Montando la Bicicleta Tri
El sol de la Ciudad de México pegaba fuerte esa tarde en el Bosque de Chapultepec, pero neta valía la pena. Acababa de comprar mi nueva bicicleta tri, una chulada de carbono liviano, perfecta para entrenar triatlón. La sentía como una extensión de mi cuerpo mientras pedaleaba por el camino de ciclópista, el viento fresco rozándome las piernas bronceadas, el sudor comenzando a perlar mi piel bajo el spandex ajustado. Olía a pino y tierra húmeda, mezclado con ese aroma salado de mi propia excitación por la adrenalina del pedaleo.
Yo, Karla, 28 años, deportista de hueso colorado, siempre había soñado con competir en un triatlón. Pero hoy no pensaba en carreras; solo en soltar el estrés del trabajo en una agencia de publicidad. Mis muslos ardían con cada giro de los pedales, el sillín presionando justo donde dolía tan rico. Qué chido se siente esto, pensé, acelerando un poco más, el corazón latiéndome como tambor en el pecho.
De repente, un tipo en una bici igual de pro me dio alcance. Alto, moreno, con músculos definidos bajo su camiseta sin mangas, el cabello negro revuelto por el casco. Frenó a mi lado, sonriendo con dientes blancos y perfectos.
—Órale, güeyita, qué buena máquina traes. ¿Esa bicicleta tri es nueva? Se ve que la domas como diosa.Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la piel.
Le eché un vistazo rápido: piernas fuertes, paquete marcado en los shorts ciclistas. Neta, está bien bueno. Sonreí, jadeando un poco.
—Sí, carnal, la acabo de estrenar. ¿Y tú? Pareces pro.
Se llamaba Diego, 30 años, entrenador personal en un gym de Polanco. Charlamos mientras rodábamos lado a lado, el roce ocasional de nuestras llantas como un coqueteo sutil. Sudábamos a chorros, el olor a hombre mezclado con el mío, intenso, animal. Sentía mis pezones endureciéndose contra el bra deportivo, el calor subiendo no solo por el ejercicio.
Paramos en una banca junto al lago, quitándonos los cascos. El agua brillaba bajo el sol, patos graznando a lo lejos. Diego sacó una botella de electrolitos y me ofreció. Nuestros dedos se tocaron al pasarla, una chispa eléctrica que me hizo apretar los muslos. ¿Qué pedo con este wey? Me está poniendo caliente.
—Neta, Karla, tienes un culo que mata en esa bici. ¿Entrenas mucho?
Reí, juguetona. —Todos los días, pendejo. ¿Quieres ver de qué soy capaz?
La tensión crecía como una tormenta. Sus ojos devoraban mis curvas, yo imaginaba sus manos grandes explorándome. Terminamos la charla y volvimos a montar, pero ahora competíamos, riendo, gritándonos pendejadas. Mi bicicleta tri volaba, el viento azotándome la cara, el sudor chorreando entre mis senos.
Acto dos: la escalada
Al rato, exhaustos, paramos en un claro apartado, rodeado de árboles altos. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja. Diego se acercó, quitándose la camiseta. Su torso sudado brillaba, abdominales marcados, vello oscuro bajando al ombligo. Olía a testosterona pura, a sal y deseo. Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos.
—Karla, no aguanto verte así, toda mojada de sudor —murmuró, su aliento caliente en mi cuello mientras me ayudaba a bajar de la bicicleta tri.
Me giré, presionando mi cuerpo contra el suyo. Nuestros pechos chocaron, piel contra piel resbaladiza. Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras sus labios capturaban los míos. El beso fue feroz, lenguas enredándose con sabor a sal y electrolitos, manos ansiosas. Sus palmas ásperas por el manubrio me amasaron las nalgas, apretándome contra su erección dura como roca bajo los shorts.
—Chíngame, Diego, qué rico besas —gemí, mordiéndole el labio inferior.
Me recargó contra el tronco de un ahuehuete, la corteza rugosa raspando mi espalda a través del spandex. Bajó la cremallera de mi top, liberando mis tetas llenas, pezones oscuros y tiesos. Los lamió con hambre, succionando uno mientras pellizcaba el otro. Un gemido gutural escapó de mi garganta, el placer disparándose como fuego líquido por mi vientre. Olía a tierra mojada, a nuestro sudor mezclado, a coño húmedo que ya empapaba mis calzones.
Le bajé los shorts, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, pre-semen brillando en la punta.
—Mira qué cabrón, Karla, me tienes locochón.La masturbé lento, sintiendo cada vena, mientras él metía la mano en mis pantalones, dedos gruesos frotando mi clítoris hinchado.
—Estás chorreando, nena —gruñó, introduciendo dos dedos en mi calor resbaladizo. Bombeó adentro y fuera, curvándolos contra mi punto G. Mis caderas se movían solas, follándome su mano, el sonido chapoteante del jugo erótico llenando el aire. Gemía bajito, pinche wey, me va a hacer venir ya.
Pero no lo dejé. Lo empujé al suelo, hierba fresca y húmeda bajo nosotros. Me quité el spandex entero, quedando desnuda, piel erizada por la brisa vespertina. Monté sobre él como en mi bici, guiando su pija a mi entrada. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué llena me sientes! Sus manos en mis caderas, guiándome, el roce de nuestros pubes sudorosos.
Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne. Él jadeaba, —Más rápido, Karla, rómpeme con ese culo de ciclista. Sudor volaba, olores intensos: almizcle, semen próximo, mi esencia femenina. El orgasmo me golpeó como ola, contracciones apretando su verga, gritando su nombre mientras temblaba.
No paré. Lo volteé, él encima ahora, embistiéndome profundo, bolas golpeando mi trasero. Sus músculos flexionándose sobre mí, vista hipnótica. Me corría otra vez, uñas clavadas en su espalda, el mundo reduciéndose a esa fricción divina.
Acto tres: el clímax y la calma
Diego rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos. Colapsamos, entrelazados en la hierba, pechos agitados, piel pegajosa. El sol se había ido, estrellas asomando, grillos cantando alrededor. Su mano acariciaba mi cabello, besos suaves en la frente.
—Neta, Karla, fuiste lo mejor que me ha pasado pedaleando —susurró, riendo bajito.
Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho. Mi bicicleta tri me trajo esto, qué chingonería. Sentía su calor dentro aún, el pulso calmándose, aromas desvaneciéndose en la noche fresca. Hablamos de triatlones futuros, de vernos en el gym, de más montadas como esta.
Nos vestimos lento, caricias robadas, promesas en miradas. Caminamos juntos empujando las bicis, ruedas crujiendo en el sendero. Al llegar al estacionamiento, un beso final, profundo, con sabor a nosotros.
—Nos vemos pronto, ciclista sexy —dijo, guiñando.
Me subí a mi bicicleta tri, pedaleando a casa con el coño palpitante aún, sonrisa boba. Esa noche, en la regadera, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo, me toqué pensando en él, viniendo suave. La vida es chida cuando pedaleas con ganas.