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Pasión Vibrante en la Harley Tri Glide

7758 palabras

Pasión Vibrante en la Harley Tri Glide

El sol de la tarde caía a plomo sobre el asfalto de la carretera que salía de la Ciudad de México rumbo a Valle de Bravo. Yo, Ana, sentía el calor subiendo por mis piernas enfundadas en jeans ajustados, mientras montaba mi Harley Tri Glide, esa chulada de tres ruedas que me hacía sentir como reina del camino. El motor rugía con ese brrrum grave y profundo que vibraba hasta mis entrañas, despertando un hormigueo que ya me tenía mojadita antes de arrancar. Marco, mi carnal de años, iba atrás de mí, sus manos fuertes aferradas a mi cintura, su pecho pegado a mi espalda. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, y cada bache hacía que su paquete se apretara contra mis nalgas.

¡Pinche moto, qué chingona eres! Cada vibración es como un dedo juguetón entre mis chichis.
Pensé, mordiéndome el labio mientras aceleraba. Marco me susurraba al oído por encima del viento: "Mamacita, no mames, ya se me para con este meneo". Su aliento caliente me erizaba la piel, y yo reía, echando la cabeza atrás para que el aire fresco me azotara la cara.

La carretera serpenteaba entre cerros verdes, el olor a pino y tierra húmeda invadiendo mis fosas nasales. Íbamos solos, sin prisas, disfrutando el viaje como en los viejos tiempos. Hacía meses que no salíamos así, entre el jale y la rutina, pero hoy era nuestro día. La Harley Tri Glide devoraba los kilómetros con facilidad, sus tres ruedas estables dándonos esa seguridad para juguetear sin miedo a caernos. Marco deslizaba una mano por mi muslo, subiendo despacio hasta el borde de mis shorts. "¿Ya estás lista para mí, reina?", me dijo, su voz ronca compitiendo con el motor.

Yo frené en una curva con vista al lago, el agua brillando como un espejo bajo el sol poniente. Apagué la moto y el silencio repentino fue como un beso. Bajamos, mis piernas temblorosas por las vibraciones acumuladas. Marco me jaló contra él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a cerveza tibia y a deseo puro. Sus manos me amasaban las tetas por encima de la blusa, y yo gemí contra su boca, sintiendo sus dedos pellizcando mis pezones duros como piedras.

Acto de introducción: la chispa. Ahí estábamos, solos en el mundo, con la Harley Tri Glide como testigo muda de nuestra calentura.

Nos sentamos en una banca de madera junto al mirador, el viento trayendo el aroma salobre del lago. Marco me cargó a horcajadas sobre sus piernas, mis jeans rozando su erección tiesa. "Quítate eso, pendejita sexy", ordenó juguetón, y yo obedecí, desabrochándome la blusa con dedos torpes. Mis chichis saltaron libres, blancas contra el bronceado de mi piel, y él las devoró con la boca, chupando un pezón mientras masajeaba el otro. El sol nos calentaba la piel, el sonido de las aves lejanas mezclándose con mis jadeos. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce que me traicionaba.

Yo bajé la mano a su bragueta, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi palma. "¡Qué chingón estás, carnal!", le dije, acariciándola de arriba abajo, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Él gruñó, metiendo la mano en mis pantalones, sus dedos gruesos encontrando mi clítoris hinchado. Me frotaba en círculos lentos, haciendo que mis caderas se movieran solas, el roce de la tela contra mi carne sensible volviéndome loca.

Esto apenas empieza, pero ya quiero que me rompa en dos.
Mi mente gritaba mientras el deseo crecía como una ola.

Nos levantamos, medio vestidos, y caminamos al borde del agua, donde la hierba era suave bajo nuestros pies. Marco me tumbó de espaldas, quitándome los jeans con urgencia. El aire fresco lamía mi coño expuesto, mojado y abierto para él. Se arrodilló entre mis piernas, su lengua trazando un camino ardiente desde mi ombligo hasta mi entrada. Lamía despacio, saboreándome como si fuera miel, el sonido húmedo de su boca contra mi carne haciendo eco en mis oídos. Yo enredé los dedos en su pelo, empujándolo más profundo, mis muslos temblando por el placer que subía en espiral.

Pero no quería correrme todavía. Lo jalé arriba, volteándolo para montarlo. Su verga se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité, el estiramiento delicioso, mis paredes apretándolo como un guante. Empecé a cabalgar, mis caderas girando en círculos, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos. El sol teñía todo de naranja, el sudor perlando nuestros cuerpos, su olor salado invadiendo mis sentidos.

La tensión subía, mis pezones rozando su pecho velludo, cada embestida mandando chispas por mi espina. Marco me agarraba las nalgas, guiándome más rápido, sus bolas golpeando mi culo. "¡Más duro, mamacita! ¡Dame todo!", rugía, y yo obedecía, sintiendo el orgasmo acechando como un trueno.

Escalada en el medio: el fuego avivado. Ahí, en la hierba, con el lago testigo, nos perdimos en el ritmo primitivo.

Pero queríamos más. Recordé la Harley Tri Glide, esa bestia que nos había traído hasta aquí. "Vamos a la moto", le dije, jadeante, y él sonrió pillo. Corrimos desnudos, riendo como chavos, el viento secando nuestro sudor. Me subí al asiento delantero, de lado, abriendo las piernas. Marco se paró frente a mí, su verga apuntando como una lanza. Me penetró de nuevo, esta vez con la moto como cama improvisada. El cuero del asiento era cálido y pegajoso bajo mis nalgas, las vibraciones residuales del motor aún zumbando en mis huesos.

Él empujaba profundo, mis tetas rebotando con cada estocada, el manubrio frío contra mi espalda. Olía a gasolina, cuero y sexo, una mezcla embriagadora. Mis uñas se clavaban en sus hombros, dejando marcas rojas, mientras su boca capturaba la mía en besos salvajes. Sentía su pulso acelerado contra mi pecho, su respiración entrecortada en mi oído. "Te amo, putita mía", murmuró, y esas palabras me derritieron.

La intensidad crecía, mis músculos tensándose, el placer acumulándose en mi vientre como una tormenta. Cambiamos: yo de rodillas en el asiento, él atrás, embistiéndome como un animal. Sus manos en mis caderas, jalándome contra su pelvis, su verga golpeando mi punto G sin piedad. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos guturales, el crujir del cuero. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente como lava.

No aguanto más... ¡Ven conmigo!
Grité en mi cabeza, el mundo reduciéndose a esa fricción exquisita.

El clímax nos golpeó como un rayo. Yo exploté primero, mi coño convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Marco me siguió, gruñendo como un lobo, llenándome con su leche caliente, pulsación tras pulsación. Colapsamos sobre la Harley Tri Glide, exhaustos, nuestros cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono.

El sol se hundía en el lago, tiñendo el cielo de púrpura. Nos quedamos ahí, besándonos suaves, el afterglow envolviéndonos como una manta tibia. El aire fresco secaba nuestro sudor, el olor a sexo persistiendo dulce. Marco me acariciaba el pelo, susurrando "Eres lo máximo, mi vida". Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, el deseo saciado pero con promesa de más.

Clímax y cierre: la liberación plena. Montamos de nuevo, rumbo al hotel, la Harley Tri Glide ronroneando satisfecha bajo nosotros. Esa noche, y muchas más, recordaríamos este viaje como el más chido de todos.

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