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Probando lo Regular o Irregular

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Probando lo Regular o Irregular

La noche en el bar de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva. Tú, Marco, un tipo de treinta años con esa sonrisa pícara que derrite a cualquiera, estabas sentado en la barra, con una cerveza fría en la mano. El olor a tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume dulce de las mujeres que bailaban al ritmo de cumbia rebajada. De repente, la viste: Ana, con su falda ajustada que marcaba sus curvas perfectas, el cabello negro suelto cayendo como cascada sobre sus hombros morenos. Sus ojos te atraparon, oscuros y juguetones, como si ya supiera lo que ibas a proponer.

Qué chingona está esta morra, pensaste, mientras te acercabas. Ella te miró de arriba abajo, lamiéndose los labios sutilmente, y tú sentiste un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a tu entrepierna.

¿Qué onda, guapo? ¿Vienes a bailar o nomás a ver? —te dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, llena de ese acento chilango que enciende fuegos.

Charlaron un rato, riendo de pendejadas, bebiendo shots de tequila que quemaban la garganta y avivaban el deseo. Sus manos se rozaron accidentalmente sobre la barra, y el toque fue eléctrico: piel cálida, suave como seda.

Quiero llevármela ya, neta, esta noche va a ser épica
, te dijiste. Ella propuso ir a su depa en la Roma, y no lo pensaste dos veces.

En el taxi, el deseo ya hervía. Sus muslos se apretaban contra los tuyos, y el aroma de su perfume —jazmín y algo más salvaje, como almizcle— te volvía loco. Le besaste el cuello, saboreando la sal de su piel, y ella gimió bajito, "Ay, wey, no pares".

Acto primero: la chispa inicial. Llegaron al depa, un lugar chido con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo. Se besaron como posesos en la puerta, lenguas danzando, manos explorando. Tú levantaste su blusa, besando sus pechos firmes, los pezones endureciéndose bajo tu lengua húmeda. Ella jadeaba, "Qué rico, papi, sigue así". La acostaste en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Empezaron suave, lo regular: misionero clásico, tú encima, entrando lento en su calor húmedo. Su panocha te apretaba como guante, resbaladiza de jugos, y el sonido de carne contra carne era hipnótico: plaf, plaf, rítmico como tambores.

Pero Ana no era de las que se conforman. Mientras te movías en ese vaivén constante, sus uñas se clavaron en tu espalda, dejando surcos ardientes.

Esto está chido, pero quiero más, algo que me haga gritar de verdad
, pensaste tú también, sintiendo cómo tu verga palpitaba dentro de ella, el olor a sexo llenando la habitación —sudor, lubricación natural, deseo puro.

El medio acto escaló. Después de un orgasmo mutuo en lo regular —ella arqueándose, gritando "¡Me vengo, cabrón!", tú derramándote en condón con un rugido gutural—, se quedaron jadeando, cuerpos entrelazados, piel pegajosa. Ella te miró con ojos brillantes, mordiéndose el labio inferior, hinchado de besos.

Oye, Marco, ¿y si probamos lo regular o irregular? ¿Qué dices, wey? Lo irregular me prende cañón —susurró, su mano bajando a acariciar tu culo, dedos juguetones rozando tu entrada.

Tú sonreíste, el corazón latiéndote como tambor. Lo irregular: eso significa su culito apretado, algo que siempre ha sido tabú pero que anhelamos los dos. Le dijiste que sí con un beso profundo, saboreando su boca que aún sabía a tequila y a ti. Se levantó, gateó sexy sobre la cama, ofreciéndote su trasero redondo, perfecto, brillando bajo la luz ámbar. El olor de su excitación era más intenso ahora, almizclado, invitador. Sacaste lubricante de vainilla de su cajón —ella iba preparada, empoderada en su deseo— y lo untaste generosamente. Tus dedos exploraron primero, uno, luego dos, sintiendo cómo se relajaba, gimiendo "Sí, despacito, qué chido se siente".

La tensión crecía: cada roce era fuego. Entraste lento, centímetro a centímetro, su calor apretado envolviéndote como nunca. "¡Ay, pendejo, qué grande estás!" —rió ella, pero era placer puro, sus caderas empujando hacia atrás. Empezaste con ritmo irregular: embestidas profundas y pausadas, luego rápidas y salvajes, alternando para volverla loca. El sonido era obsceno: chup chup del lube, sus gemidos roncos mezclados con tus gruñidos. Tocabas su clítoris al mismo tiempo, sintiendo su pulso acelerado bajo tus dedos, su piel erizada de goosebumps. Olías su cabello sudoroso, probabas el sudor de su espalda lamiéndolo como néctar salado.

Internamente, luchabas:

Esto es intenso, wey, no quiero lastimarla, pero neta que su culo me tiene poseído
. Ella, en su mente, Me siento poderosa, controlando el placer, probando lo irregular con este hombre que me entiende. Pequeñas resoluciones: pausas para besos, risas compartidas —"¿Ves? Lo regular es chido, pero irregular es la neta"—, building la intensidad psicológica. Sus paredes te ordeñaban, tu verga hinchada al límite, pulsos sincronizados con su respiración agitada.

El clímax del acto final llegó como avalancha. Ella se corrió primero, un grito primal "¡Me muero, Marco, no pares!", su cuerpo temblando, jugos chorreando por sus muslos. Tú la seguiste, explotando en lo profundo de su irregularidad, oleadas de placer cegador, visión borrosa, oídos zumbando con su nombre. Colapsaron juntos, exhaustos, risueños. El afterglow era perfecto: caricias perezosas, pieles enfriándose, el aroma de sexo persistiendo como trofeo.

Ana se acurrucó en tu pecho, su cabeza oliendo a shampoo de coco. "Gracias por probar lo regular o irregular conmigo, amor. Fue épico", murmuró. Tú la besaste la frente, sintiendo paz profunda.

Esta morra es lo máximo, neta que quiero más noches así
. Durmieron entrelazados, el corazón latiendo en unisono, con la promesa de más experimentos. La luna se colaba por la ventana, testigo de su conexión total: física, emocional, mexicana hasta el alma.

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