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Noreva Trio Deseado

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Noreva Trio Deseado

Me llamo Noreva, y esa noche en mi depa de Polanco, con las luces tenues del skyline de la Ciudad de México filtrándose por las cortinas, todo cambió. Marco, mi carnal del alma, el wey que me hace vibrar con solo una mirada, me había platicado de su cuate Diego durante semanas. Un trío, dijo una vez, medio en broma, mientras me comía a besos en la cama. Yo reí, pero por dentro, un calorcillo se me prendió en el estómago. ¿Y si sí? pensé. La idea de Noreva trio D, como le puse en mi mente al rollo con Diego –la D de deseado, de delicioso–, me traía de cabeza. No era pendejada, éramos adultos, consentidores al mil, y la química entre Marco y yo era de esas que queman.

La cena fue casual, pero el aire ya pesaba de anticipación. Diego llegó con una botella de tequila reposado, su sonrisa pícara iluminando la sala. Alto, moreno, con tatuajes que asomaban por la camisa ajustada, olía a colonia fresca mezclada con ese toque varonil que te eriza la piel. Órale, Noreva, Marco no exageraba, estás cañona, soltó mientras me daba un abrazo que duró un segundo de más. Sentí su pecho firme contra mis tetas, y mi corazón latió como tamborazo en fiesta. Marco nos miró con ojos brillantes, sirviendo shots. Salud por las noches que no se olvidan, brindamos, y el tequila bajó ardiente por mi garganta, despertando mariposas en mi vientre.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, las risas fluyendo como el mezcal que siguió. Hablamos de todo: viajes a la playa en Puerto Vallarta, desmadres en antros de la Condesa, pero el tema del Trío D flotaba invisible. Marco rozó mi muslo con su mano cálida, subiendo despacito bajo mi falda corta. ¿Estás lista, mi reina?, susurró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo. Asentí, mordiéndome el labio, mientras Diego nos observaba, su mirada clavada en mis piernas abiertas apenas un poquito. El ambiente se cargó; el sonido de nuestra respiración se aceleró, y un aroma sutil a excitación empezó a perfumar el aire –esa mezcla dulce y salada de piel caliente.

El beso empezó inocente. Marco me jaló hacia él, sus labios carnosos devorando los míos con esa hambre que conozco tan bien. Diego se acercó por detrás, sus manos grandes posándose en mis hombros, bajando lentito por mis brazos. ¿Puedo?, murmuró, y yo gemí un sí contra la boca de Marco. Sentí sus dedos trazando mi clavícula, bajando al escote de mi blusa, donde mis pezones ya estaban duros como piedras, pidiendo atención. El tacto era eléctrico: áspero de sus callos, suave en las yemas. Me arqueé, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Esto es real, Noreva. Dos hombres para ti, queriéndote comer viva. No pares, déjate llevar.

Marco desabrochó mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco de la AC. Diego jadeó, Chingao, qué ricas, y se lanzó a mamarme un pezón mientras Marco chupaba el otro. Lenguas húmedas girando, dientes rozando lo justo para doler rico. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Mis manos bajaron a sus pantalones, sintiendo las vergas duras palpitando bajo la tela. Quítenselos, cabrones, exigí, mi voz ronca de pura lujuria mexicana. Se rieron, pero obedecieron. La de Marco, gruesa y venosa, saltó libre; la de Diego, larga y curva, me hizo salivar.

Nos movimos a la recámara, el piso de madera fría bajo mis pies descalzos contrastando con el calor de sus cuerpos. Me tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suave como caricia. Marco se hincó entre mis piernas, abriéndolas con manos firmes. Mírate, toda mojada para nosotros, dijo, pasando un dedo por mi concha empapada. El olor a mi propia excitación subió, almizclado y adictivo. Diego se puso de rodillas junto a mi cabeza, ofreciéndome su verga. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, mientras Marco lamía mi clítoris con maestría, su lengua plana y rápida.

El placer subía en olas. No aguanto, me voy a venir, pensé, mis caderas moviéndose solas. Pero Marco se detuvo, travieso. Aún no, mi amor. Me voltearon boca abajo, nalgas al aire. Sentí manos en mi culo –el de Diego amasando, el de Marco separando. Un dedo entró en mi ano, lubricado con mi propio jugo, mientras otro follaba mi panocha. ¡Ay, sí, chinguen!, grité, el doble estirón volviéndome loca. Diego se colocó debajo de mí, empotrándome en su verga de un solo empujón. Llenándome hasta el fondo, su pubis raspando mi clítoris. Marco se unió por atrás, escupiendo en mi culo antes de meterla despacio.

Dolor placer puro. Gemí como nunca, el sonido gutural saliendo de mi garganta. ¡Más duro, pendejos! Los dos se movieron, sincronizados como en mi fantasía del Noreva trio D. Ver-gas entrando y saliendo, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor goteando, olor a sexo intenso impregnando la habitación. Marco me jalaba el pelo, Diego me mordía el cuello. Mis tetas rebotaban, pezones rozando el pecho peludo de Diego. El orgasmo me pegó como rayo: contracciones violentas, chorro caliente salpicando, grito ahogado en la almohada.

Pero no pararon. Me voltearon, Marco en mi concha, Diego en mi boca. Saboreaba mi propio sabor en su verga, mientras Marco me taladraba profundo. Vente adentro, amor, le rogué, y lo hizo, chorros calientes llenándome. Diego se corrió segundos después, esperma espeso bajando por mi barbilla. Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en un montón sudoroso y satisfecho.

El afterglow fue mágico. Acostada entre ellos, piel pegajosa, el corazón latiéndonos al unísono. Marco me besó la frente, Te amo, Noreva. Esto fue épico. Diego acarició mi muslo, Repetimos cuando gusten, con guiño. Reí bajito, el cuerpo pesado de placer, el alma plena. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en mi cama, habíamos creado nuestro mundo. El Noreva trio D no era solo fantasía; era nuestro ahora, nuestro para siempre si quisiéramos. Me dormí oliendo a ellos, saboreando la sal en mis labios, con una sonrisa que no se borraba.

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