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Chica Hace Trio Inolvidable

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Chica Hace Trio Inolvidable

En el corazón de la Condesa, donde las luces neón parpadean como promesas calientes, Ana se movía al ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba en el antro. El aire estaba cargado de sudor fresco, perfume caro y ese olor dulzón a tequila reposado que flotaba desde las mesas. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, resaltando sus chichis firmes y su culo redondo que hacía voltear cabezas. Tenía veintiocho, soltera por elección, y esa noche sentía un cosquilleo en el vientre que le decía busca algo chido.

¿Por qué no? Neta, ya estoy harta de lo mismo. Quiero sentirme viva, deseada por dos, ¿por qué no?
pensó mientras sorbía su cuba libre, el hielo chocando contra el vaso con un tintineo fresco.

Ahí estaban ellos: Marco y Luis, dos cuates de veintinueve y treinta, altos, morenos, con esa pinta de oficinistas que se sueltan los fines. Marco, con barba recortada y ojos que devoraban; Luis, sonrisa pícara y manos grandes que imaginaba explorándola. Se acercaron con chelas en mano, charlando de lo cañón que estaba la banda. La plática fluyó como el mezcal: risas, roces casuales de brazos, miradas que quemaban. Ana sintió su piel erizarse cuando Marco le rozó la cintura al pasar, un toque eléctrico que le aceleró el pulso.

—Órale, güey, esta noche la armamos —dijo Luis, guiñando el ojo.

Ana rio, su voz ronca por el humo del lugar. Estos dos están buenos, neta. ¿Y si...? La idea de una chica hace trio le vino como un relámpago, no por porno visto, sino por ese deseo crudo que le hervía en las entrañas. Les propuso ir a su depa en Polanco, a unas cuadras. Ellos aceptaron con esa hambre en los ojos que la hizo mojarse ahí mismo.

El taxi olía a cuero nuevo y a su excitación creciente. Manos sobre muslos, besos robados que sabían a menta y licor. Ana jadeaba bajito, el corazón latiéndole en la garganta mientras imaginaba lo que vendría.

Al llegar a su loft minimalista, con vistas a la ciudad iluminada, el ambiente cambió. Luces tenues, música suave de Natalia Lafourcade de fondo. Se sirvieron tragos, pero las copas se olvidaron rápido. Marco la besó primero, sus labios firmes y cálidos, lengua juguetona que exploraba su boca con sabor a ron. Luis se pegó por detrás, besándole el cuello, inhalando su perfume de vainilla y deseo. Ana gimió, sintiendo sus vergas duras presionando contra ella, uno al frente, otro atrás.

Dios, qué rico se siente esto. Dos hombres solo para mí, tocándome como si fuera su diosa.

Las manos de Marco bajaron a sus chichis, amasándolas sobre el vestido, pellizcando pezones que se endurecían como piedritas. Luis subió el vestido, acariciando sus muslos suaves, hasta llegar a su tanga empapada. El roce de sus dedos gruesos sobre la panocha la hizo arquearse, un gemido gutural escapando de su garganta. Olía a su propia excitación, ese aroma almizclado y dulce que llenaba la habitación.

—Quítate eso, preciosa —murmuró Marco, voz ronca como grava.

Ana se desvistió despacio, disfrutando cómo la miraban: piel morena brillando bajo la luz, curvas perfectas, depilada y lista. Ellos se quitaron la ropa, revelando cuerpos atléticos, vergas erectas y venosas que palpitaban. Ella se arrodilló, el piso fresco contra sus rodillas, y tomó una en cada mano. El tacto era ardiente, satinado, con venas que latían bajo sus palmas. Chupó primero a Marco, lengua girando en la cabeza, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Luis gemía viéndola, masturbándose lento.

—Neta, eres una diosa haciendo eso —dijo Luis, voz temblorosa.

Ana alternaba, mamando una mientras pajeaba la otra, saliva chorreando, sonidos húmedos y chupeteos llenando el aire. Sus bolas pesadas rozaban su mentón, olor masculino intenso invadiéndola. Se sentía poderosa, empoderada, controlando su placer.

La llevaron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Marco se acostó, ella montándolo, su verga deslizándose en su coño resbaladizo con un shlop jugoso. El estirón la llenó, tocando spots profundos que la hicieron gritar. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena frotando sus paredes internas, jugos chorreando por sus huevos. Luis se posicionó atrás, lubricante fresco y frío en su ano, dedo probando la entrada apretada.

¿Lo hago? Sí, carajo, esta noche soy yo quien decide. Una chica hace trio como quiere.

Entró despacio, el glande abriéndose paso, dolor placentero que se convertía en éxtasis. Ahora llena por ambos, gemía sin control, sonidos roncos y primales. Marco chupaba sus tetas, mordisqueando pezones, Luis embestía rítmico, manos en sus caderas. El slap-slap-slap de carne contra carne, sudor perlando sus cuerpos, mezclándose en ríos salados que lamían con gusto a piel caliente.

El ritmo subió, Ana en medio de un torbellino. Siento sus vergas rozándose dentro de mí, separadas por una delgada pared. Qué pinche intenso. Marco la besaba, lengua enredada, mientras Luis le jalaba el pelo suave, susurrando guarradas al oído.

—Estás tan apretada, mamacita. Córrete para nosotros.

La tensión crecía como ola, vientre contrayéndose, clítoris hinchado rozando el pubis de Marco. Gritos ahogados, uñas clavándose en espaldas, olores a sexo puro: esperma próximo, coño en llamas, sudor viril. Primero explotó ella, orgasmo brutal que la sacudió, chorros calientes salpicando, visión borrosa de luces de la ciudad.

Marco se corrió después, llenándola con chorros espesos y calientes que sentía palpitar. Luis la siguió, eyaculando profundo en su culo, gemido largo como aullido. Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Después, en la afterglow, yacían besándose perezosos, dedos trazando patrones en pieles húmedas. Ana se sentía completa, no usada, sino adorada. Pidió más chelas de la refri, riendo de lo locos que habíamos estado. Bueno, ellos dos y ella, la chica que hace trio como nadie.

Esto fue mío. Elegí, disfruté, conquisté. Mañana, ¿quién sabe? Pero esta noche, soy reina.

Marco y Luis se fueron al alba, promesas de repetir flotando en besos de despedida. Ana se duchó, agua caliente lavando fluidos pegajosos, pero no el recuerdo. Se miró al espejo, sonrisa satisfecha, cuerpo marcado con chupetones que dolían rico. La ciudad despertaba allá abajo, pero ella ya había tenido su amanecer privado.

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