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Imágenes del Tri que Despiertan el Fuego

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Imágenes del Tri que Despiertan el Fuego

Estaba sola en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando perezosamente contra el calor de la tarde mexicana. El sol se colaba por las cortinas entreabiertas, pintando rayas doradas en la pantalla de mi celular. Imágenes del Tri, eso era lo que buscaba. No las típicas de los partidos, no, esas que los fans suben a las redes, los jugadores sudados, camisetas pegadas al torso marcado, músculos tensos bajo las luces del estadio. Neta, cada foto me aceleraba el pulso. Ese delantero con la mirada fiera, el portero con el cuerpo esculpido como dios azteca. Mi mano se deslizó distraída por mi blusa, rozando la piel caliente de mi pecho.

¿Por qué carajos me pongo así con esto? Solo son imágenes del Tri, güey. Pero joder, ese sudor brillante, las venas hinchadas en los brazos... me imagino oliendo a ellos, ese aroma a hombre, a esfuerzo, a victoria.

Me recosté en el sofá, las piernas abiertas un poco más de lo necesario. El aire acondicionado no jalaba bien y mi short de mezclilla se sentía áspero contra mis muslos. Deslicé los dedos más abajo, presionando sobre la tela que ya se humedecía. Un gemido suave escapó de mis labios, imaginando que era uno de ellos, el capitán quizás, con su barba recortada y esa sonrisa pícara post-gol. El sonido de mi respiración se mezclaba con el tráfico lejano de la avenida Ámsterdam. Pero no era suficiente. Necesitaba algo real, carne de verdad, no solo pixeles.

Me levanté de un salto, el corazón latiéndome como tambor de mariachi. "Hoy salgo", me dije, mirándome en el espejo del baño. Ojos cafés encendidos, labios carnosos pidiendo beso. Me puse un vestido negro ajustado, sin bra, que marcaba mis curvas como segunda piel. El perfume, un toque de vainilla y jazmín, para enloquecer narices. Bajé al bar de la esquina, El Azteca, donde siempre pasan los partidos del Tri. La noche estaba viva, luces neón parpadeando, risas y chelas chocando.

Ahí estaba él, sentado en la barra, con una cerveza en la mano y los ojos fijos en la tele donde repetían jugadas del último amistoso. Alto, moreno, con una camiseta del Tri que le abrazaba los hombros anchos. Se veía como salido de esas imágenes del Tri que me tenían loca. Pelo revuelto, barba de tres días, y un tatuaje asomando por la manga. Me acerqué, el corazón en la garganta.

¿Qué onda, carnal? ¿A poco no te late el Tri? le solté, sentándome a su lado con una sonrisa coqueta.

Se giró, y sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que se marcaban bajo la tela fina. —Neta, me late hasta el cansancio. ¿Y tú, morra? ¿Vienes a ver o a distraer? Su voz era grave, como ronroneo de jaguar.

Pedí una chela helada, el vidrio empañado contra mi palma sudada. Hablamos de goles, de Chicharito, de cómo el Tri nos hace vibrar. Cada risa suya me rozaba la piel como aliento caliente. Su rodilla tocó la mía "por accidente", pero no se movió. El bar olía a limón, tequila y hombres calientes. La tele gritaba un highlight, el estadio rugiendo, y yo sentía el pulso entre mis piernas sincronizado con el balón.

Este pendejo me va a volver loca. Siento su calor, tan cerca. Quiero lamer ese sudor de su cuello, probarlo.

La tensión crecía como tormenta de verano. Su mano rozó mi muslo al inclinarse por las papas, y no la quité. Al contrario, apreté un poco, invitando. —¿Quieres ir a un lugar más chido? murmuró al oído, su aliento con sabor a cerveza y menta. Asentí, la boca seca, el cuerpo ardiendo.

Salimos al coche, un Tsuru viejo pero limpio, con olor a cuero nuevo. En el camino a su depa en Roma Norte, su mano subió por mi pierna, dedos firmes abriendo el vestido. Gemí bajito cuando tocó mi tanga empapada. —Estás mojada como estadio en lluvia, morrita. Aparcó rápido, y subimos las escaleras tropezando, besándonos como hambrientos. Sus labios gruesos devoraban los míos, lengua invadiendo, saboreando mi gloss de fresa. Olía a colonia barata y macho puro.

Adentro, luces tenues, posters del Tri en las paredes. Me empujó contra la puerta, manos arrancando el vestido. Quedé en tanga, pechos libres, pezones duros como piedras. Él se quitó la camiseta, revelando abdomen marcado, vello oscuro bajando al ombligo. —Eres una chingona, gruñó, chupando mi cuello, mordisqueando suave. Sus manos amasaban mis nalgas, apretando carne suave.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, oliendo a deseo puro. —Qué rica, cabrón, le dije, lamiendo la punta, salada y caliente. Él jadeó, dedos enredados en mi pelo, guiándome sin forzar.

Su sabor, joder, como sal de mar y victoria. Quiero todo de él, ahora.

Me puso encima, su boca en mis tetas, succionando fuerte, dientes rozando. Gemí alto, caderas moliendo contra su abdomen. Bajó la cabeza, lengua hurgando mi clítoris hinchado. El placer era eléctrico, chispas subiendo por mi espina. Lamía lento, luego rápido, dedos entrando, curvándose en mi punto G. —¡Sí, así, pinche rico! grité, uñas clavadas en sus hombros. El cuarto olía a sexo, a jugos míos en su barba.

La intensidad subía, mi cuerpo temblando al borde. Pero quería más. Lo volteé, montándolo despacio. Su verga me llenó, estirándome delicioso, paredes apretando. Cabalgaba fuerte, pechos rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él embestía arriba, manos en mis caderas, gruñendo mi nombre —Ana, Ana—. Olas de placer, sonidos de piel chocando, húmedos y obscenos.

El clímax llegó como gol en tiempo agregado. Me corrí primero, contrayéndome alrededor de él, grito ahogado en su boca. Él siguió, caliente dentro, llenándome con espasmos. Colapsamos, pegados, respiraciones entrecortadas. Su piel salada contra mi lengua cuando lo besé en el pecho.

Después, en la calma, fumamos un cigarro en la ventana, ciudad brillando abajo. —¿Ves esas imágenes del Tri en la pared? Me inspiran, como tú. Reí, acurrucada en su brazo fuerte. El fuego no se apagó, solo esperó la próxima jugada. Neta, el Tri no solo gana en la cancha.

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