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Try Out en Español

6827 palabras

Try Out en Español

Me llamo Valeria, tengo veintiocho años y vivo en la Condesa, ese barrio chido de la Ciudad de México donde todo huele a café recién molido y a jazmines en las tardes. Trabajo en una agencia de publicidad, pero mi vicio secreto son las noches locas con mi carnal, Diego, un morro de Guadalajara que conocí en un antro de Polanco. Él es alto, con esa piel morena que brilla bajo las luces neón, y unos ojos que te clavan como si ya supieran todos tus secretos. Llevábamos tres meses de puro desmadre, pero esa noche íbamos a probar algo nuevo: un try out en español.

Todo empezó en la cena. Estábamos en un restaurante taquería fusión, con el olor a carne asada flotando en el aire y el sonido de mariachis lejanos retumbando en las paredes. Diego me miró con esa sonrisa pícara, la que me hace mojarme sin que me toque.

—Oye, Vale, ¿y si hoy hacemos un try out en español? —me dijo, su voz grave como un ronroneo—. Quiero decirte todas las mamadas que se me ocurren, pero en tu idioma, pa’ que sientas el calor de verdad.
Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando. Él sabe algo de español por sus raíces tapatías, pero las palabras sucias las hemos evitado, jugándonoslo todo en inglés. Asentí, mordiéndome el labio, imaginando susurrados prohibidos en mi oreja.

Llegamos a mi depa caminando, el aire fresco de la noche rozando mi piel a través del vestido ligero de algodón. Mis tetas se marcaban con cada paso, y Diego no quitaba la vista. Adentro, el ambiente cambió: encendí velas de vainilla que llenaron el cuarto con un aroma dulce y pesado, como preludio de lo que vendría. Me quité los tacones, sintiendo el piso fresco bajo mis pies descalzos, y él me jaló hacia el sofá, sus manos grandes envolviendo mi cintura. El try out en español empezaba ya.

Estás bien rica, Valeria —murmuró él, probando las primeras palabras. Su aliento cálido contra mi cuello olía a tequila y menta, y un escalofrío me recorrió la espina. Le respondí con un gemido suave, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura como piedra envuelta en jeans. Lo besé, saboreando sus labios salados, la lengua danzando con la mía en un ritmo lento, jugoso. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos torpes de excitación. El tela cayó al suelo con un susurro suave, dejando mi piel expuesta al aire, pezones endurecidos por el roce fresco.

Me llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. El cuarto estaba tenuemente iluminado por la luna que se colaba por las cortinas, pintando sombras en sus músculos definidos.

—¿Te gusta cómo te miro, nena? —preguntó, su voz ronca—. Quiero comerte entera, lamerte hasta que grites mi nombre.
Cada palabra en español era un fuego nuevo; su acento norteño lo hacía sonar crudo, auténtico, como un ranchero cachondo. Me abrí de piernas, invitándolo, el calor entre mis muslos palpitando con anticipación. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. El olor de mi arousal llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclándose con su colonia amaderada.

Su lengua tocó mi clítoris primero, un roce eléctrico que me hizo arquear la espalda. ¡Órale! pensé, las uñas clavándose en las sábanas. Lamía con hambre, chupando suave luego fuerte, el sonido húmedo de su boca contra mi coño resonando como música sucia. —Dame más, Diego, no pares, pendejo —le rogué, mi voz temblorosa. Él levantó la vista, ojos brillando.

—Tu coño sabe a miel, Vale. Está chorreando pa’ mí.
Esas palabras me volaron la cabeza; el try out en español funcionaba de maravilla. Sentía cada lamida como una descarga, mis caderas moviéndose solas, el sudor perlando mi piel, goteando entre mis tetas.

Pero no quería acabar así. Lo empujé hacia arriba, quitándole la playera con urgencia. Su pecho ancho, cubierto de vello negro, olía a hombre puro, a esfuerzo y deseo. Besé sus pezones, mordisqueando suave, oyendo sus gruñidos bajos que vibraban en mi boca. Bajé a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor vivo, la piel sedosa sobre acero. —Quiero mamarla, carnal —le dije, y él jadeó. La introduje en mi boca, saboreando el precum salado, la cabeza hinchada rozando mi garganta. Chupé ritmado, lengua girando, manos masajeando sus huevos pesados. Sus gemidos eran poesía: ¡Qué chido, Vale! ¡Me vas a hacer venir!

La tensión crecía como tormenta. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas, el aire fresco besando mi entrada húmeda.

—Voy a cogerte duro, en español todo el rato —prometió—. ¿Estás lista pa’ mi verga?
—¡Sí, métemela ya! —grité, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se mezcló con plenitud, su grosor llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, piel contra piel en palmadas rítmicas, sudor goteando de su frente a mi espalda.

¡Qué padre se siente! Cada embestida mandaba ondas de placer por mi cuerpo, mis tetas balanceándose, pezones rozando las sábanas ásperas. Él se inclinaba para susurrar: Estás apretada como virgen, nena. Te voy a llenar de leche. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y animal. Mis paredes se contraían alrededor de él, el orgasmo acechando. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, el sonido obsceno amplificándose en el cuarto. Sentí el clímax venir, un tsunami: grité su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos chorreando por mis muslos.

Él no paró, prolongando mi éxtasis con thrusts profundos. Finalmente, rugió:

¡Me vengo, Vale! —y se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome, su verga pulsando como corazón desbocado.
Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, el aroma de nuestros fluidos mezclados flotando. Me giró para besarme, tierno ahora, labios suaves contra los míos hinchados.

En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, el cuarto aún vibraba con ecos de placer. Diego me acarició el cabello, riendo bajito. El try out en español había sido un éxito rotundo.¿Repetimos pronto, mi reina? —preguntó. Sonreí, saboreando el regusto salado en mi boca.

—Claro que sí, pero la próxima tú aprendes más groserías tapatías.
Cerré los ojos, el cuerpo pesado de satisfacción, sabiendo que esto solo era el principio de noches más calientes, más nuestras.

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