Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Sudor y Pasión en el Concierto del Tri 55 Aniversario Sudor y Pasión en el Concierto del Tri 55 Aniversario

Sudor y Pasión en el Concierto del Tri 55 Aniversario

7579 palabras

Sudor y Pasión en el Concierto del Tri 55 Aniversario

El aire de la Ciudad de México estaba cargado esa noche, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Yo había ahorrado varios meses para no perderme el concierto del Tri 55 aniversario en el Palacio de los Deportes. El Tri, carnales, esos pinches rockeros que han sido la banda sonora de generaciones enteras. Llegué temprano, con mi camiseta negra ajustada y unos jeans que me quedaban como guante, listo para sudar la gota gorda al ritmo de "Triste canción de amor" y "Abuso de autoridad".

La multitud bullía ya en la entrada, un mar de gente con playeras desteñidas, chelas en mano y esa energía eléctrica que solo un concierto de El Tri puede generar. Me abrí paso entre la raza, oliendo a cerveza, cigarro y anticipación. Ahí, cerca del escenario, la vi. Una morra impresionante, de esas que te hacen tragar saliva sin querer. Pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés intensos que brillaban bajo las luces preliminares, y un body que gritaba pecado: shorts vaqueros cortitos que dejaban ver unas piernas torneadas y una blusa escotada que apenas contenía sus chichis perfectos. Se movía al son de la música de calientamiento, con una cerveza en la mano, riendo con unas amigas.

¿Será que me atrevo a acercarme? Pinche pendejo, claro que sí. Esta noche es para romperla toda.

Me acerqué con una sonrisa chueca, fingiendo que la conocía de toda la vida. "¡Órale, carnala! ¿Vienes por El Tri o nomás a ver al personal?" le dije, alzando la voz por encima del ruido. Ella volteó, me midió de arriba abajo con una mirada que me erizó la piel, y soltó una carcajada ronca, de esas que te calientan la sangre.

"¡Por El Tri, wey! 55 años de puro desmadre. ¿Y tú, guapo?" respondió, acercándose un paso. Su perfume se mezcló con el sudor incipiente de la noche, un olor dulce y almizclado que me dio un coscorrón directo al alma. Nos presentamos: ella era Alexa, 28 años, fanática de hueso colorado como yo. Sus amigas se despidieron con guiños pícaros, dejándonos solos en medio del gentío.

El concierto arrancó con un estruendo que retumbó en el pecho. Alex Lora gritaba "¡Vamos a romperla, raza!" y la multitud enloqueció. Nos metimos al mosh pit, pegados como chicle, nuestros cuerpos chocando al ritmo de las guitarras rasposas. Sentía su espalda contra mi pecho, el calor de su piel traspasando la tela húmeda. Cada brinco, cada empujón de la gente nos unía más. Su culo redondo rozaba mi entrepierna, y juro que ya sentía cómo mi verga se ponía dura como piedra. Ella volteaba de vez en cuando, mordiéndose el labio, con ojos que decían te quiero ahorita mismo.

Entre canción y canción, nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a chela y sal de sudor. Su lengua juguetona se enredó con la mía, y un gemido escapó de su garganta mientras sus manos me apretaban la nuca. "Estás cañón, cabrón", murmuró contra mi boca, y yo solo atiné a responder con otro beso más profundo, mis manos bajando a sus caderas, apretando esa carne firme.

La tensión crecía con cada rola. "Piedras contra el vidrio" nos tenía saltando, sudando como marranos, nuestros cuerpos resbalosos uno contra el otro. Olía su aroma: mezcla de perfume floral, sudor fresco y esa esencia femenina que me volvía loco. Mi corazón latía desbocado, no solo por la música, sino por el fuego que ardía entre nosotros. ¿Y si la invito a salir de aquí? ¿Y si esto se queda en puro roche? me debatía en la cabeza, pero sus miradas y roces me daban alas.

Al final del set principal, cuando tocaban "No me tientes mujer", ella se giró de golpe, me jaló de la camiseta y me plantó un beso que me dejó pasmado. "Vamos a algún lado, mi amor. No aguanto más", dijo con voz ronca, sus pupilas dilatadas de deseo puro. Salimos del Palacio tropezando entre la multitud eufórica, riendo como pendejos, tomados de la mano. Caminamos unas cuadras hasta mi departamentito en la Narvarte, el aire nocturno fresco contrastando con nuestro calor corporal.

En cuanto cerré la puerta, fue un desmadre total. Nos arrancamos la ropa como animales hambrientos. Su blusa voló, revelando unos senos perfectos, pezones duros como caramelos. Me arrodillé y los chupé con ganas, saboreando su piel salada, oliendo ese perfume mezclado con arousal. Ella gemía bajito, "¡Ay, wey, qué rico! No pares", enredando sus dedos en mi pelo. La cargué hasta la cama, besando su cuello, bajando por su vientre plano hasta esos shorts que desabroché con los dientes.

Sus bragas estaban empapadas, un olor almizclado y dulce que me enloqueció. Las quité despacio, admirando su concha rosada, hinchada de ganas. Lamí despacio, saboreando sus jugos calientes, su clítoris palpitante bajo mi lengua. Alexa arqueaba la espalda, gritando "¡Sí, cabrón, así! ¡Métemela toda!". Sus muslos me apretaban la cabeza, temblando, mientras yo la devoraba como si fuera mi última cena.

Pinche diosa, esta morra me tiene en la palma de la mano. Su sabor, su olor, todo es perfecto.

Me puse de pie, mi verga tiesa apuntando al techo, venas hinchadas de pura necesidad. Ella se lamió los labios y se arrodilló, tomándola con manos suaves pero firmes. La succionó profunda, su boca caliente y húmeda envolviéndome, lengua girando alrededor del glande. Sentí sus dientes rozando juguetones, y tuve que contenerme para no correrme ahí mismo. "Eres enorme, mi rey", murmuró entre chupadas, mirándome con ojos lujuriosos.

La tiré a la cama boca arriba, abrí sus piernas y me hundí en ella de un solo empujón. Estábamos empapados de sudor, resbalosos, perfectos. Su concha me apretaba como guante, caliente y jugosa, cada embestida haciendo que sus chichis rebotaran hipnóticamente. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el eco lejano de la ciudad. La follé despacio al principio, sintiendo cada centímetro, sus paredes internas masajeándome. Luego aceleré, clavándola fuerte, mientras ella clavaba uñas en mi espalda, gritando "¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!".

Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona salvaje, sus caderas girando en círculos que me volvían loco. Veía su cara de placer, pelo revuelto pegado a la frente sudada, labios entreabiertos soltando gemidos roncos. Toqué su clítoris mientras rebotaba, y explotó en un orgasmo brutal, su concha contrayéndose alrededor de mi verga, jugos chorreando por mis bolas. Eso me mandó al borde. La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto, y la embestí hasta el fondo, sintiendo el clímax subir como lava.

"¡Me vengo, Alexa!" rugí, y ella empujó hacia atrás: "¡Dentro, amor! ¡Lléname!". Eyaculé chorros calientes, profundo en ella, nuestro sudor mezclándose, cuerpos temblando en éxtasis compartido. Colapsamos juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando sobre nosotros. Ella trazaba círculos en mi pecho con un dedo, sonriendo pícara. "El mejor concierto del Tri 55 aniversario de mi vida, wey. Gracias por la rola extra". Reímos bajito, besándonos suaves, el sabor de nosotros aún en la boca. Afuera, la noche mexicana seguía vibrando, pero en ese momento, el mundo era solo nosotros dos, satisfechos y conectados en un desmadre inolvidable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.