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Las Botas Tri que Encienden el Fuego

6293 palabras

Las Botas Tri que Encienden el Fuego

Era una noche calurosa en la Condesa, de esas que te hacen sudar hasta el alma. Me miré en el espejo de cuerpo entero de mi depa, ajustándome las botas tri que acababa de comprar en una tiendita chida de la Roma. Eran de cuero negro brillante, altas hasta las rodillas, con un tacón que me hacía sentir como diosa del deseo. "Neta, estas botas tri van a romperla esta noche", me dije, mientras el aroma del cuero nuevo me invadía las fosas nasales, mezclado con mi perfume de vainilla y jazmín.

Salí a la terraza con una faldita corta de jean que apenas cubría mis muslos y un top escotado que dejaba ver justo lo suficiente. Mi carnal, no, mi wey, Javier, ya estaba ahí con unas chelas frías esperándome. Sus ojos se clavaron en mis piernas en cuanto me vio.

"Órale, mami, ¿qué pedo con esas botas? Estás para comerte viva",
soltó con esa voz ronca que me eriza la piel. Me acerqué, sintiendo el roce del tacón contra el piso de madera, un clic-clac que resonaba como un latido acelerado.

Pero la cosa se puso interesante cuando sonó el timbre. Era Lupe, mi compa de toda la vida, la que siempre anda con esa vibra libre y sensual. La invité porque neta, las tres nos llevamos chido y últimamente las pláticas se ponían subidas de tono. Ella entró con un vestido rojo fuego que se pegaba a sus curvas como segunda piel, oliendo a coco y deseo.

"¡No mames, esas botas tri te quedan de poca madre!",
exclamó, tocándome la pantorrilla con las yemas de sus dedos. El contacto fue eléctrico, un cosquilleo que subió directo a mi entrepierna.

Nos sentamos en la terraza, con las luces de la ciudad parpadeando abajo. Las chelas corrían, las risas fluían y el aire se cargaba de tensión. Javier no quitaba la vista de mis botas, y Lupe empezó a contarnos de su última aventura, con detalles que nos dejaron la boca seca. Sentí mi pulso acelerarse, el calor entre mis piernas creciendo como una ola. ¿Y si...? pensé, mordiéndome el labio.

La noche avanzaba y el alcohol nos soltó las riendas. Javier se acercó primero, su mano grande rodeando mi tobillo, acariciando el cuero de las botas tri.

"Estas botas me traen loco, nena. Quiero sentirlas contra mí",
murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Lupe nos miró con ojos brillantes.
"¿Puedo unirme? Neta, se ven tan sexys que me dan ganas de todo".
Asentí, el corazón retumbándome en el pecho. Era consensual, puro fuego mutuo, nada forzado. Todos queríamos esto.

Entramos al cuarto, la luz tenue del foco de lava pintando sombras en las paredes. Javier me besó con hambre, su lengua explorando mi boca mientras Lupe se arrodillaba, besando el borde de mis botas tri. El sonido de sus labios contra el cuero era hipnótico, un beso-beso húmedo que me hacía gemir bajito. Sentí su lengua lamiendo la costura, el sabor salado del cuero mezclándose con su saliva. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi cuerpo se arqueaba.

Javier me quitó el top de un jalón, sus manos ásperas masajeando mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Olía a su colonia varonil, a sudor fresco y excitación. Lupe subió por mi muslo, su aliento caliente filtrándose bajo la falda.

"Estás empapada, carnala",
susurró, y metió la mano, rozando mi clítoris con dedos expertos. Grité bajito, el placer como un rayo.

Me recosté en la cama king size, las botas tri todavía puestas, relucientes bajo la luz. Javier se desnudó, su verga parada y gruesa, latiendo con anticipación. Lupe lo tomó en su boca primero, chupándolo con un slurp que llenó la habitación, mientras yo observaba, tocándome despacito. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, almizcle y humedad. No mames, esto es el paraíso, me dije, el deseo quemándome por dentro.

La tensión subía como la marea. Javier se colocó entre mis piernas, frotando su pija contra el cuero de las botas tri, gimiendo como loco.

"Pinche cuero, qué rico se siente",
gruñó. Lupe se subió a mi cara, su coño depilado y jugoso rozando mis labios. La probé, salada y dulce, lamiendo su clítoris mientras ella se mecía, sus tetas rebotando. El sabor era adictivo, como néctar prohibido. Mis botas presionaban los costados de Javier, el tacón hundiéndose en la cama, guiándolo hacia mí.

Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Ay, wey, qué grande estás, pensé, mientras mis paredes lo apretaban. Lupe gemía en mi boca, su jugo chorreándome la cara. El ritmo se aceleró: embestidas profundas de Javier, el plaf-plaf de piel contra piel, mis botas tri rozando sus caderas, dejando marcas rojas. Sudábamos todos, el olor a sexo intenso, a cuero mojado y piel caliente. Lupe se corrió primero, temblando sobre mí, gritando

"¡Sí, cabrona, no pares!"

Yo estaba al borde, el orgasmo construyéndose como tormenta. Javier me follaba más duro, sus bolas golpeando mi culo, mientras Lupe bajaba a lamer donde nos uníamos, su lengua en mi clítoris. Fue demasiado. Exploté, el placer rasgándome en oleadas, contrayéndome alrededor de él, gritando hasta quedarme ronca. Javier se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su semen goteando por mis botas tri.

Nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos enredados en sábanas revueltas. El aroma persistía: sexo, cuero, sudor satisfecho. Javier besó mis botas,

"Estas botas tri son mágicas, nena"
, y Lupe rio, acurrucándose contra mí. Qué pedo, esto fue épico, pensé, sintiendo una paz profunda, empoderada por haber tomado el control de mi placer.

La mañana llegó con sol filtrándose por las cortinas. Desayunamos tacos de barbacoa en la cocina, riendo de la noche, planeando la próxima. Las botas tri seguían ahí, testigos mudos de nuestra pasión. Me las puse de nuevo, sintiendo su poder. Estas botas no son solo zapatos, son el inicio de algo chingón. Javier y Lupe me miraron con deseo renovado. La tensión volvía a encenderse, pero esta vez, con la promesa de más.

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