Intento de Dibujar Tus Curvas
Entré al taller de arte en la Condesa, ese rincón chido con luz natural que se filtra por las ventanas altas. Olía a óleo fresco y a madera pulida, con un toque de café de olla que alguien había dejado en la mesita. Ahí estaba ella, Karla, mi musa de ojos café intenso y piel morena que brillaba como el sol de Coyoacán. Tenía veintiocho, igual que yo, y esa noche habíamos quedado para una sesión privada. Órale, carnal, hoy vas a capturar algo más que líneas, me dije mientras armaba el caballete.
"Listo, güey? Empieza tu try to drawing", bromeó ella con esa vocecita juguetona, mezclando inglés porque sabía que me mataba. Se quitó la blusa ligera, dejando caer la tela al piso con un susurro suave. Sus tetas redondas se liberaron, pezones oscuros ya endurecidos por el aire fresco del atardecer. Se bajó el jeans, revelando unas caderas anchas y un culito firme que pedía ser tocado. Se recargó en el sofá de terciopelo rojo, una pierna doblada, el otro brazo cubriendo apenas su panocha depilada.
¿Cómo chingados voy a dibujar eso sin que se me pare la verga?pensé, mientras afilaba el carbón con los dientes.
Empecé el trazo, líneas suaves en el papel grande. Su piel olía a vainilla y jazmín desde el otro lado del cuarto, un aroma que me llegaba en oleadas con cada respiro. El sonido del carbón raspando era hipnótico, como uñas en mi espalda. Intenté capturar la curva de su muslo, pero mi mano temblaba. "No mames, Karla, quédate quieta", le dije riendo nervioso. Ella sonrió pícara, mordiéndose el labio inferior. "Es que me da cosquillas tu mirada, pinche artista". Su voz era ronca, como miel caliente derramándose.
Pasaron minutos que se sentían eternos. El sol bajaba, tiñendo su cuerpo de dorado anaranjado. Sudaba un poquito en el valle entre sus senos, gotitas que brillaban como diamantes. Yo sudaba también, la camisa pegada a la espalda. Try to drawing, cabrón, enfócate en try to drawing, repetía en mi cabeza, recordando su broma gringa. Pero mis ojos se desviaban a la sombra entre sus piernas, ese pliegue húmedo que intuía. Ella lo notó. "Ven, ajústame la pose. No sale bien, ¿verdad?". Me levanté, el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta de pueblo.
Me acerqué despacio, el piso de madera crujiendo bajo mis pies. Su calor me envolvió antes de tocarla. Puse la mano en su rodilla, suave como mango maduro, y la abrí un poco más. "Así está mejor", murmuré, pero mi pulgar rozó el interior de su muslo. Electricidad pura. Ella jadeó bajito, un sonido que me erizó la piel. Olía a ella ahora, a deseo salado mezclado con su perfume. "Sigue, no pares tu intento", susurró, y su mano cubrió la mía, guiándola más arriba. Nuestros ojos se clavaron.
Esto no es solo arte, wey. Esto es fuego.
El carbón quedó olvidado. La besé ahí mismo, labios suaves como pétalos de cempasúchil, lengua danzando con sabor a chicle de tamarindo que masticaba antes. Ella respondió feroz, manos enredándose en mi pelo, tirando suave. "Quítate todo, pendejo", ordenó entre besos, y obedecí como perrito. Mi verga saltó libre, dura como piedra de Teotihuacán, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios. "Ven a dibujarme con tu cuerpo".
La cargué al sofá, su peso perfecto contra mi pecho desnudo. Piel con piel, sudor mezclándose, el roce ardiente. Besé su cuello, saboreando sal y pulso acelerado. Bajé a sus tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ella gemía, "¡Ay, qué rico, no pares!", arqueando la espalda. Mi mano exploró su entrepierna: mojada, resbalosa como atole recién hecho. Dedos adentro, curvándose, encontrando ese punto que la hacía temblar. "¡Más, cabrón, más fuerte!" Su clítoris hinchado bajo mi pulgar, círculos rápidos. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo con sus jadeos roncos.
Pero quería más. La puse de rodillas en el sofá, culito en pompa, invitándome. "Dibújame así", rogó. Me arrodillé detrás, lengua primero en su raja, lamiendo desde panocha hasta ano, sabor almizclado y dulce. Ella gritaba placer, "¡Órale, qué chingón eres!". Mi verga rozaba su muslo, pre-semen goteando. No aguanté: la penetré de un golpe, hasta el fondo. Calor envolvente, apretada como puño de boxeador. Empujé lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus paredes. "¡Sí, así, rómpeme!", pedía ella, empujando contra mí.
El ritmo subió, piel chocando con palmadas rítmicas, sudor volando. Agarré sus caderas, uñas clavándose suave. Ella se tocaba el clítoris, gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Me vengo, me vengo!". Su coño se contrajo, ordeñándome, jugos chorreando por mis bolas. Eso me llevó al borde. "Adentro, lléname", suplicó. Empujé profundo, explotando en chorros calientes, llenándola hasta rebosar. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos.
Después, recostados en el sofá, ella trazando líneas en mi pecho con el dedo. "Tu try to drawing no salió, pero este sí". Reí, besando su frente. El taller olía a sexo y carbón quemado, luz de luna ahora filtrándose.
Esto no es el fin del lienzo, es el comienzo de muchos trazos. Nos vestimos lento, prometiendo más sesiones. Salimos a la calle empedrada, mano en mano, el corazón aún latiendo al ritmo de esa curva imposible de dibujar con carbón, pero perfecta en la memoria.