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El Trío Anal Ardiente (1)

6547 palabras

El Trío Anal Ardiente

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminábamos por la playa al atardecer. Yo, Sofia, de treinta años, con mi cuerpo bronceado y curvas que Diego no se cansaba de manosear, iba tomada de su brazo. Diego, mi novio desde la uni, era un morro alto y atlético, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Habíamos llegado esa mañana para unas vacaciones chidas, solo nosotros dos, pero en la fiesta de la noche anterior conocimos a Carla, una culona preciosa de Guadalajara, con ojos verdes y tetas que pedían ser chupadas.

¿Qué pedo si la invito a un trío? pensé mientras el sol se hundía en el mar, tiñendo todo de naranja. Diego me había confesado sus fantasías sucias semanas antes, y neta, a mí me picaba la curiosidad. Carla era pura vibra, coqueta sin ser mamona, y la química entre los tres había sido explosiva en la pista de baile, con roces que prometían más.

—Órale, Sofi, ¿vamos por unas chelas al chiringuito? —dijo Diego, su voz ronca rozándome el oído.

Asentí, el corazón latiéndome fuerte. Mandé un whatssap a Carla: "¿Vienes a la playa? Trae tu culo rico 😈". Minutos después, la vi llegar en bikini rojo, meneando las caderas como diosa. El olor a coco de su crema solar me invadió cuando nos abrazamos, sus pechos suaves presionando los míos.

Nos sentamos en la arena tibia, las olas rompiendo suaves, y las chelas frías bajando como agua bendita. Hablamos pendejadas, riendo, pero la tensión sexual era palpable. Diego me guiñaba el ojo, y Carla rozaba mi muslo con el pie "accidentalmente". Sentí mi panocha humedecerse, el calor subiendo por mi vientre.

—Neta, ustedes dos son puro fuego —dijo Carla, lamiéndose los labios—. Me dan ganas de... no sé, probar algo nuevo.

Ahí está, la invitación abierta
, pensé, el pulso acelerado. Diego me miró, y supe que era el momento.

Regresamos a nuestra suite en el resort, el aire acondicionado fresco contrastando con el bochorno de la noche. Apenas cerramos la puerta, Carla se pegó a mí, sus labios carnosos besando mi cuello. Olía a vainilla y deseo. Diego nos observaba, su verga ya dura marcando el short.

—Quiero un trío anal con ustedes —susurró Carla, su aliento caliente en mi oreja—. He soñado con eso toda la noche.

Mi cuerpo tembló. Era consensual, puro antojo mutuo. Diego se acercó, besándonos a las dos, sus manos grandes explorando. Me quité el vestido, quedando en tanga, mis pezones erectos bajo su mirada hambrienta. Carla gimió cuando Diego le bajó el bikini, exponiendo su culo perfecto, redondo y firme.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra la piel sudada. Empecé lamiendo los pechos de Carla, su sabor salado y dulce en mi lengua, mientras Diego nos masturbaba a las dos. Qué rico se siente esto, pensé, el roce de sus dedos en mi clítoris enviando chispas por mi espina.

La habitación se llenó de jadeos y el sonido húmedo de lenguas y dedos. Carla se arrodilló, chupando la verga de Diego con maestría, sus labios estirados alrededor del tronco grueso. Yo la veía, excitada, tocándome el culo, imaginando lo que vendría. Diego gruñó, "Cabrinas ricas, no paren".

El beso entre Carla y yo fue salvaje, lenguas enredadas, saboreando el precum de Diego. Bajamos juntas, lamiendo su verga como helado derretido, el olor almizclado de su excitación embriagándonos. Mi mano se coló entre las nalgas de Carla, un dedo lubricado con saliva rozando su ano apretado. Ella se arqueó, gimiendo en mi boca.

—Prepárame para el trío anal, Sofi —pidió, ojos vidriosos.

El lubricante frío chorreó sobre su culo, el sonido chapoteante rompiendo el silencio jadeante. Diego se posicionó detrás de ella primero, su verga palpitante presionando la entrada. Carla gritó de placer cuando entró despacio, pulgada a pulgada, su ano cediendo con un pop suave. Yo debajo, lamiendo su panocha empapada, sintiendo las embestidas a través de su cuerpo tembloroso.

Su culo se ve tan lleno, tan stretchado, pensé, mi propia entrada palpitando de envidia. Diego la follaba rítmico, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, el aroma a sexo crudo llenando el aire. Carla se corrió primero, chorros calientes en mi cara, su grito ronco: "¡Pinche sí, qué rico!".

Ahora me tocaba. Me puse a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Carla untó lubricante en mi ano, sus dedos girando, abriéndome como flor. Dos, tres dedos, el estiramiento ardiente pero delicioso. Diego salió de ella con un sonido succionante y se alineó conmigo. Sentí la presión, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis cuando su cabeza gruesa me penetró.

—¡Ay, wey, qué grande! —gemí, el dolor placeroso explotando.

Carla se acostó frente a mí, abriendo las piernas. Lamí su clítoris hinchado mientras Diego me taladraba el culo, cada embestida profunda mandando ondas de placer por mi cuerpo. El sudor nos unía, resbaloso; oía mi ano chapoteando alrededor de su verga, el slap-slap de bolas contra muslos. Ella metió dedos en mi panocha, frotando mi punto G, y el mundo se volvió blanco.

Intercambiamos posiciones en un torbellino febril. Carla montó a Diego reversa, su culo rebotando, mientras yo me sentaba en su cara, su lengua experta lamiendo mi ano dilatado. Esto es el paraíso, neta, pensé, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Diego nos follaba alternando, su stamina de semental infatigable.

El clímax llegó en cadena. Carla se convulsionó primero, su ano apretando la verga de Diego hasta ordeñarlo. Él rugió, llenándola de leche caliente que chorreó por sus nalgas. Yo, frotándome furiosa, exploté en un squirting que mojó las sábanas, el placer tan intenso que vi estrellas, el olor a semen y jugos mezclándose con el mar lejano.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose. Diego nos besó a las dos, sus labios salados. Carla acurrucada contra mí, su piel pegajosa y cálida.

—Pinche trío anal épico —murmuró ella, riendo bajito.

Yo sonreí, el cuerpo aún zumbando.

Esto nos cambió, nos unió más. Mañana repetimos, ¿verdad?
El amanecer entraba por la ventana, prometiendo más noches ardientes en esta playa mexicana. Diego me abrazó, y supe que habíamos encontrado nuestro fuego eterno.

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