El Abuso de Autoridad del TRI que Nos Consumió
La carretera se extendía como una cinta interminable bajo el sol abrasador de la tarde, el asfalto vibrando con el calor que subía en ondas distorsionadas. Ana conducía su viejo Tsuru con el viento revolviéndole el cabello negro por la ventanilla abierta, la radio sintonizada en una cumbia rebajada que le hacía mover los hombros al ritmo. Llevaba una falda ligera de algodón que se pegaba a sus muslos por el sudor, y una blusa escotada que dejaba ver el brillo de su piel morena. Hacía calor, pinche calor de la chingada, pensó, mientras aceleraba un poco más para sentir el aire fresco en la cara.
De repente, las luces azules y rojas parpadearon en su retrovisor. Mierda, un TRI. Esos weyes del tránsito siempre jodiendo. Ana redujo la velocidad y se orilló, el corazón latiéndole un poco más rápido no solo por el susto, sino porque el oficial que bajaba de la patrulla era un tipo alto, fornido, con uniforme ajustado que marcaba cada músculo. Su piel cobriza brillaba bajo el sol, y la gorra sombreaba unos ojos oscuros que la escanearon de arriba abajo mientras se acercaba.
—Buenas tardes, señorita. Licencia y tarjeta de circulación —dijo con voz grave, autoritaria, pero con un dejo juguetón en los labios carnosos.
Ana sacó los papeles del guante, notando cómo sus dedos rozaban los de él al entregarlos. Olía a hombre, a sudor limpio mezclado con colonia barata y cuero de patrulla. Qué rico, se le escapó en la mente mientras lo veía revisar los documentos con lentitud deliberada.
—Veo que iba a más de lo permitido, ¿eh? Esto es abuso de autoridad del TRI si no coopera —bromeó él, guiñándole un ojo. Se llamaba Rodrigo, decía su placa. Ana sintió un cosquilleo en el estómago.
—Ay, oficial, no sea malo. Solo iba apurada por llegar a casa. ¿No hay chance de arreglarlo? —respondió ella, inclinándose un poco para que su escote se asomara más, el aire caliente cargado de tensión.
El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, cuando Rodrigo le devolvió los papeles. —Bájese un momento, quiero checar algo del carro —ordenó, pero su tono era suave, invitador. Ana obedeció, sintiendo la gravilla crujir bajo sus sandalias. Él se acercó demasiado, su cuerpo irradiando calor, el cinturón con la pistola y esposas rozando su cadera.
—Todo en orden, pero usted... usted está para multas mayores —murmuró cerca de su oído, el aliento cálido oliendo a chicle de menta. Ana rio bajito, girándose para mirarlo de frente. Sus pechos subían y bajaban con la respiración acelerada, rozando el pecho duro de él.
¿Qué carajos estoy haciendo? Este wey es del TRI, puro abuso de autoridad, pero pinche madre, cómo me prende, pensó ella, mientras sus manos subían por los brazos musculosos de Rodrigo.
Él la tomó de la cintura, atrayéndola contra la patrulla. —Si quiere evitar la multa, demuéstreme que vale la pena —susurró, y ella asintió, empinándose para besarlo. Sus labios se encontraron con hambre, lenguas danzando con sabor a sal y deseo. Las manos de él bajaron a sus nalgas, amasándolas bajo la falda, mientras ella gemía contra su boca, el sonido ahogado por el tráfico lejano.
La llevaron adentro de la patrulla, el asiento de vinilo pegajoso por el calor, oliendo a cigarro viejo y masculinidad. Rodrigo le subió la falda, exponiendo sus bragas de encaje húmedas. —Estás chingada de mojada, carnalita —gruñó, deslizando un dedo por la tela, haciendo que Ana arqueara la espalda con un jadeo. El tacto era eléctrico, su piel erizándose, el pulso latiendo en sus oídos como tambores.
Ella desabrochó su camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo, bajando hasta el cinturón. —Quítatelo, oficial, déjame ver ese abuso de autoridad de cerca —pidió con voz ronca. Rodrigo se bajó los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza, el olor almizclado subiendo a su nariz mientras la lamía desde la base hasta la punta, saboreando la gota precursora salada.
La tensión crecía como una tormenta, el aire dentro de la patrulla espeso y cargado. Rodrigo la recostó en el asiento, quitándole las bragas con dientes, besando el interior de sus muslos temblorosos. Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiendo con círculos lentos, succionando hasta que Ana gritó, clavando uñas en su nuca. Neta, este wey sabe, pensó en medio del placer que la hacía retorcerse, el sonido húmedo de su boca mezclándose con sus gemidos.
—Te voy a follar como se merece una transgresora —dijo él, posicionándose. Ana lo guio dentro de ella, sintiendo el estiramiento delicioso, la llenura que la hacía jadear. Empezó lento, embestidas profundas que rozaban su punto G, el choque de piel contra piel resonando como aplausos obscenos. Ella lo montó después, cabalgando con furia, sus tetas rebotando, sudor goteando entre ellos, el olor a sexo impregnando todo.
Las ventanas empañadas ocultaban su frenesí. Rodrigo la volteó, penetrándola por detrás, una mano en su clítoris, la otra jalándole el cabello. —Dime que te gusta mi abuso de autoridad del TRI —gruñó, y ella respondió entrecortada:
—Sí, cabrón, más fuerte, hazme tuya.
El clímax la golpeó como un rayo, olas de placer convulsionándola, contrayéndose alrededor de él hasta que Rodrigo se corrió con un rugido, llenándola de calor líquido. Colapsaron jadeantes, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono.
El crepúsculo envolvía la patrulla cuando se separaron, risas ahogadas rompiendo el silencio. Rodrigo le dio un beso suave en la frente, limpiándole el sudor con su propia camisa. —Sin multa, pero regresa por aquí, ¿eh? Este abuso de autoridad del TRI solo empieza.
Ana se ajustó la falda, las piernas temblorosas, sintiendo el semen escurrir por sus muslos, un recordatorio cálido y pecaminoso. Subió a su Tsuru con una sonrisa pícara, el cuerpo aún zumbando de placer residual.
Quién diría que un alto del TRI me dejaría así de satisfecha. Chin, qué rico estuvo. Volveré, neta, reflexionó mientras arrancaba, la carretera ahora un camino de promesas calientes.
La noche caía suave, estrellas parpadeando como testigos mudos de su encuentro prohibido pero consensuado, un fuego que ardía en su memoria para siempre.