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San Juanico 84 El Tri Ardiente

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San Juanico 84 El Tri Ardiente

El calor del verano del 84 me tenía sudando en mi departamentito en San Juanico 84. Afuera, el puente retumbaba con el tráfico de camiones que cruzaban de Tamaulipas a Veracruz, pero adentro, mi tocadiscos escupía a todo volumen Triste canción de amor de El Tri. La voz ronca de Alex Lora me erizaba la piel, como si me estuviera susurrando al oído promesas sucias. Yo, con mi falda corta de mezclilla y una blusa sin sostén que se pegaba a mis tetas por el bochorno, bailaba sola en la sala, sintiendo el pulso de la guitarra eléctrica vibrar hasta mis entrañas.

De repente, unos golpes fuertes en la puerta. ¿Quién chingados será a estas horas? pensé, mientras bajaba el volumen. Abrí y ahí estaba él, mi vecino del 86, Juan, con el torso desnudo brillando de sudor, pantalón de mezclilla gastado y esa mirada de lobo hambriento que me ponía las piernas flojas cada vez que lo veía en el pasillo. Era alto, moreno, con tatuajes caseros en los brazos que contaban historias de cantinas y pleitos de juventud.

—Órale, vecina, ¿no que ya te ibas a dormir? Esa rola de El Tri se oye hasta en el pinche puente —dijo con una sonrisa pícara, oliendo a cerveza fresca y a hombre de verdad, ese aroma terroso que me hacía mojarme sin remedio.

Me recargué en el marco, dejando que mi blusa se abriera un poco más. Neta, qué rico se ve. —Pasa, güey, no seas menso. Ven a quejarte de frente. ¿O nomás quieres birria?

Entró, y el aire se cargó de inmediato. Cerré la puerta, y el riff de guitarra volvió a llenar el espacio. Sus ojos bajaron a mis pezones duros marcándose bajo la tela. Bailamos cerca, rozándonos como por accidente. Su mano en mi cintura, grande y callosa, me quemaba la piel. Olía su cuello, mezcla de sudor salado y colonia barata, y sentí un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mi entrepierna.

¿Y si lo jalo ahorita? ¿Si le digo que me muero por sentirlo adentro? Pero no, hay que jugar, que el deseo crezca como la pinche marea en el Golfo.

Nos sentamos en el sillón viejo, con chelas frías que saqué del refri. Hablamos de todo: de cómo El Tri nos hacía sentir invencibles en las fiestas del barrio, de las chavas que se nos escapaban en el puente San Juanico 84 esa noche del concierto pirata que armaron allá por el puente. Su voz grave me envolvía, y cada risa suya hacía que mi clítoris palpitara. Le conté de mi ex pendejo que no sabía ni dónde estaba el punto G, y él se rio, acercándose más.

—Neta, Rosalba, un hombre de verdad te hace ver estrellas —dijo, su aliento caliente en mi oreja.

Mi mano rozó su muslo, dura como tronco. Chingao, qué verga tan grande debe tener. La tensión crecía, el disco giraba con Abuso de autoridad, y de pronto, sus labios en los míos. Fue un beso hambriento, lenguas enredadas, sabor a cerveza y a urgencia. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando la blusa con maestría. Mis tetas saltaron libres, pezones erectos pidiendo su boca.

Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Sentí su verga tiesa contra mi rajita húmeda a través de la falda. Gemí bajito mientras él chupaba mis tetas, mordisqueando suave, enviando descargas eléctricas hasta mi cerebro. Olía mi propia excitación, ese musk dulce que llenaba la habitación, mezclado con el humo de su cigarro apagado en el cenicero.

—Te quiero, cabrón —le susurré, jalándole el pelo.

Se levantó conmigo en brazos, como si no pesara nada, y me llevó al cuarto. La cama crujió bajo nuestro peso. Me quitó la falda y las calzones de un tirón, exponiendo mi concha empapada, hinchada de ganas. Él se desvistió, y madre santa, su verga gruesa, venosa, apuntando al techo, con gotas de precum brillando a la luz de la luna que entraba por la ventana. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su sal, sintiendo cómo latía en mi boca. Él gruñó, agarrándome el pelo con fuerza pero sin lastimar.

Esto es lo que necesitaba, un macho que sepa cogerme como se debe, no como esos pendejos de pacotilla.

Me puso de rodillas en la cama, lamiéndome desde atrás. Su lengua experta en mi clítoris, chupando mis labios, metiendo dedos gruesos que me abrían mientras yo me retorcía, mojadísima, goteando en las sábanas. El sonido de succión, mis jadeos, la música de El Tri de fondo —todo era un puto éxtasis. ¡No pares, wey, no pares!

Me volteó, y entré en él despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Era enorme, estirándome deliciosamente, rozando ese punto que me hacía arquear la espalda. Cabalgamos lento al principio, piel contra piel sudorosa, pechos rebotando, sus manos amasando mi culo. Aceleramos, la cama golpeando la pared, nuestros gemidos ahogando la rola de la rockola. Olía a sexo puro, a fluidos mezclados, a pasión desbocada.

—¡Córrete conmigo, Rosalba! —rugió, sus ojos clavados en los míos.

El orgasmo me golpeó como camión en el puente. Ondas de placer desde mi útero hasta las yemas de los dedos, chillando su nombre mientras él se vaciaba dentro, caliente, pulsando. Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados, el corazón latiéndonos como tambores de rock.

Después, en la calma, su cabeza en mis tetas, fumamos un cigarro compartido. La noche olía a nosotros, a sábanas revueltas y a promesa de más. San Juanico 84 nunca había vibrado tan chido, con El Tri como testigo de nuestro fuego.

—Esto apenas empieza, vecina —me dijo, besándome el ombligo.

Y neta, lo sabía. En este barrio, con esta música, el deseo no se apaga tan fácil.

Nos quedamos así hasta el amanecer, el puente zumbando afuera, nuestro sudor secándose lento, saboreando el afterglow de una noche que cambiaría todo.

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