mano a mi pecho, amasando mi teta por encima del vestido, el pezón endureciéndose como piedra bajo su pulgar. ¡Pinche sí! Mi respiración se aceleró, el corazón latiéndome en la garganta, mientras sus dedos se colaban bajo la tela, pellizcando justo como me gustaba.
–Vámonos de aquí, murmuró, con la voz ronca de deseo. Asentí, empapada, el olor a mi propia excitación subiendo desde mis piernas abiertas. Bajamos en su coche –un Jeep negro reluciente– hasta su depa en Lomas, el trayecto eterno con sus manos en mis muslos, yo masturbándolo por encima del pantalón, sintiendo su verga gruesa y venosa palpitar.
En su penthouse, minimalista con vistas al skyline, nos desnudamos con urgencia. Su cuerpo era una obra de arte: abdominales marcados, verga erguida de unos 20 centímetros, cabeza rosada brillando de pre-semen. Yo me quedé en tangas, mis curvas mexicanas al aire: tetas grandes y firmes, culo redondo que él no paraba de manosear. Estás de lujo, morra, dijo, y me tiró a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente.
Me comió el coño como un experto. Lengua plana lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! Grité, mis jugos cubriéndole la cara, olor almizclado llenando la habitación. Metió dos dedos, curvándolos en mi punto G, mientras su nariz rozaba mi monte de Venus depilado. El orgasmo me pegó como un camión, temblores en todo el cuerpo, squirt chorreando en su boca. Él lo lamió todo, sonriendo como diablo.
Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga sabía a sal y hombre, venas pulsantes en mi lengua mientras la chupaba hasta la garganta, babeando como puta en calor. Él gemía, ¡Qué boquita, Valeria! Eres una diosa, manos en mi pelo guiándome. Lo monté despacio, su pija abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba como en rodeo, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos.
Cambié de posición: él atrás, perrito style, jalándome el pelo mientras me taladraba. Cada embestida profunda tocaba mi cervix, placer-pain exquisito. Más duro, pendejo, rómpeme, le rogaba, y él obedecía, nalgueándome hasta dejar marcas rojas. El segundo orgasmo me destrozó, paredes vaginales apretándolo como vicio, lecheándome la verga.
Al final, misionero, mirándonos a los ojos. Sudor, besos salados, sus bolas chocando mi culo. –Métemela toda, Diego, córrete adentro. Rugió, tensándose, y sentí su semen caliente inundándome, chorros potentes que me llevaron al tercero. Colapsamos, pegajosos, respiraciones entrecortadas, el olor a sexo crudo impregnando todo.
Después, en la afterglow, acurrucados con una chela fría, reímos. No se puede culpar a una chava por intentarlo, le dije, citando la letra. Él besó mi frente. Y qué bueno que lo hiciste, mi reina. La noche se cerraba con promesas de más, mi cuerpo saciado pero ya anhelando la próxima. Neta, valió cada segundo de ese intento.