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Concierto de Tríos Ardiente

6588 palabras

Concierto de Tríos Ardiente

Ana se acomodó en su asiento del Teatro Metropólitan, el aire cargado con el aroma a jazmín de los ramos que adornaban el escenario. El concierto de tríos estaba por empezar, y ya sentía esa cosquilleo en el estómago, mezcla de anticipación por las rancheras románticas y algo más profundo, un calor que le subía por las piernas. Vestía un vestido negro ajustado que realzaba sus curvas, el escote dejando ver justo lo suficiente para imaginar. "Qué chido venir sola", pensó, mientras observaba a la gente entrar, parejas abrazadas, pero ella libre para lo que pintara.

Las luces bajaron, y el primer trío subió al escenario: tres hombres con guitarras, requinto y voces que parecían miel derritiéndose. Cantaban La Malagueña, y Ana cerró los ojos, dejando que la música le recorriera la piel como caricias. El requinto vibraba en su pecho, acelerándole el pulso. De reojo, notó a dos tipos en la fila de adelante: Javier y Marco, como se enteraría después. Javier, moreno, con barba recortada y camisa blanca desabotonada; Marco, rubio teñido, ojos verdes y sonrisa pícara. Se voltearon a mirarla, y ella les devolvió la mirada con un guiño juguetón.

Durante el intermedio, Ana bajó por un trago. Ahí estaban ellos, en la barra, pidiendo tequilas.

"¿Vienes al concierto de tríos sola, güerita? Eso está cañón", dijo Javier, su voz ronca como el bolero que acababan de oír.
Ana rio, sintiendo el roce accidental de su brazo contra el suyo, piel cálida y firme.
"Neta, me late la música romántica. ¿Y ustedes, carnales?"
Marco se acercó, su aliento con olor a menta y tequila.
"Somos fans empedernidos. Pero esta noche, la estrella eres tú."
Charlaron, coqueteando sin parar, las risas mezclándose con el bullicio. Ana sentía el calor entre sus piernas crecer, imaginando sus manos en ella.

Volvieron al asiento, pero ahora juntos, Javier a su derecha, Marco a la izquierda. El segundo trío cantaba Sabor a Mí, y en la penumbra, Javier le tomó la mano, entrelazando dedos. Su palma áspera, de quien trabaja con las manos, le erizaba la piel. Marco, más audaz, le rozó el muslo por encima del vestido, subiendo despacio. Ana jadeó bajito, el corazón latiéndole como el tambor del requinto.

"¿Les late si... seguimos esto después?", murmuró ella, la voz temblorosa de deseo.
Ellos asintieron, ojos brillantes.
"Órale, preciosa. Vamos a mi depa, cerca de aquí. Consentido todo, ¿va?"
Ana asintió, empapada ya solo de pensarlo.

El concierto terminó en aplausos ensordecedores, pero para Ana, la verdadera sinfonía apenas empezaba. Salieron del teatro, el aire fresco de la noche mexicana contrastando con el fuego interno. Caminaron unas cuadras hasta el departamento de Javier, un lugar chido en la Condesa, con terraza y luces tenues. Apenas cerraron la puerta, Marco la besó, labios suaves pero urgentes, lengua explorando su boca con sabor a tequila. Javier se pegó por atrás, besándole el cuello, manos subiendo por sus caderas.

Ana se dejó llevar, el vestido cayendo al suelo como una promesa rota. Quedó en lencería roja, pechos turgentes, pezones endurecidos por el aire y la excitación.

"Qué chingona estás, Ana", gruñó Javier, quitándose la camisa para revelar torso musculoso, vello oscuro bajando hasta el bulto en sus jeans.
Marco la cargó al sofá, besos bajando por su vientre, inhalando su aroma almizclado de mujer lista. Ella gimió cuando su lengua tocó el encaje de las panties, humedad filtrándose.

Se desvistieron mutuamente, piel contra piel. Javier mamaba sus tetas, succionando fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico. Marco se arrodilló, bajándole la tanga y lamiendo su concha con hambre, lengua danzando en el clítoris hinchado. Ana arqueó la espalda, uñas clavándose en el sofá.

"¡Ay, cabrones, no paren! Me van a volver loca."
El sonido de sus lenguas chupando, jadeos y besos húmedos llenaba la habitación, mezclado con el eco lejano de la ciudad.

Cambiaron posiciones, Ana de rodillas. Tomó la verga de Javier en la boca, gruesa y venosa, sabor salado y cálido. La chupó despacio al principio, lengua girando en la cabeza, luego más rápido, garganta acomodándose. Marco la penetró por atrás, despacio, su pija lubricada por su propia saliva. Entró centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente.

"Estás tan apretada, nena. Neta, qué rico cogerte."
Ana mugió alrededor de la verga de Javier, el doble placer volviéndola loca. Se movían en ritmo, como un trío musical, embestidas profundas sincronizadas con succiones.

La tensión crecía, sudor perlando sus cuerpos, olores a sexo y perfume masculino invadiendo el aire. Ana sentía el orgasmo aproximándose, coño contrayéndose alrededor de Marco, quien gruñía

"Me vengo, güera."
Javier también, cogiéndole la cara.
"Trágatela toda, mi amor."
Ella explotó primero, un grito ahogado mientras ondas de placer la sacudían, jugos chorreando por sus muslos. Marco se corrió dentro, caliente y abundante, Javier en su boca, semen espeso que ella tragó con gusto, lamiendo los restos.

Se derrumbaron en el sofá, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Javier le acarició el pelo, Marco besó su hombro.

"Eso fue épico, como el concierto de tríos", susurró Ana, riendo bajito.
Se ducharon juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo pero tiernas. En la cama, durmieron abrazados, el amanecer filtrándose por las cortinas.

Al despertar, Ana se miró en el espejo del baño: labios hinchados, marcas en el cuello, una sonrisa pícara.

"Qué nochecita, pinches tríos."
Javier preparó café de olla, Marco huevos rancheros. Desayunaron en la terraza, hablando de música, de volver a un concierto. No hubo promesas, solo la promesa de más placer si se armaba. Ana se despidió con besos largos, el cuerpo aún zumbando de recuerdos táctiles: el roce de barbas, el peso de sus cuerpos, el sabor de sus pasiones.

Caminó de regreso a su casa, el sol calentándole la piel, sintiéndose viva, empoderada. El concierto de tríos no solo había sido música; había sido su sinfonía personal de deseo cumplido. Y quién sabe, tal vez la próxima función sería aún más intensa.

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