Melancolía Carnal Lars von Trier
La noche se cernía sobre la finca en las afueras de la Ciudad de México como un planeta errante acercándose inexorablemente. Tú, Justina, habías llegado esa tarde huyendo de la boda que nunca fue. El vestido blanco aún arrugado en tu maleta, pero el corazón hecho trizas. Clara, tu mejor amiga desde la uni, te abrió la puerta con esa sonrisa que siempre te desarma, sus ojos cafés brillando bajo la luz de las guirnaldas que decoraban el porche. Neta, qué buena onda que viniste, wey, te dijo abrazándote fuerte, su perfume a jazmín y vainilla invadiendo tus sentidos, cálido como un abrazo prohibido.
La casa era un sueño: paredes de adobe blanco, piscina infinita con vista al bosque de Valle de Bravo, el aire fresco cargado del olor a pino y tierra húmeda después de la lluvia. Clara te llevó a la terraza, donde una mesa puesta con velas parpadeantes esperaba. Te sirvió un tequila reposado, el cristal frío en tu mano, el líquido ambarino quemando tu garganta al primer trago. Hablaron de todo y de nada, pero tú no podías sacarte de la cabeza esa película que habías visto la noche anterior: Melancolía de Lars von Trier. Es que neta, Clara, me pegó cañón. Ese planeta azul acercándose, la Justine esa que no puede ni con su alma... me vi reflejada, ¿sabes? Todo se acaba, y ni modo.
Clara te miró fijo, su mano rozando la tuya sobre la mesa de madera pulida. Pero aquí estamos vivas, Justi. Y el mundo no se acaba todavía. Su voz era ronca, como el eco de un gemido lejano. Sentiste un cosquilleo en la piel, el calor de su palma filtrándose en tus venas. La tensión empezó ahí, sutil, como el primer temblor de la tierra antes del sismo.
Después de la cena —tacos de arrachera jugosos, salsa que picaba en la lengua y hacía arder los labios—, Clara insistió en darte un masaje. Estás toda tensa, pendeja. Quítate el estrés. Te llevó a su cuarto, una suite con cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, el aire acondicionado susurrando suave. Te quitaste la blusa, quedando en bra de encaje negro, y te acostaste boca abajo. Sus manos, untadas en aceite de coco que olía a playa tropical, se posaron en tus hombros. Firme, pero tierna. Relájate, mi amor, murmuró cerca de tu oreja, su aliento caliente rozando tu nuca.
¿Mi amor? ¿Por qué suena tan natural en su boca? ¿Por qué mi cuerpo responde así, arqueándose sin querer?
Los dedos de Clara descendían por tu espalda, deshaciendo nudos invisibles. Cada roce era electricidad: el aceite resbaloso, la presión exacta en la curva de tu cintura, el roce accidental de sus uñas en tus costados. Gemiste bajito, un sonido que te avergonzó, pero ella rio suave. Así me gusta, déjalo salir. Sus manos bajaron más, amasando tus glúteos a través del pantalón de yoga. Sentiste su peso sobre ti cuando se subió a horcajadas, su calor entre tus piernas presionando justo ahí. El olor a su excitación empezó a mezclarse con el coco, almizclado y dulce, como miel caliente.
Te volteaste sin pensarlo, tus pechos subiendo y bajando rápido. Sus ojos devoraban tu cuerpo, las pupilas dilatadas. Clara... esto... balbuceaste, pero ella se inclinó, sus labios rozando los tuyos. Shh, Justi. Solo si quieres. Pero te deseo desde hace rato, neta. Asentiste, el corazón latiéndote en la garganta. El beso fue lento al principio, lenguas explorando con pereza, saboreando el tequila y el picante residual. Sus manos desabrocharon tu bra, liberando tus chichis pesados, los pezones ya duros como piedras.
La tensión escalaba como el planeta de la película, inevitable. Clara se quitó la playera, revelando su piel morena perfecta, tetas firmes con areolas oscuras. Te chupó un pezón, succionando fuerte, el placer punzante bajando directo a tu concha que ya chorreaba. Estás bien mojada, wey. Me encanta, susurró contra tu piel, lamiendo el sudor salado de tu clavícula. Tus manos enredadas en su pelo negro ondulado, jalando suave mientras ella bajaba, besando tu ombligo, mordisqueando la carne suave de tu vientre.
Te quitó el pantalón y las calacas de un tirón, exponiéndote al aire fresco. Mírate, tan rica. Sus dedos abrieron tus labios mayores, el aire besando tu clítoris hinchado. Olía a sexo puro, a deseo crudo. Metió un dedo, luego dos, curvándolos adentro, tocando ese punto que te hace ver estrellas. Gemías alto ahora, ¡Sí, chingao, así!, las caderas moviéndose solas. Ella se arrodilló entre tus piernas, su lengua plana lamiendo desde tu ano hasta el clítoris, sorbiendo tus jugos como si fueran el mejor mezcal.
Esto es mejor que cualquier fin del mundo. Su boca es el paraíso, caliente y húmeda, succionándome hasta el alma.
Pero querías más. La jalaste arriba, volteándola. Ahora eras tú quien mandaba. Le arrancaste el short, su concha depilada reluciente de humedad, labios hinchados invitándote. Te voy a comer viva, Clara. Te zambulliste, nariz enterrada en su monte de Venus, lengua revolviéndola toda. Sabía a sal y canela, adictiva. Ella gritaba tu nombre, ¡Justi, me vengo, pendeja!, su cuerpo temblando, chorro caliente salpicando tu barbilla. La hiciste corrérsela dos veces más, dedos y lengua en tándem, hasta que suplicaba piedad.
La tensión llegó al pico cuando se puso encima, tribbing como diosas paganas. Vuestras conchas frotándose, clítoris chocando, resbalosas de jugos mezclados. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, piel contra piel, gemidos roncos. Sudor perlando vuestros cuerpos, el cuarto oliendo a sexo intenso, a liberación. Siempre te he querido así, bajo esta melancolía que nos envuelve como la de Lars von Trier, jadeó ella, y tú asentiste, perdida en el ritmo. El orgasmo las golpeó juntas, olas y olas, cuerpos convulsionando, uñas clavándose en carne suave. Gritaste, un alarido primal, mientras el mundo se acababa en placer puro.
Después, el afterglow fue dulce. Acostadas enredadas, sábanas revueltas, el ventilador girando perezoso sobre vuestras cabezas. Clara te acariciaba el pelo, besos suaves en la sien. No todo se acaba, Justi. Esto apenas empieza. Afuera, las estrellas brillaban indiferentes, pero dentro de ti, la melancolía se había transmutado en algo vivo, ardiente. El planeta de la película se alejó en tu mente, reemplazado por el calor de su cuerpo pegado al tuyo, el latido compartido calmándose lento.
Te dormiste oliendo a ella, saboreando el eco de su esencia en tu boca, sabiendo que al amanecer, el deseo renacería. Neta, qué chingonería de noche.