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Regi Trio Ardiente

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Regi Trio Ardiente

La noche en Monterrey estaba caliente como el asfalto después de un día de sol regiomontano. Yo, Karla, acababa de llegar al rooftop de ese bar chido en Valle Oriente, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una reina. El aire traía olor a tequila reposado y carne asada de algún antro cercano, mezclado con el perfume dulce de las mujeres que bailaban al ritmo de cumbia rebajada. Mis tacones resonaban contra el piso de madera, y el viento jugaba con mi cabello, erizándome la piel.

Estaba sola, pero no por mucho. En la barra, dos weyes regiomontanos captaron mi mirada de inmediato. Diego, alto, con barba recortada y camisa blanca que marcaba sus hombros anchos, y Marco, más delgado, con ojos pícaros y una sonrisa que prometía problemas del bueno. Los dos eran puros regios, con ese acento norteño que suena como miel caliente: directo, sin pendejadas.

¿Qué chingados estoy pensando? Dos carnales así de guapos... neta que esta noche se pone interesante.

Me acerqué por un trago, fingiendo casualidad. "Órale, ¿me invitan un shot de don Julio?", les dije con voz juguetona. Diego se giró, sus ojos bajando por mi escote un segundo antes de sonreír. "Sale, mamacita. Pero solo si nos dices de dónde sales tú tan rica". Marco ya estaba sirviendo, su mano rozando la mía al pasarme el vaso. El contacto fue eléctrico, como un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Brindamos, el tequila quemando mi garganta con ese sabor ahumado que sabe a fiesta regia.

Charlamos de todo: del tráfico en Constitución, de los tacos de cabrito que extrañan cuando viajan, de cómo Monterrey siempre vibra con esa energía cabrona. La tensión crecía con cada risa, cada mirada que se prolongaba. Sentía sus cuerpos cerca, el calor de Diego a mi izquierda, el roce accidental de la pierna de Marco a la derecha. Mi piel picaba de anticipación, el corazón latiéndome como tambor en macrofestival.

"¿Saben qué? Esta noche merecemos más que shots", soltó Marco, inclinándose para que su aliento cálido me llegara al oído. "Vamos a mi depa, está aquí cerquita. Hacemos un regi trio que no se olvide". Diego asintió, su mano en mi cintura un instante, firme pero suave. Consiento total, wey. Esto es lo que quiero. "Va, pero con buena música norteña y más tequila", respondí, mordiéndome el labio.

En el Uber, el ambiente ya ardía. Marco en el asiento trasero conmigo, su muslo pegado al mío, mientras Diego iba adelante platicando con el chofer. El olor a su colonia, mezcla de madera y cítricos, me envolvía. Marco susurró: "Neta, Karla, desde que te vimos pensamos en esto. Tú eres fuego puro". Su dedo trazó mi rodilla, subiendo despacio. Mi aliento se aceleró, el pulso retumbando en mis oídos como bajo de banda.

Llegamos al penthouse en San Pedro. El lugar era chingón: ventanales con vista a las luces de la Macro, sofá de piel blanca y una barra con botellas relucientes. Puse corridos tumbados en el Bluetooth, el bajo vibrando en el piso. Bailamos los tres, cuerpos pegándose en el ritmo. Diego me tomó de la cintura desde atrás, su erección presionando contra mi culo mientras Marco frente a mí, besándome el cuello. Olía a sudor limpio y deseo, ese aroma almizclado que enloquece.

Esto es un regi trio de los buenos. Sus manos en mí... no puedo más, pero quiero que dure.

Las luces tenues pintaban sus pieles morenas en dorado. Quité mi vestido con lentitud, dejando que lo vieran todo: mis curvas, los encajes negros que apenas cubrían. "Qué chingona estás", gruñó Diego, quitándose la camisa para revelar un pecho tatuado con águila regia. Marco ya estaba en bóxer, su verga marcada dura contra la tela. Los besé a los dos, alternando lenguas calientes y húmedas, sabor a tequila y sal. Sus manos exploraban: Diego amasando mis tetas, pellizcando pezones que se endurecían como piedras; Marco deslizando dedos entre mis piernas, encontrándome empapada.

"Estás chorreando, carnala", dijo Marco con voz ronca, arrodillándose para lamer mi coño despacio. Su lengua era fuego, chupando mi clítoris con succiones que me hacían gemir alto. Diego me besaba, tragándose mis quejidos, mientras sus dedos abrían mi boca, simulando lo que vendría. El sonido de succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con mi jadeo y sus gruñidos. Olía a mi excitación, dulce y salada, impregnando el aire.

Los llevé al sofá. Me puse de rodillas, liberando sus vergas: Diego grueso y venosa, Marco larga y curva. Las chupé una y otra, saliva goteando, el sabor salado de pre-semen en mi lengua. "Así, mamacita, trágatela toda", animaba Diego, enredando dedos en mi pelo. Marco gemía: "Neta, qué rico tu boquita". El tacto aterciopelado de sus pollas en mi boca, el pulso latiendo contra mi paladar, me volvía loca de poder.

Escaló cuando me recostaron. Diego entró primero, lento, estirándome con su grosor. "¡Ay, wey, qué grande!", grité, pero arqueando la espalda para más. Marco me besaba, frotando su verga en mis tetas. Embestidas profundas, piel chocando con palmadas húmedas, sudor resbalando por sus espaldas. Cambiamos: yo encima de Marco, cabalgándolo mientras Diego me penetraba el culo con cuidado, lubricante fresco y frío primero. El doble llenado era éxtasis, nervios explotando, mi coño y ano apretándolos rítmicamente.

Sus cuerpos contra el mío, sudados, fuertes. Soy el centro de este regi trio, y me encanta ser la reina.

El clímax subió como tormenta norteña. Marco se corrió primero, caliente dentro de mí, gritando "¡Me vengo, Karla!". Su semen tibio me empujó al borde. Diego aceleró, su aliento jadeante en mi oreja: "Dame todo, pendejita rica". Explosé en orgasmos múltiples, temblores sacudiéndome, uñas clavadas en sus hombros. Diego se retiró, eyaculando en mis tetas, chorros blancos calientes que lamí con deleite salado.

Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones entrecortadas calmándose. El aire olía a sexo crudo, semen y sudor, con el eco de la música bajita. Diego me acarició el cabello: "El mejor regi trio de mi vida, neta". Marco trajo toallas húmedas, limpiándonos con ternura. Nos quedamos ahí, riendo bajito de lo cabrón que había sido todo.

Al amanecer, con el sol pintando las montañas, supe que esto no era solo un polvo. Era conexión regia, pura y ardiente. Me vestí con sus miradas aún hambrientas. "Otra noche, ¿va?", pregunté. "Sale, cuando quieras", respondieron al unísono. Bajé al mundo renovada, el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles, el sabor de ellos en mis labios. Monterrey nunca había sentido tan viva.

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