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Intenté Resistir Tu Toque

7168 palabras

Intenté Resistir Tu Toque

Estaba en el gimnasio del edificio en Polanco, ese lugar chido con vista al skyline de la Ciudad de México. El sol de la tarde se colaba por las ventanas enormes, bañando todo en una luz dorada que hacía brillar el sudor en los cuerpos. Yo, Ana, de veintisiete pirulos, acababa de terminar mi rutina de pesas cuando lo vi. Luis, mi vecino del piso de arriba, el pendejo ese que siempre anda con playera ajustada mostrando sus bíceps como trofeos. Órale, neta que está cañón, pensé, mientras intentaba no mirarlo. Pero mis ojos traicioneros se clavaron en cómo sus músculos se contraían al levantar la barra, el olor a hombre sudado mezclándose con su colonia fresca, como a madera y cítricos.

Intenté concentrarme en mi botella de agua, sorbiendo despacio para disimular.

Ni madres, Ana, no seas mensa. Ya te quemaste con el último wey que parecía modelo y resultó ser un mamón
, me dije en la cabeza, recordando el desastre con mi ex. Pero Luis levantó la vista, me guiñó un ojo y sonrió con esa dentadura perfecta. Mi corazón dio un brinco, y sentí un calorcito traicionero entre las piernas. ¡Puta madre, por qué justo ahora!

Salí del gym tratando de ignorarlo, pero en el elevador nos topamos. Él entró oliendo a esfuerzo puro, su pecho subiendo y bajando. "Qué onda, Ana, ¿ya viste cómo está el clima? Perfecto pa' una chela en la terraza", dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Intenté responder casual: "Sí, wey, chido, pero ando ocupada con chamba". Mentira, mi laptop estaba muerta en el depa. Él se rio, acercándose un poquito más de la cuenta. Su brazo rozó el mío, piel caliente contra piel, y juro que olí su sudor mezclado con feromonas que me marearon.

La fiesta del edificio esa noche fue el detonante. Luces tenues, música de cumbia rebajada sonando bajito, olor a tacos al pastor flotando en el aire. Todos con chelas en mano, platicando pendejadas. Yo en mi vestido negro ajustado, sintiéndome rica, pero intentando mantenerme lejos de Luis. Lo vi platicando con las vecinas, su risa contagiosa. Ni lo peles, Ana, me repetía, mientras bebía mi michelada, el limón picante en la lengua calmando el nervio.

Pero el destino es un cabrón. Terminamos bailando sin querer, su mano en mi cintura, guiándome al ritmo. Su toque era firme, cálido, enviando chispas por mi espina. "Estás increíble esta noche", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello. Intenté alejarme un poco: "Gracias, pero ya me voy, Luis". Él no soltó: "Déjame acompañarte, no vaya a ser que te pierdas". Mi cuerpo traidor se pegó al suyo, sintiendo la dureza de su verga contra mi cadera. ¡Ay, wey, esto no está bien! pensé, pero mis pezones se endurecieron bajo el vestido.

En mi depa, la puerta se cerró con un clic suave. Intenté ser fuerte: "Luis, neta, no sé si sea buena idea". Él se acercó despacio, sus ojos oscuros devorándome. "Yo sí sé, Ana. Intenté no pensarte todo el día, pero aquí estoy". Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. El sabor a tequila y menta me invadió, y cedí. Nuestras lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría.

Caímos en la cama king size que compré en IKEA, las sábanas frescas contrastando con el fuego de nuestras pieles. Él me quitó el vestido, besando cada centímetro expuesto. Su boca en mi cuello chupaba suave, dejando marcas que dolían rico, el sonido de succión húmeda llenando el cuarto. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con su aroma masculino. Intenté no gemir, pero cuando lamió mis tetas, la lengua áspera en mis pezones duros, un "¡ahhh!" se me escapó. "Así, mami, déjate llevar", gruñó él, bajando la mano a mi calzón empapado.

Sus dedos juguetearon por encima de la tela, presionando mi clítoris hinchado. Sentí la humedad filtrándose, el roce eléctrico haciendo que mis caderas se arquearan solas. "Estás chorreando, Ana, qué rico", dijo, metiendo la mano dentro, dos dedos gruesos deslizándose adentro fácil. El sonido chapoteante de mi coño mojado era obsceno, delicioso. Intenté cerrar las piernas por vergüenza, pero él las abrió más: "No, déjame probarte bien". Me quitó el calzón de un jalón, el aire fresco golpeando mi sexo expuesto, vulnerable.

Se arrodilló entre mis muslos, su aliento caliente en mi monte de Venus. Lamidas lentas al principio, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando mis jugos salados. ¡Madre santa, qué chingón! grité en mi mente, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Él chupaba mi clítoris como experto, succionando fuerte, dedos curvados dentro tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Mis gemidos subían de volumen, "¡Sí, Luis, así, no pares, cabrón!", el cuarto oliendo a sexo puro, sudor y excitación.

Intenté aguantar el orgasmo, mordiéndome el labio hasta saborear sangre, pero exploté. Olas de placer me sacudieron, coño contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros calientes salpicando su barbilla. Él lamió todo, sonriendo pillo: "Deliciosa, ahora te voy a follar como se debe". Se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. La masturbé despacio, sintiendo cada vena, mientras él jadeaba.

"Ponte condón, wey", dije empoderada, sacando uno del cajón. Se lo puse con la boca, lengua jugando en la cabeza sensible. Él gruñó, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor inicial se volvió placer puro cuando bottomed out, su pubis contra mi clítoris. "¡Qué apretada, Ana, me vas a matar!", jadeó, empezando a bombear. Ritmo lento al principio, piel chocando piel con palmadas húmedas, sus bolas golpeando mi culo.

Aceleramos, yo clavando uñas en su espalda musculosa, sintiendo el sudor resbalando entre nosotros. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, sus manos amasándolas. "¡Chíngame más duro!", exigí, girando caderas, su verga tocando fondo. Él se sentó, besándonos feroz, lenguas enredadas mientras follábamos. El olor a sexo era intenso, nuestras pieles pegajosas, sonidos de gemidos y carne contra carne.

Intenté prolongar el momento, pero sentí el clímax building otra vez. "Me vengo, Luis, ¡juntos!", grité. Él aceleró, gruñendo "¡Sí, mami, córrete en mi verga!". Explotamos al unísono, mi coño ordeñándolo, chorros calientes llenando el condón. Colapsamos, jadeando, su peso reconfortante sobre mí.

Después, en la penumbra, envueltos en sábanas revueltas, fumamos un cigarro –ese vicio mexicano post-sexo–. Su dedo trazaba círculos en mi vientre. "Intenté resistirte semanas, Ana, pero valió la pena", confesó, besando mi hombro. Yo sonreí, oliendo su piel aún.

Al fin cedí, y qué chido se siente ser libre
, pensé, mientras el skyline brillaba afuera. No era solo sexo; era conexión, deseo mutuo liberado. Mañana probaríamos más, sin prisas.

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