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Tríada Palm Springs

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Tríada Palm Springs

Llegué a Palm Springs con el sol quemándome la piel como un amante impaciente. El aire olía a jazmín seco y piscina clorada, ese aroma que te envuelve y te hace sentir vivo, pendejo vivo. Carlos, mi carnal de años, manejaba el convertible con esa sonrisa pícara que me moja de solo verla. A su lado, Luisa, nuestra amiga de la uni, la que siempre ha sido el fuego en nuestras pláticas calientes. Habíamos planeado esto por meses: una tríada en Palm Springs, un fin de semana para romper reglas sin romper nada más que la ropa.

¿Y si no fluye? ¿Y si los celos nos joden todo?
pensé mientras el viento me revolvía el pelo. Pero neta, el deseo ya me picaba entre las piernas, un cosquilleo que no se iba ni con el AC a todo.

Nos checamos en el resort Tríada Palm Springs, un paraíso de palmeras altas y piscinas infinitas que parecen fundirse con el desierto. La recepcionista, una morra güera con tetas que desafiaban la gravedad, nos dio las llaves con una guiñada. Órale, esto pintaba chido. Nuestra suite tenía jacuzzi privado, cama king size y vistas al Coachella Valley que te cortan el aliento. Carlos dejó las maletas y ya estaba sirviendo margaritas del minibar, el hielo tintineando como promesas.

Salud por la tríada Palm Springs —brindó Luisa, su voz ronca rozándome los oídos. Llevaba un bikini rojo que apenas cubría sus curvas, las nalgas firmes asomando como fruta madura. Carlos la miró, luego a mí, y supe que el juego había empezado.

Nos lanzamos a la piscina privada. El agua estaba tibia, como piel mojada, y chapoteábamos como chavos, salpicándonos. Luisa se acercó nadando, su cuerpo rozando el mío bajo el agua. Sentí sus pezones duros contra mi brazo, un roce eléctrico que me erizó la piel. Carlos nos observaba desde el borde, su short de baño tenso por la verga que ya se despertaba.

Subimos al borde, secándonos con toallas suaves que olían a lavanda. El sol nos doraba, el sudor perlando nuestras pieles. Luisa untó aceite en mis hombros, sus manos firmes masajeando, bajando despacio por mi espalda. Qué rico, pensé, el aroma del coco invadiéndome las fosas nasales. Carlos se unió, sus dedos grandes en mis muslos, abriéndose camino hacia adentro.

No pares, cabrón, me muero por esto.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Besos robados: labios de Luisa suaves y dulces como tamarindo, lengua de Carlos áspera y demandante. Nos reímos nerviosos, pero el pulso nos latía en las sienes, en la ingle. Volvimos a la suite, el piso de mármol fresco bajo pies húmedos.

En la habitación, la luz del atardecer teñía todo de naranja, como fuego lento. Luisa me quitó el bikini, sus uñas rozando mis pezones, endureciéndolos al instante. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Carlos nos veía, pajeadándose despacio, la verga gruesa palpitando. Ven aquí, wey, le dije con la mirada.

Nos tumbamos en la cama king, sábanas de algodón egipcio crujiendo. Luisa besaba mi cuello, chupando suave, dejando marcas que dolían rico. Sus manos bajaron a mi concha, dedos expertas abriendo labios hinchados, el jugo chorreando. Estás empapada, morra, murmuró, y metió dos dedos, curvándolos justo ahí, en el punto que me hace arquear.

Yo agarré la verga de Carlos, dura como fierro caliente, venosa y lista. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como animal. Luisa se montó en mi cara, su concha depilada rozándome los labios, olor a excitación pura, almizclado y dulce. La chupé con hambre, lengua plana lamiendo clítoris, succionando como si fuera mi última comida. Ella se mecía, tetas rebotando, gemidos altos que llenaban la habitación.

El calor subía, cuerpos sudados pegándose, resbalosos. Carlos se posicionó detrás de Luisa, escupiendo en su mano para lubricar. La penetró despacio, centímetro a centímetro, ella jadeando en mi boca. Sí, así, métela toda, rogó. Yo sentía cada embestida a través de su cuerpo temblando sobre mí.

Esto es el paraíso, la tríada Palm Springs hecha carne.

Cambiamos posiciones como en un baile erótico. Carlos me tumbó boca abajo, almohada bajo caderas, y me entró por atrás, profundo, golpeando mi culo con cada thrust. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con mis gritos ahogados. Luisa debajo de mí, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y en sus huevos. El placer era overload, nervios en llamas, visión borrosa.

Me vengo, weyos —avisó Carlos, voz quebrada. Se corrió dentro, caliente chorros llenándome, goteando. Luisa y yo lo ordeñamos con bocas, saboreando el semen mezclado con mis jugos, salado y espeso.

Pero no paramos. Luisa se abrió de piernas, invitándonos. Yo me senté en su cara mientras Carlos la follaba misionero, yo besándolo sobre ella. Sus lenguas en mi concha, su verga en la de ella—un circuito de placer infinito. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, el desierto filtrándose por la ventana abierta.

La intensidad escaló. Mis orgasmos venían en olas: primero uno chiquito, cosquilleo en el vientre; luego el grande, cuerpo convulsionando, gritando ¡órale, qué chingón!, squirt salpicando sábanas. Luisa se vino temblando, uñas clavadas en mi piel, marcas rojas que arderían mañana. Carlos, recuperado, nos dio otra ronda, turnándonos.

Al final, exhaustos, colapsamos en un enredo de miembros. El jacuzzi nos esperaba, burbujas masajeando músculos adoloridos. Agua caliente lamiendo pieles sensibles, besos perezosos. Afuera, la noche caía sobre Palm Springs, estrellas como testigos mudos.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, romper barreras, sentirnos invencibles.

Luisa se acurrucó en mi pecho, Carlos rodeándonos. Hablamos en susurros, riendo de tonterías, planeando más tríadas. El deseo se había liberado, dejando paz, un glow que duraría días. Palm Springs nos había regalado esto: no solo sol y palmeras, sino una tríada que nos cambió para siempre.

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