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Bedoyecta Tri Precio Sams Enciende Mi Pasión

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Entré a Sams con el sol del mediodía pegándome en la nuca, el aire acondicionado del club me dio la bienvenida como un beso fresco. Mis ojos escanearon los pasillos repletos de ofertas, pero lo que realmente me llamó la atención fue el estante de suplementos. Ahí estaba, el bedoyecta tri precio sams tan chingón, rebajado a la mitad. Solo por eso valía la pena la membresía. Pensé en mi cita de esa noche con Marco, mi amor de años, y en cómo andaba yo de pilas bajas últimamente. Ese bedoyecta tri prometía vitaminas B, triptófano y todo lo que necesitaba para sentirme viva de nuevo. Lo agarré sin pensarlo dos veces, pagué en la caja exprés y salí con una sonrisa pícara.

De regreso en mi depa en Polanco, el paquete crujió en mis manos mientras lo abría. El olor metálico de la ampolleta me invadió la nariz, fresco y médico, pero con un toque de promesa. Me preparé la jeringa como me había enseñado el doc: alcohol en la piel del glúteo, pinchazo rápido. ¡Ay cabrón qué ardor! me dije, pero ya sentía el calor subiendo por mis venas, como si me inyectaran pura energía sexual. Mi piel se erizó, los pezones se me pusieron duros contra la blusa de algodón. Me miré en el espejo: ojos brillantes, labios hinchados de anticipación. Marco llegaría en unas horas, y yo estaba lista para devorarlo.

La puerta sonó a las ocho en punto. Marco entró con su sonrisa de galán, oliendo a colonia barata y sudor del gym.

"¿Qué onda, mi reina? Te ves pinche radiante hoy."
Lo jalé de la camisa, besándolo con hambre. Nuestras lenguas bailaron, saboreando el mentol de su chicle y el dulzor de mi gloss de fresa. Sus manos grandes me apretaron la cintura, y yo sentí su verga ya semi-dura contra mi muslo. Gracias, bedoyecta tri, pensé, mientras lo empujaba al sofá.

Nos besamos como adolescentes, pero con la urgencia de adultos que saben lo que quieren. Sus dedos se colaron bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones húmedos. El sonido de su respiración agitada llenaba la sala, mezclado con el tráfico lejano de Reforma. Yo le mordí el cuello, probando la sal de su piel, mientras le desabrochaba el cinturón. Chingón, su paquete saltó libre, grueso y palpitante. Lo envolví con la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo mi palma, el calor que emanaba como un horno.

Espérame, güey —le dije, levantándome para ir por unas chelas del refri. El frío de las botellas contrastó con el fuego en mi vientre. Regresé y me senté a horcajadas sobre él, frotándome contra su dureza. Marco gemía bajito, sus manos amasando mis nalgas.

"¿Qué te pasa hoy, amor? Estás como fiera."
Le conté del bedoyecta tri precio sams, cómo lo había comprado barato y ya me sentía invencible. Él rio, pero sus ojos se oscurecieron de deseo.

La tensión crecía como una tormenta. Lo llevé a la recámara, donde las sábanas blancas esperaban arrugadas. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas rebotar libres. Él se lamió los labios, incorporándose para chupar un pezón. El placer me recorrió como electricidad, un tirón directo a mi clítoris. ¡Qué chido! Gemí, arqueando la espalda. Sus dientes rasparon la piel sensible, el sonido húmedo de su boca succionando me volvía loca. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me hacía agua la boca.

Me tumbé y abrí las piernas, invitándolo. Marco se arrodilló entre mis muslos, su aliento caliente sobre mi sexo.

"Estás empapada, mi vida."
Su lengua lamió despacio, desde el ano hasta el botón, saboreando mis jugos salados y dulces. Yo agarré su cabello, empujándolo más adentro. Cada lamida era un rayo, mis caderas se movían solas, el colchón crujiendo bajo nosotros. El bedoyecta tri hacía su magia: no sentía cansancio, solo un hambre insaciable. Le dije cosas sucias en mexicano puro: "Lámeme el coño, pendejo, hasta que me vengas."

Pero quería más. Lo volteé, poniéndome encima en 69. Su verga en mi boca, gruesa y venosa, sabía a hombre puro, con un toque de precum salado. La chupé hondo, garganta profunda, mientras él devoraba mi panocha. Nuestros gemidos vibraban contra la piel del otro, el cuarto lleno de sonidos obscenos: succiones, slap de lenguas, jadeos roncos. Sudábamos, el olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con mi perfume de vainilla.

La intensidad subía. Marco me volteó de nuevo, colocándome a cuatro patas. Sentí la punta de su pija rozando mi entrada, lubricada y lista. Empújala ya, supliqué en mi mente. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay wey! Grité de placer, el estiramiento perfecto. Sus caderas chocaban contra mis nalgas, piel contra piel en un ritmo frenético. Cada embestida rozaba mi punto G, ondas de éxtasis subiendo por mi espina. Lo miré por encima del hombro: sudor perlando su pecho moreno, músculos tensos, ojos fijos en mí con adoración.

Más duro, cabrón —le pedí, y él obedeció, agarrándome las caderas con fuerza. El bedoyecta tri me daba resistencia infinita; podía follar toda la noche. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona. Mis tetas rebotaban, él las pellizcaba, enviando chispas. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre.

"Me vengo, amor... ¡no pares!"
Explosé, contracciones milking su verga, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó, hinchándose dentro de mí, y se corrió con chorros calientes, pintando mis paredes.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y semen. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El aroma post-sexo flotaba, satisfactorio y pecaminoso. Pinche bedoyecta tri precio sams, valió cada peso, pensé, acariciando su cabello revuelto. Marco levantó la vista, besándome suave.

¿Mañana volvemos por más?
—preguntó con picardía.

Reí bajito, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo. Esa noche, no solo follamos; nos reconectamos, el deseo renovado como al principio. El bedoyecta tri había sido el catalizador, pero nuestro amor el verdadero fuego. Me dormí en sus brazos, soñando con más noches así, con precios bajos y pasiones altas.

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