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Las Black Tri Stars Ardientes

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Las Black Tri Stars Ardientes

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba chida de verdad. El aire salado del Pacífico me pegaba en la cara mientras caminaba por la arena tibia, con el sonido de las olas rompiendo suave y el ritmo de la cumbia rebeldía retumbando desde los altavoces. Mis cuates y yo habíamos llegado esa tarde, listos para desconectarnos del pinche estrés de la ciudad. Cerveza fría en mano, me senté en una silla de playa, escaneando el panorama. Fue entonces cuando la vi.

Estaba bailando sola cerca del fuego, con un bikini negro que apenas contenía sus curvas perfectas. Su piel morena brillaba bajo la luz de la fogata, y el movimiento de sus caderas era hipnótico, como si el mar mismo la estuviera meciendo. Pero lo que me dejó con la boca seca fueron esos tatuajes: tres estrellas negras formando un triángulo perfecto justo en la parte baja de su abdomen, descendiendo tentadoramente hacia donde el bikini se ataba. Las black tri stars, pensé, neta que eran lo más cabrón que había visto en mi vida. Parecían un secreto tatuado en su piel, invitando a quien se atreviera a descifrarlo.

Me levanté sin pensarlo dos veces, sintiendo ya el pulso acelerado en mis venas. Me acerqué, con una sonrisa pendeja que ella notó al instante. —Hola, guapa. ¿Esa constelación tuya me está guiñando el ojo o qué? le dije, señalando con la cabeza hacia abajo. Ella se rio, una carcajada ronca y juguetona que me erizó la piel. —Soy Carla. Y sí, las black tri stars son mi firma. ¿Quieres saber su historia, wey?

Nos sentamos en la arena, las rodillas casi tocándose. Olía a coco de su crema bronceadora mezclada con el humo del fuego y un toque salado de sudor. Me contó que se las hizo en un viaje a Tijuana, tres estrellas por tres deseos que siempre se cumplían bajo la luna. Sus ojos cafés me clavaban, y cada vez que se movía, el triángulo negro se asomaba un poquito más, mandándome descargas directas al sur.

Neta que esta morra me va a volver loco, pensé. Su voz era como terciopelo raspado, y el calor de su pierna rozando la mía era eléctrico.
Hablamos de todo: de la vida en Guadalajara, de cómo odiaba los trabajos de oficina, de tatuajes locos. La tensión crecía con cada trago de cerveza, cada mirada que se prolongaba un segundo de más.

La música cambió a un reggaetón pesado, y ella me jaló de la mano. —Baila conmigo, carnal. Sus caderas contra las mías, el roce de su piel suave y cálida, el olor de su cabello negro ondeando como olas. Sentía su aliento en mi cuello, caliente y húmedo, mientras mis manos bajaban por su espalda, deteniéndose justo en la curva de su cintura. Cada giro hacía que las black tri stars centellearan en la penumbra, como si me llamaran. Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra ella, y ella lo notó, sonriendo con picardía. —Te gustan, ¿verdad? Son mi zona cero.

El deseo era un incendio. La llevé de la mano lejos del grupo, hacia las palmeras donde la luz de la luna filtraba plateada. Nos besamos por primera vez allí, sus labios carnosos y jugosos saboreando a ron y sal. Su lengua danzaba con la mía, explorando, mientras mis manos subían por sus muslos firmes, sintiendo la arena pegada a su piel húmeda. Qué rico olía, a mujer en celo, a mar y a promesas. La recargué contra un tronco áspero, y ella gimió bajito cuando mis dedos rozaron el borde del bikini, justo donde empezaban las estrellas.

—Desátalo, murmuró, su voz ronca de pura necesidad. Lo hice, lento, saboreando cada segundo. El bikini cayó, revelando las black tri stars en todo su esplendor: tres puntos negros perfectos apuntando a su coño depilado, húmedo y brillante.

Pinche obra de arte, me dije. Mi corazón latía como tambor, el pulso retumbando en mis oídos junto al romper de las olas.
Me arrodillé, besando cada estrella, mi lengua trazando el triángulo. Ella jadeó, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mi cabello. Sabía a sal y a miel, su clítoris hinchado palpitando bajo mi boca. La chupé despacio al principio, lamiendo con hambre creciente, escuchando sus gemidos subir de tono: —Sí, wey, así... no pares, cabrón.

La tensión era insoportable. Me puse de pie, quitándome la ropa rápido, mi verga saltando libre, gruesa y lista. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome con movimientos expertos, el tacto cálido y firme mandándome chispas por la espina. —Entra ya, pendejo. Te necesito adentro. La penetré de una, despacio para sentir cada centímetro de su calor apretado envolviéndome. Era como terciopelo mojado, pulsando a mi alrededor. Empezamos lento, mis embestidas profundas, sus caderas respondiendo con fuerza. El sonido de piel contra piel se mezclaba con sus ahogos, el olor de sexo crudo llenando el aire: sudor, fluidos, arena.

La volteé contra el tronco, entrando por atrás, mis manos amasando sus nalgas redondas. Las black tri stars quedaron a la vista, guiándome como un mapa al paraíso. La follé más duro, sintiendo su coño contraerse, ordeñándome. Qué chingón se sentía, su calor, su humedad resbalando por mis bolas. Ella gritaba ahora, sin pudor: —Más fuerte, rómpeme, mi amor! Mis dedos encontraron su clítoris, frotando en círculos mientras la taladraba. El clímax nos golpeó juntos: ella temblando, convulsionando, su jugo chorreando; yo explotando dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Caímos en la arena, exhaustos, jadeantes. Su cabeza en mi pecho, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. El mar lamía nuestros pies, fresco contra el calor de nuestros cuerpos. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a noches que no se olvidan. —Esas black tri stars son mágicas, ¿sabes? Cumplen deseos, susurró ella, trazando una con el dedo en mi piel sudorosa.

Nos quedamos así un rato, hablando en voz baja de tonterías, riendo. El sol empezaba a asomarse, tiñendo el cielo de rosa. No era solo un polvo; había conexión, esa chispa que hace que quieras más. Me besó suave antes de levantarse, atándose el bikini con gracia felina. —Vuelve a Guadalajara conmigo, wey. Hay más estrellas por descubrir.

La vi alejarse, las black tri stars desapareciendo bajo la tela negra, pero grabadas en mi mente para siempre. Esa noche cambió todo. Ahora, cada vez que miro al cielo estrellado, recuerdo su piel, su sabor, ese triángulo que me llevó al éxtasis. Neta, la vida es chida cuando encuentras tu constelación.

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