El Tri 19 de Noviembre Noche de Fuego
Era el 19 de noviembre, y el Estadio Azteca vibraba como si el mismísimo corazón de México latiera al unísono. Yo, Ana, había llegado temprano con mis cuates, lista para alentar a El Tri contra esos gringos en las eliminatorias. El aire estaba cargado de chelas frías, el olor a elotes asados y ese sudor colectivo que une a la afición. Me acomodé en las gradas, con mi camiseta verde ajustada que marcaba mis curvas, sintiendo ya el cosquilleo de la adrenalina.
Al lado mío se sentó un morro alto, moreno, con ojos que brillaban como luces de estadio. Órale, qué chido pinta, pensé, mientras lo veía gritar goles imaginarios. Se llamaba Marco, me dijo al presentarse, con una sonrisa que me derritió las rodillas. "¡Vamos, México, cabrones!", vociferó cuando empezó el partido, y su voz grave me erizó la piel. Nuestras miradas se cruzaron cada vez que El Tri atacaba, y entre jugadas, platicamos de todo: de cómo el Chicharito siempre la arma, de lo culero que era el árbitro. Su pierna rozaba la mía accidentalmente, y cada roce era como una chispa en mi entrepierna.
El primer tiempo fue de infarto. El estadio rugía, los tambores retumbaban en mi pecho, y el olor a cerveza derramada se mezclaba con su colonia masculina, terrosa y embriagadora.
"¿Y tú, qué tan tri color eres?", me preguntó, guiñando un ojo.Le contesté con una risa coqueta: "Más verde que la bandera, wey. ¿Y tú?". Él se acercó, su aliento cálido en mi oreja: "Rojo de pasión, nena". Sentí mi corazón acelerarse más que el de los jugadores. Cuando El Tri metió el primer gol justo antes del medio tiempo, nos abrazamos sin pensarlo, sus manos fuertes en mi cintura, mi pecho apretado contra el suyo. Ese contacto breve me dejó húmeda, anhelando más.
En el descanso, bajamos por unas chelas. La fila era eterna, pero él me protegía con su cuerpo, su mano en mi espalda baja, trazando círculos sutiles que me ponían la piel de gallina. "Eres bien pinche guapa, Ana", murmuró, y yo sentí el calor subir a mis mejillas. Le devolví el cumplido, rozando su brazo musculoso, imaginando cómo se sentiría desnudo. Regresamos a las gradas, y el segundo tiempo explotó. El Tri 19 de noviembre se convirtió en leyenda cuando empataron y luego remontaron con un golazo de tiro libre. El estadio enloqueció, saltamos, gritamos, y en la euforia, sus labios rozaron los míos. No fue un beso completo, pero prometía todo.
El pitazo final llegó con victoria. Tres a uno para México. La afición invadió el campo de visión, pero Marco me tomó de la mano: "Vamos a celebrar como se debe, ¿no?". Asentí, el pulso latiéndome en las sienes. Salimos del estadio entre la marea humana, el ruido ensordecedor de cláxones y cánticos. Su camioneta estaba cerca, y en el camino a su depa en Polanco, la tensión creció. Poníamos corridos de El Tri en la radio, riendo, pero sus ojos decían otra cosa. Aparcamos, y al bajar, me acorraló contra la puerta del edificio. Ya no aguanto más, pensé, mientras su boca devoraba la mía.
El beso fue hambre pura. Sus labios gruesos, ásperos por la barba incipiente, sabían a cerveza y victoria. Lenguas enredadas, gemidos ahogados en la oscuridad del estacionamiento. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda corta, y yo arqueé la espalda, sintiendo su erección dura contra mi vientre. "Entra conmigo, Ana. Quiero hacerte mía esta noche del Tri", susurró ronco. Subimos en el elevador, besándonos como posesos, mis uñas clavadas en su nuca, oliendo su sudor fresco mezclado con el mío.
En su depa, minimalista y con posters de partidos, me quitó la camiseta con urgencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Él gruñó de aprobación, chupándolos con avidez, su lengua caliente trazando círculos que me hicieron jadear.
"¡Qué ricas, pinche nena! Tan suaves y firmes".Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho velludo, salado, bajando hasta su abdomen marcado. Desabroché su jeans, y su verga saltó, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como el del estadio. La masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos, gimiendo mi nombre.
Me llevó a la cama, tirándome con gentileza pero firmeza. Se hincó entre mis piernas, besando mi interior de muslos, el olor a mi excitación llenando el aire. "Estás chorreando, güey", dijo con picardía, y hundió la cara en mi concha. Su lengua experta lamió mi clítoris, chupando suave luego fuerte, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en mi punto G. Gemí alto, mis caderas bailando contra su boca, el sonido húmedo de succión mezclándose con mis gritos. Es demasiado bueno, no voy a durar. Él no paró, succionando hasta que exploté, mi cuerpo convulsionando, jugos empapando su barbilla. "¡Sí, Marco, órale, no pares!"
Aún temblando, lo jalé arriba. Quería sentirlo dentro. "Cógeme ya, cabrón", le rogué, guiando su pito a mi entrada resbalosa. Entró de un empujón lento, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Ambos gemimos, piel contra piel sudorosa. Empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, sus pelotas golpeando mi culo. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo nuestro sexo crudo, escuchando el slap-slap rítmico como tambores de afición.
La intensidad subió. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, embistiéndome duro, profundo. "¡Qué apretadita, Ana! Me vas a volver loco". Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, mis tetas rebotando, el placer acumulándose como la tensión del partido. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, su aliento jadeante en mi oreja: "Voy a llenarte, nena". Cambiamos a misionero, piernas enredadas, mirándonos a los ojos. Besos fieros, lenguas batallando mientras su verga me taladraba. Sentí el orgasmo venir, ese nudo en el estómago deshaciéndose. "¡Ven conmigo!", grité, y él aceleró, gruñendo. Explotamos juntos, mi concha ordeñándolo, chorros calientes inundándome, cuerpos temblando en éxtasis.
Caímos exhaustos, pegajosos, respirando agitados. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su pelo húmedo. El silencio post-partido, solo nuestros corazones latiendo. "Esa fue la mejor celebración del Tri 19 de noviembre", murmuró él, besando mi piel. Yo sonreí, sintiendo el afterglow cálido extenderse por mis venas. Quién sabe qué traiga el próximo partido, pensé, pero esa noche, México había ganado en la cancha y en la cama. Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, soñando con más goles, más pasión.