El Tri Wallpaper Ardiente
Estaba sola en mi depa de Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el calor de la noche colándose por las rendijas. Saqué mi cel para distraerme, y ahí estaba: el Tri wallpaper que había bajado esa mañana. Los jugadores del Tri, todos sudados, musculosos, con las playeras verdes pegadas al cuerpo después de un golazo. Neta, esa imagen me prendió como cerillo en gasolina. Me imaginé sus cuerpos fuertes, el olor a sudor fresco mezclado con el césped, el rugido de la afición en el Azteca. Sentí un cosquilleo entre las piernas, caliente, insistente.
¿Por qué carajos un simple wallpaper me pone así de caliente? Ay, pinche cuerpo traicionero.Me recargué en el sofá de piel suave, abrí las piernas un poco y dejé que mi mano bajara despacito por mi blusa holgada. Los pezones se me pararon al instante, rozando la tela. Afuera, la ciudad bullía con cláxones lejanos y risas de borrachos, pero yo solo oía mi respiración acelerada.
De repente, un golpe fuerte en la puerta. ¡Órale! Me enderecé rápido, acomodándome la falda corta. Abrí y ahí estaba Raúl, mi vecino del depa de al lado, güey grandote con cara de fanático empedernido. Llevaba una playera del Tri toda gastada y shorts de fútbol.
—Oye, carnala, ¿tú también estás viendo el partido? ¡Sube el volumen, no se oye ni madres desde acá! —me dijo con esa voz ronca que siempre me erizaba la piel.
Raúl y yo nos conocíamos de vista, saludos en el elevador, pláticas de futboleros casuales. Pero esa noche, con el Tri wallpaper todavía fresco en mi mente, lo vi diferente. Sus brazos tatuados, el bultito en sus shorts... Neta, mi cuerpo reaccionó solo.
—Pásale, pendejo, justo lo estaba poniendo —le mentí, guiñándolo un ojo. Lo hice entrar, cerré la puerta y subí el volumen de la tele. El estadio retumbaba, el narrador gritaba un ¡gooooool! fantasma de un replay. Nos sentamos en el sofá, cerquita, con chelas frías que saqué del refri.
El olor de su colonia barata mezclada con sudor me llegó directo al cerebro. Brindamos, chocando botellas, y su rodilla rozó la mía. Chispas. Hablamos de Chicharito, de Lozano, de cómo el Tri nos volvía locos. Yo le mostré mi cel:
—Mira, el Tri wallpaper que me tiene loca hoy. ¿No son una chulada?
Él se acercó tanto que sentí su aliento en mi cuello. —Neta, está chingón. Pero tú estás más buena que todos ellos juntos, wey.
Acto uno cerrado, el deseo ya ardía bajito, como brasa lista para avivarse.
El partido avanzaba, pero mi atención estaba en él. Cada vez que celebraba un pase, su muslo se pegaba al mío, duro y cálido. Yo me movía a propósito, dejando que mi falda subiera un poco, mostrando la piel morena de mis muslos. El aire se sentía espeso, cargado de algo más que el juego.
¿Y si le digo que me muero por sentirlo? No, despacio, deja que hierva.
Raúl giró la cabeza, sus ojos cafés clavados en los míos. —¿Sabes qué? Este wallpaper tuyo me recuerda cuando jugaba en la liga amateur. Sudando la gota gorda, con el cuerpo ardiendo. Su mano cayó casual en mi rodilla, y no la quité. Al contrario, la apreté con la mía.
—Cuéntame más, carnal. ¿Cómo te sentías? —le susurré, mi voz ya ronca. Él empezó a hablar, pero su mano subía despacio, trazando círculos en mi piel. El sonido del partido se volvió fondo, solo oía su respiración pesada, el latido de mi corazón retumbando en los oídos.
Me volteé, nuestros rostros a centímetros. Olía a cerveza y a hombre, ese aroma terroso que me humedecía al instante. Lo besé primero, suave, probando sus labios carnosos. Él respondió con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a sal y deseo. Sus manos grandes me agarraron la cintura, jalándome a su regazo.
—Pinche delicia —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo gemí bajito, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha a través de la ropa. La fricción era deliciosa, lenta, como un gol en cámara lenta.
Nos quitamos la ropa con urgencia controlada. Su playera voló, revelando un pecho velludo y marcado por horas de gym. Yo me quité la blusa, dejando mis chichis libres, pezones duros como piedras. Él los lamió, succionó, el sonido húmedo mezclándose con el ¡gol! de la tele. Mi mano bajó a sus shorts, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, sintiendo el calor, el pulso acelerado.
—Te la chupo, ¿va? —le dije, bajando de rodillas entre sus piernas. El suelo fresco contra mis rodillas, su sabor salado en la lengua cuando lo metí en mi boca. Lo chupé despacio al principio, saboreando cada vena, luego más rápido, oyendo sus gemidos roncos: ¡Ay, wey, qué rico! Mi saliva corría, el olor a sexo llenando el aire.
Pero no lo dejé acabar. Me levanté, lo empujé al sofá y me senté encima, guiando su verga a mi entrada húmeda. Entró de una, llenándome hasta el fondo. ¡Chin! El estirón delicioso, mis paredes apretándolo. Empecé a moverme, cabalgándolo, mis chichis rebotando. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, dando nalgadas suaves que resonaban como tambores.
El wallpaper en mi cel brillaba en la mesa, testigo mudo de nuestra pasión tri-color. Sudábamos, pegajosos, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Gemidos, jadeos, la tele gritando un penal. La tensión subía, mis músculos internos apretándolo más, su verga hinchándose dentro.
Acto dos en su pico, el clímax asomando.
—¡Me vengo, carnala! —gruñó Raúl, sus caderas embistiéndome desde abajo con fuerza brutal. Yo aceleré, frotando mi clítoris contra su pubis, ondas de placer subiendo por mi espina.
Explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, pulsos y pulsos, mientras mi orgasmo me sacudía como terremoto, visión borrosa, grito ahogado en su hombro. Mordí su piel, saboreando sal, temblando entera. Nos quedamos pegados, jadeando, el sudor chorreando entre nosotros.
Despacio, me aparté, su verga saliendo con un pop húmedo, semen escurriendo por mis muslos. Nos reímos, exhaustos, felices. Limpiamos con toallas del baño, el agua tibia calmando la piel enrojecida.
Volvimos al sofá, desnudos, chelas tibias en mano. El partido había acabado, México ganó en el replay. Raúl me abrazó, su cabeza en mis chichis.
—Neta, ese wallpaper tuyo fue el verdadero MVP —dijo riendo.
Yo sonreí, besando su frente.
Quién iba a decir que unos pixeles verdes me traerían esto. Pinche vida chida.
La noche se extendió en caricias perezosas, promesas de más partidos juntos. El deseo no se apagó del todo, solo se transformó en algo cálido, duradero. Afuera, la ciudad dormía, pero en mi depa, el fuego del Tri ardía eterno.