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Diez Palabras con Tra Tre Tri Tro Tru Desnudas

6642 palabras

Diez Palabras con Tra Tre Tri Tro Tru Desnudas

Imagina que estás en una terraza con vista al mar en Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñendo todo de naranja y rosa. El aire huele a sal y a coco de las bebidas que fluyen sin parar. Tú, con tu camisa guayabera floja, sudando un poquito por el calor húmedo, ves a ella. Se llama Ximena, una morra de curvas que quitan el hipo, con el pelo negro suelto y un vestido rojo que se pega a su piel como una promesa. Te mira con ojos que brillan como el tequila en un shot, y te dice con voz ronca: "Órale, wey, ¿juegas conmigo a algo chido?"

Te acercas, el corazón latiéndote fuerte en el pecho, sintiendo el pulso en las sienes. Ella se recarga en la barandilla, su perfume de jazmín y vainilla invadiendo tus fosas nasales. "Diez palabras con tra tre tri tro tru", susurra, mordiéndose el labio inferior. "Las que digas primero, las uso en tu cuerpo. Si no las sabes, yo elijo cómo tocarte. ¿Te animas, carnal?" Su aliento cálido roza tu oreja, y sientes un escalofrío bajarte por la espalda, directo al bulto que ya se despierta en tus shorts.

Aceptas, neta, ¿quién no? El juego empieza suave. "Tratar", dices tú primero, y ella repite la palabra mientras su mano sube por tu brazo, trazando la vena con la uña pintada de rojo. Su piel es suave como el mango maduro, tibia bajo tus dedos cuando la tocas de vuelta. "Trébol", responde ella, guiando tu palma a su cintura, donde sientes el latido de su corazón acelerado. El sonido de las olas rompiendo abajo se mezcla con su risa baja, juguetona. "Qué padre, sigue".

La tensión crece con cada palabra. "Triángulo", pronuncias, imaginando el de su escote perfecto, y ella te besa el cuello, su lengua dejando un rastro húmedo que sabe a ron y limón. El sabor te explota en la boca cuando respondes el beso, profundo, con sus labios carnosos apretándose contra los tuyos. Sientes su pecho subiendo y bajando contra el tuyo, los pezones endurecidos rozando a través de la tela fina. "Trote", dice ella jadeando, y te empuja contra la pared de la terraza, sus caderas girando lento, frotándose contra tu erección creciente. El roce es eléctrico, como chispas en la piel mojada por el sudor.

¡Pinche juego!, piensas. Cada sílaba es un fuego que me quema por dentro. Quiero arrancarle el vestido ya, pero aguanto, porque esto se siente demasiado chingón.

El viento del mar trae olor a yodo y a su excitación, ese aroma almizclado que te pone la verga dura como piedra. "Trueno", gruñes tú, y ella gime bajito, metiendo la mano por tu camisa, arañando tu pecho con uñas que dejan surcos rojos. "Trampa", contesta, y te besa el lóbulo de la oreja, chupándolo suave mientras su otra mano baja a tu entrepierna, apretando con justo la presión que te hace soltar un "¡ah, cabrona!". El mundo se reduce a su cuerpo pegado al tuyo, el calor de su concha caliente contra tu muslo cuando la alzas un poco.

Ya van seis palabras, y la terraza parece vacía, solo ustedes dos en ese rincón apartado. Ella te arrastra adentro de la suite que rentó, el piso de azulejos fríos contrastando con el fuego de sus cuerpos. "Tractor", dices entre besos, tirándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que huelen a lavanda fresca. Ella se quita el vestido de un jalón, quedando en tanga negra y nada más, sus tetas grandes y firmes botando libres. "Trucha", responde riendo, abriendo las piernas para ti, invitándote con los ojos nublados de deseo.

Te desnudas rápido, la verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando ya de anticipación. Ella la agarra, masturbándote lento, el sonido de su mano resbalosa por el pre-semen llenando la habitación. "Quinta palabra con tra tre tri tro tru", murmura, pero ya nadie cuenta. Te subes encima, besando su cuello salado, bajando a mamarle un pezón rosado, duro como una cereza. Ella arquea la espalda, gimiendo "¡Sí, wey, así!", sus uñas clavándose en tus hombros. El sabor de su piel es dulce, con un toque salado del sudor, y bajas más, lamiendo su ombligo, el hueso de la cadera.

La tensión es un nudo en tu estómago, en tus huevos pesados. Le quitas la tanga, oliendo su coño empapado, ese olor a mujer cachonda que te vuelve loco. "Lame", le ordenas juguetón, y ella obedece, separando los labios hinchados con los dedos. Tu lengua entra primero suave, saboreando el néctar ácido y dulce, chupando el clítoris que late como un corazoncito. Ella grita, las caderas temblando, "¡No mames, qué rico!". Metes dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que la hace retorcerse, el sonido chapoteante de su jugo mojando las sábanas.

Esto es mejor que cualquier playa o fiesta, piensas. Su cuerpo es mi mapa, y cada palabra perdida me lleva más profundo.

Se voltea, poniéndose a cuatro patas, el culo redondo y firme alzado como ofrenda. "Cógeme ya, pendejo", suplica con voz quebrada, y tú no esperas. La verga entra de un empujón, apretada y caliente, envolviéndote como terciopelo húmedo. El choque de piel contra piel resuena, plaf plaf plaf, mezclado con sus gemidos y tus gruñidos. Sientes cada vena de su coño masajeándote, el calor subiendo por tu columna. La agarras de las caderas, embistiéndola fuerte, viendo cómo sus tetas se mueven al ritmo.

El clímax se acerca como una ola gigante. Ella se voltea, queriendo verte la cara, y te monta. Sus muslos fuertes aprietan tus costados, subiendo y bajando, la verga desapareciendo en su profundidad. Sudor gotea de su frente al tu pecho, mezclándose. "¡Me vengo!", grita ella primero, el coño contrayéndose en espasmos que te ordeñan. Tú aguantas un segundo más, pero explotas dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un trueno en el cerebro.

Caen juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y temblorosos. Ella se acurruca en tu pecho, el corazón de ambos latiendo al unísono. El aire huele a sexo y mar, las sábanas revueltas testigos del desmadre. "Faltaban cuatro palabras con tra tre tri tro tru", bromea ella, besándote la barbilla. Tú ríes, acariciando su pelo. "Mañana jugamos la revancha, mi amor".

Duermen así, envueltos en el afterglow, con el rumor de las olas como arrullo. Al amanecer, el sol entra por la ventana, pintando sus cuerpos desnudos de oro. No hay prisa, solo paz y la promesa de más juegos, más palabras, más placer. Neta, la noche perfecta en Vallarta.

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