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Tributo Ardiente a El Tri

6768 palabras

Tributo Ardiente a El Tri

La noche en el Vive Latino estaba que ardía, el aire cargado de humo de cigarro y sudor colectivo. El escenario vibraba con las guitarras roncas de la banda tributo a El Tri, tocando Abuso de Autoridad con una fidelidad que erizaba la piel. Yo, Ana, con mi falda corta negra y una playera ajustada que dejaba ver el tatuaje de una rosa en mi costilla, me movía al ritmo, sintiendo el bass rebotar en mi pecho como un corazón desbocado. Hacía años que no iba a un concierto así, desde que mi ex me dejó por una morra más "tranquila". Pero esta noche, quería soltarme, rendir mi propio tributo a El Tri, a esa rebeldía rockera que siempre me ha puesto la piel chinita.

Entre la multitud, lo vi. Alto, moreno, con barba de tres días y una chamarra de cuero gastada que olía a historia. Sostenía una chela en la mano, cantando a todo pulmón Triste Canción de Amor. Nuestras miradas se cruzaron cuando la banda gritó el coro, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la letra hablara directo de lo que me pasaba. Él sonrió, guiñándome un ojo, y se acercó bailando, esquivando cuerpos sudados.

¿Qué pedo, carnala? ¿Vienes a dar tributo a El Tri como Dios manda? me dijo al oído, su aliento cálido con sabor a cerveza y algo dulce, quizás chicle de tamarindo. Su voz grave me recorrió la espina dorsal.

"Sí, güey, vengo a rockear hasta que duela. ¿Y tú, pinche rockero?"
respondí, riendo, mientras nuestras caderas se rozaban al ritmo de la música. Se llamaba Marco, fan de toda la vida de El Tri, con un tatuaje del logo en el antebrazo que se asomaba bajo la manga arremangada. Hablamos a gritos sobre las rolas clásicas, cómo ADO les había cambiado la vida, y de repente, su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me hizo apretar los muslos.

El concierto avanzaba, la multitud en éxtasis, y nosotros cada vez más pegados. Su cuerpo duro contra el mío, el calor de su piel traspasando la tela, el olor a su colonia mezclada con sudor fresco. Sentí mi tanga humedeciéndose, el deseo creciendo como el volumen de las bocinas. Chin güey, este cuate me prende cañón, pensé, mientras él me tomaba de la cintura y me hacía girar en un baile improvisado. Al final del set, con Niño Sin Amor retumbando, me besó el cuello, un roce de labios que sabía a promesas sucias.

¿Te late seguir este tributo en otro lado, nena? murmuró, sus ojos oscuros clavados en los míos. Asentí, el pulso acelerado, el corazón latiendo al ritmo de la batería que aún resonaba en mis oídos.

Salimos del foro tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana golpeándonos como una caricia. Caminamos hasta su moto, una Harley vieja que rugió como una bestia al encenderse. Me subí atrás, abrazándolo fuerte, mis tetas presionadas contra su espalda, sintiendo cada músculo tenso bajo la chamarra. El viento nos azotaba mientras corríamos por Insurgentes, el skyline de la CDMX iluminado como un sueño febril. Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar chido con posters de El Tri en las paredes y una rola de la banda sonando bajito en el estéreo.

Adentro, la tensión explotó. Me quitó la playera con urgencia, sus manos callosas explorando mi piel, deteniéndose en el tatuaje. Qué chingón, como tú, dijo, besando la rosa mientras yo le arrancaba la chamarra. Olía a él, a hombre, a deseo crudo. Nuestras bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a chela y sal de sudor. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotándome contra su verga dura que ya asomaba bajo el pantalón.

"Quiero darte mi tributo a El Tri, Marco. Que sea rockero, sin frenos."
le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, manos en mi culo, amasándolo con fuerza. Me desnudó despacio, saboreando cada centímetro: chupó mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras, lamió mi ombligo, bajó hasta mi coño empapado. Su lengua experta me abrió como una flor, chupando mi clítoris con ritmo de guitarra solista, haciendo que mis caderas se arquearan, gemidos escapando como solos de saxo.

El cuarto se llenaba de nuestros sonidos: mi respiración agitada, sus gruñidos roncos, el slap húmedo de su boca en mí. Olía a sexo, a jugos míos mezclados con su saliva. Lo jalé del pelo, ahí güey, no pares, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos que me follaban mientras lamía. El orgasmo me cayó como un mosh pit, cuerpo temblando, gritando su nombre mezclado con ¡viva El Tri!.

Pero no paró ahí. Me volteó, poniéndome a cuatro patas en el sofá, su verga palpitante rozando mi entrada. ¿Estás lista para el gran final, rockera? preguntó, y yo arqueé la espalda, empújala, cabrón. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un tributo a la rebeldía de El Tri: fuerte, sin piedad, pero con alma.

Sus manos en mis caderas, pellizcando, dejando marcas rojas que dolían rico. Yo me empujaba contra él, el sonido de piel contra piel como un redoble de batería. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos, su aliento en mi nuca mientras me mordía el hombro. Estás tan chingona, Ana, me vas a hacer venir, jadeó, acelerando, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Sentí su verga hincharse, mis paredes apretándolo, y explotamos juntos: yo en un segundo orgasmo que me dejó viendo estrellas, él derramándose dentro con un rugido primal, caliente y abundante.

Caímos exhaustos, enredados en el sofá, respiraciones entrecortadas sincronizándose como un encore. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos, y él lo limpió con besos suaves, tiernos ahora. La rola de El Tri seguía sonando bajito, Piel de Barro, y nos reímos, cuerpos pegajosos, pieles brillantes de sudor.

Este ha sido el mejor tributo a El Tri de mi vida, dijo él, acariciándome el pelo. Yo asentí, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado pero el alma aún vibrando. Nos quedamos así, hablando de conciertos pasados, de rolas que nos marcaron, planeando el próximo mosh. La noche mexicana nos envolvía, y supe que esto no era solo un polvo rockero: era conexión, deseo puro, un himno personal a la pasión que El Tri siempre ha encarnado.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me besó despacio, prometiendo más tributos. Salí de ahí con las piernas flojas, el coño adolorido pero feliz, oliendo aún a él. Chido, Ana, chingón, me dije, subiendo a un taxi rumbo a casa. El Tributo Ardiente a El Tri se había grabado en mi piel, como un tatuaje eterno.

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