Que Es Bedoyecta Tri Inyectable El Placer De La Aguja
Hacía semanas que me sentía como un trapo viejo, wey. El trabajo en la oficina me chingaba, las noches sin dormir por el estrés y esa flojera que no me dejaba ni gozar una buena fiesta. Una carnala mía, la Lupita, me dijo que probara lo de que es bedoyecta tri inyectable, que era como un chute de vitaminas que te ponía las pilas de nuevo. "Es pura vitamina B, neta, te hace sentir como nueva, con energía pa'l desmadre", me juró. Así que ahí estaba yo, en la clínica privada de Polanco, oliendo a desinfectante limpio y a ese aire acondicionado fresco que te eriza la piel.
Entré al consultorio con mi blusa escotada y jeans ajustados, porque ¿pa' qué andar de naco si puedes verte chingona? El doctor era un morro alto, de ojos cafés intensos y manos grandes que prometían más que curar. Se llamaba Alejandro, traía bata blanca que no escondía sus hombros anchos. Me miró de arriba abajo mientras me sentaba en la camilla, y sentí un cosquilleo en el estómago que no era de nervios por la aguja.
¿Y este pendejo qué? ¿Será que me ve como paciente o como algo más?
"¿Qué te trae por aquí, preciosa?", me preguntó con voz grave, como si estuviéramos en un bar y no en un consultorio. Le expliqué mi pinche cansancio, y ahí soltó la explicación: "Que es bedoyecta tri inyectable es un complejo de vitaminas B1, B6 y B12, inyectable directo al músculo pa' que te absorba rápido. Te quita la fatiga, te da energía, fortalece los nervios. Ideal pa' morras como tú que andan al cien todo el día". Sus labios se movían despacio, y yo no podía dejar de imaginarlos en otro lado.
Me recostó en la camilla, el papel crujió bajo mi peso. El aire olía a alcohol y a su colonia masculina, algo amaderado que me hacía mojarme sin querer. Bajó mi pantalón lo justo pa' exponer la nalga, y sus dedos rozaron mi piel suave, fríos al principio pero calentándose rápido. "Relájate, güeyita, no duele tanto", murmuró cerca de mi oreja. Sentí su aliento caliente en mi cuello, y mi pulso se aceleró como tamborazo en fiesta.
La aguja pinchó, un ardor rápido que se expandió como fuego líquido por mi vena, no, por el músculo. Pero en vez de quejarme, gemí bajito. Era placer disfrazado de medicina, esa punzada que vibraba hasta mi entrepierna. Alejandro se quedó quieto un segundo, su mano aún en mi cadera. "¿Todo bien?", preguntó, pero su voz tenía un ronquido, como si él también sintiera el voltaje.
Me incorporé despacio, mirándolo fijo. Nuestros ojos se engancharon, y el silencio del consultorio se llenó de tensión, como antes de un beso en película. "Neta, doc, me siento... diferente ya. Como si el calor me subiera por todo el cuerpo". Mentira, la inyección apenas empezaba a hacer efecto, pero quería ver hasta dónde llegaba esto. Él sonrió de lado, pendejito sexy, y se acercó más. "Es normal, la bedoyecta tri acelera todo. ¿Quieres que te revise más a fondo?"
Ahí empezó el desmadre. Le jalé de la bata, y sus labios cayeron sobre los míos como hambre acumulada. Sabían a menta y deseo, su lengua explorando mi boca con urgencia. Lo empujé contra la pared, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través de los pantalones. Mis manos bajaron a su bragueta, el sonido del zipper fue como música erótica. Él gruñó, agarrándome las nalgas con fuerza, amasándolas mientras yo lo liberaba.
¡Chingado, qué prieta la tiene! Gruesa, venosa, latiendo en mi palma caliente.
El olor a sexo empezó a mezclarse con el desinfectante, sudor salado y feromonas. Me arrodillé en el piso frío, el mármol contra mis rodillas un contraste delicioso con el calor de su pija en mi boca. La chupé despacio al principio, saboreando la piel salada, la gota precorial que sabía a victoria. Él metió los dedos en mi pelo, jadeando "¡Órale, nena, qué buena boca!". Lamí desde la base hasta la punta, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua, el sonido húmedo de succión llenando el cuarto.
Pero no era pa' quedarme ahí. Me levantó como si no pesara, me sentó en la camilla y me quitó la blusa de un tirón. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras por el aire fresco. Los succionó con hambre, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi clítoris. "Estás mojada, ¿verdad?", susurró contra mi piel, mientras sus dedos bajaban mis jeans y tanga. Sí, empapada, el hilo de jugos conectando mi coño al trapo.
Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. Su lengua entró en juego, lamiendo mis labios mayores, chupando el clítoris con maestría. Gemí fuerte, arqueándome, el papel de la camilla rasgándose bajo mis uñas. "¡Ay, wey, no pares! ¡Me vas a hacer venir!". Él aceleró, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra mi punto G. El sonido era obsceno, chapoteo de mi humedad contra su palma. El orgasmo me pegó como rayo, mi coño contrayéndose, chorros calientes en su boca. Grité su nombre, temblando entera.
Aún jadeante, lo jalé arriba. "Métemela ya, cabrón". Se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, caliente, latiendo dentro. Empezamos a movernos, yo clavando uñas en su espalda, él embistiendo profundo, el choque de pieles como palmadas rítmicas. Sudor goteaba entre nosotros, salado en mi lengua cuando lo besé. "¡Más fuerte, Alejandro! ¡Chíngame como se debe!"
Cambiamos posiciones, él de pie y yo con piernas en sus hombros, penetrándome hasta el fondo. Veía mi coño tragándoselo entero, brilloso de jugos. El placer subía en olas, mis tetas rebotando, sus bolas golpeando mi culo. Sentí su verga hincharse más, y supe que estaba cerca. "Vente conmigo, preciosa", gruñó. Exploto yo primero, un grito ahogado, paredes vaginales ordeñándolo. Él se corrió segundos después, chorros calientes pintando mi interior, gimiendo ronco.
Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, su peso cómodo sobre mí. El consultorio olía a sexo puro, semen y sudor mezclado con bedoyecta tri. Me besó la frente, suave ahora. "Ves, eso es lo que hace la bedoyecta tri inyectable: te revive en todos los sentidos". Reí bajito, acariciando su pelo revuelto.
Neta, la próxima dosis la pido con receta doble de él.
Salí de ahí con piernas flojas pero alma llena, el ardor en la nalga un recordatorio dulce. La ciudad bullía afuera, pero yo me sentía invencible, lista pa'l mundo. Alejandro me guiñó el ojo en la puerta: "Vuelve pronto, güeyita". Y yo, sonriendo pícara, supe que lo haría. Esa inyección no solo curó mi cansancio, me abrió un mundo de placeres que ni imaginaba.