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Juegos Sexuales Trios Ardientes

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Juegos Sexuales Trios Ardientes

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso de verano, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire y el bullicio de los carros abajo en la avenida. Yo, Marco, acababa de llegar al depa de Ana, mi morra desde hace dos años, y ya sentía esa cosquilla en el estómago que siempre me da cuando la veo. Ella estaba en la sala, con un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas como si estuviera pintado en su piel morena, y a su lado, sentada en el sofá de cuero, su amiga Laura, una chava de Guadalajara que acababa de mudarse a la CDMX. Laura era puro fuego: pelo negro largo, labios carnosos y unas tetas que pedían a gritos ser tocadas.

¿Qué pedo con esta vibra?, pensé mientras les daba un beso en la mejilla a cada una. Ana me miró con ojos pícaros, como si supiera un secreto que yo no. "Wey, siéntate, que tenemos algo chido para platicar", dijo ella, sirviéndome un trago de tequila reposado con limón y sal. El líquido quemaba rico bajando por la garganta, despertando todos mis sentidos. Laura se recargó en el respaldo, cruzando las piernas, y su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo más salvaje, me llegó directo al cerebro.

Empezamos con unas chelas y risas, recordando la fiesta de anoche donde bailamos pegaditos los tres. Ana soltó la bomba: "Oye, Marco, ¿y si jugamos algo más... intenso? Como juegos sexuales trios, ¿neta? Laura y yo lo hemos platicado, y pues... ¿por qué no?". Mi verga dio un salto en los pantalones.

¡La chingada, esto va en serio!
Las vi a las dos, sonriendo con malicia, y el corazón me latía como tambor en quinceañera.

Al principio fue todo risas y nervios. Ana sacó un mazo de cartas eróticas que compró en línea, con retos como "besa al de al lado por un minuto" o "tócate despacito frente a los demás". El aire se espesó con el olor a sudor ligero y excitación. Laura fue la primera en perder la blusa; sus pezones oscuros se marcaron bajo el bra negro de encaje, y yo no podía quitarle los ojos de encima. "¡Mírenme, cabrones!", dijo ella riendo, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Mi turno llegó rápido. Ana me quitó la playera, sus uñas rozando mi pecho, enviando chispas por mi espina. Su tacto es como fuego líquido, pensé, mientras Laura se acercaba y me lamía el cuello, su lengua caliente y húmeda dejando un rastro salado. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el jazz suave que sonaba de fondo. Nos fuimos escalando: besos en cadena, donde yo chupaba los labios de Ana mientras Laura me mordía la oreja, susurrando "Qué rico sales, wey".

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Ana se paró y se bajó el vestido, quedando en tanga roja que apenas cubría su panocha depilada. "Ahora sí, juegos sexuales trios de verdad", murmuró, jalándome al piso sobre una alfombra mullida que olía a limpio y a nosotrxs. Laura se unió, sus manos expertas desabrochándome el cinto. Sentí su aliento cálido en mi entrepierna mientras bajaba mis boxers, y mi verga saltó libre, dura como piedra, palpitando con el pulso acelerado.

Empecé lamiendo a Ana, su sabor dulce y salado explotando en mi lengua mientras ella gemía bajito, "¡Ay, Marco, no pares, pendejo!". Laura no se quedó atrás; se sentó en mi cara, su coño mojado rozando mis labios, con un aroma almizclado que me volvía loco. El peso de sus caderas, el roce suave de su clítoris hinchado contra mi nariz... todo era una sinfonía de sensaciones. Mis manos amasaban sus nalgas firmes, sintiendo cada músculo contraerse bajo mis dedos.

Nos cambiamos de posiciones como en un baile prohibido. Ana se montó en mi verga, su calor envolviéndome centímetro a centímetro, apretándome como guante de terciopelo húmedo. "¡Qué chingona te sientes!", gruñí, mientras Laura se arrodillaba y lamía donde nos uníamos, su lengua juguetona rozando mis bolas y el ano de Ana. Los sonidos eran obscenos: chapoteos húmedos, jadeos roncos, el slap-slap de piel contra piel. El sudor nos pegaba, brillando bajo la luz tenue de las velas que Ana había encendido, con olor a canela y jazmín flotando.

En mi mente, un torbellino:

Esto es demasiado bueno para ser real. ¿Y si nos volvemos adictos a estos juegos sexuales trios? Neta, no me quejo.
Ana cabalgaba más rápido, sus tetas rebotando, pezones duros como balas. Laura se levantó y besó a Ana, sus lenguas enredándose sobre mí, mientras yo las penetraba alternadamente. Metí dos dedos en Laura, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar "¡Sí, cabrón, ahí!", su jugo chorreando por mi mano.

La intensidad subía como fiebre. Cambiamos al sofá: yo de rodillas detrás de Laura, embistiéndola doggy style, su culo redondo recibiendo cada estocada con un clap jugoso. Ana debajo de ella, lamiéndole las tetas y frotando su clítoris. Sentía el calor de Laura apretándome, sus paredes vaginales pulsando, ordeñándome. El olor a sexo era espeso, embriagador, mezclado con el tequila en mi aliento. "Más fuerte, Marco, rómpeme", suplicó Laura, y yo obedecí, mis caderas chocando con fuerza, el sudor goteando de mi frente a su espalda.

Ana no se quedaba quieta; metió un dedo en mi culo mientras yo cogía a su amiga, masajeando mi próstata hasta que vi estrellas. ¡La neta, esto es el paraíso! Los gemidos se volvieron gritos: "¡Me vengo!", chilló Laura primero, su cuerpo temblando, coño contrayéndose en espasmos que casi me hacen explotar. Ana se corrió después, frotándose contra la boca de Laura, su sabor inundando todo.

Yo aguanté lo más que pude, pero con ellas dos lamiéndome la verga al unísono –lenguas calientes enroscándose, labios succionando, manos apretando mis bolas– no pude más. "¡Ya, chingado!", rugí, y eyaculé chorros calientes en sus bocas abiertas, salpicando sus caras sonrientes. El placer era cegador, olas y olas recorriendo mi cuerpo, piernas temblando como gelatina.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a semen, coños satisfechos y piel caliente. Ana me besó, compartiendo el sabor salado de mi leche en su lengua. "Eso fue épico, wey", dijo Laura, recargando la cabeza en mi pecho, su pelo tickleándome la piel.

Mientras el amanecer pintaba el cielo de rosas y naranjas, nos quedamos ahí, abrazados. Estos juegos sexuales trios nos unieron más, reflexioné, sintiendo una paz profunda. No era solo sexo; era confianza, deseo compartido, una conexión que nos hacía sentir invencibles. Ana murmuró: "¿Repetimos pronto?". Sonreí en la penumbra. "Simón, morra. Cuando quieras". Y así, con el corazón lleno y el cuerpo saciado, nos hundimos en un sueño ligero, listos para lo que viniera.

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