Triara Telmex Telefono La Linea Que Enciende El Fuego
Estaba en mi depa en la Condesa, con el calor de la tarde pegándome en la piel como una caricia indecente. El ventilador zumbaba pendejamente, pero el internet Triara de Telmex se había ido al carajo otra vez, y con él mi teléfono fijo que dependía de esa chingadera. Qué pinche mala pata, pensé, mientras me recargaba en el sofá de piel sintética que se pegaba a mis muslos desnudos. Llevaba nada más una playera holgada y unas panties de encaje, porque ¿pa' qué más si estaba sola? Mi cuerpo ardía de aburrimiento y algo más, un cosquilleo entre las piernas que no se iba ni con las novelas eróticas que leía en el cel.
Agarré el teléfono inalámbrico Triara Telmex, marqué el número de soporte y esperé. El tono de la línea era claro, como un susurro prometedor. Al rato, una voz grave y ronca contestó: "Triara Telmex al habla, ¿en qué le puedo ayudar, preciosa?" Joder, ese "preciosa" me erizó la piel. Se llamaba Marco, y su acento chilango puro me mojó al instante.
¿Por qué suena tan cabrón? Como si me estuviera hablando al oído, con aliento caliente, me dije, apretando los muslos.
Le expliqué el pedo con el servicio, mi voz saliendo más aguda de lo normal. Él me guiaba paso a paso, pidiéndome que revisara cables, que reiniciara el módem. Cada instrucción era como un mandato suave, y yo obedecía, imaginándolo alto, moreno, con manos fuertes. "Ahora agáchate un poquito pa' ver el router atrás del mueble", dijo, y yo lo hice, sintiendo el aire fresco en mi culo apenas cubierto.
"¿Ya? ¿Ves el puerto Triara?" Su voz se volvió más íntima, como si supiera lo que pasaba por mi cabeza. "Sí, lo veo", respondí, jadeando leve. La tensión crecía, el pulso latiéndome en el clítoris. "¿Y tú, preciosa, qué traes puesto pa' esta llamada?" soltó de repente, riendo bajito. Me quedé muda un segundo, pero el fuego ya estaba encendido. "Nada que te interese ver", mentí juguetona. "Ah, ¿no? Apuesto que sí. ¿Quieres que vaya a checarlo en persona? Vivo cerca."
Quince minutos después, sonó el interfón. Abrí la puerta con el corazón en la garganta, y ahí estaba Marco, en uniforme de Telmex ajustado que marcaba cada músculo de su pecho ancho. Olía a jabón fresco y colonia barata pero adictiva, como las ferias en el Zócalo. Sus ojos cafés me recorrieron despacio, deteniéndose en mis piernas. "El servicio Triara Telmex espera", dijo con guiño, entrando sin pedir permiso.
Nos sentamos en la sala, él con su toolbox, yo fingiendo normalidad mientras el olor de su sudor mezclado con el mío llenaba el aire. Tocó cables, probó el teléfono, sus dedos rozando mi rodilla "por accidente". Cada roce era electricidad, mi piel erizándose como si me lamiera. "Este pendejo necesita una buena conexión", murmuró, y yo reí nerviosa. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de promesas sucias.
La revisión duró lo que tardó en decir "Ya está, el Triara Telmex teléfono funciona perfecto". Pero ninguno se movió. El silencio vibraba, pesado como el deseo. "Gracias, Marco. ¿Quieres una chela fría?" invité, levantándome lento pa' que viera cómo se me subía la playera. Él tragó saliva, ojos fijos en mi culo. "Chingón, sí quiero", respondió ronco.
En la cocina, abrí la refri, el frío contrastando con el calor de mi cuerpo. Se acercó por detrás, su pecho pegándose a mi espalda. Sentí su verga dura contra mis nalgas, gruesa y lista. "¿Segura que solo quieres darme una chela?" susurró en mi oreja, mordisqueándola suave. Mi coño palpitó, húmedo ya. "Pendejo, ven pa'cá", gemí, volteándome pa' besarlo.
Sus labios eran calientes, ásperos como besos de tequila, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y hombre. Manos grandes me amasaron las tetas por encima de la playera, pezones endureciéndose al toque. Lo jalé al sofá, quitándole la playera pa' lamer su pecho moreno, salado de sudor. "Qué rico sales, cabrón", murmuré, bajando a su abdomen marcado.
Él me tumbó suave, quitándome las panties con dientes. El aire fresco besó mi panocha empapada, y él inhaló hondo: "Hueles a miel caliente, preciosa". Su lengua trazó mi raja despacio, saboreando cada gota. Gemí fuerte, arqueándome, uñas en su pelo. Lamía mi clítoris en círculos, chupando suave luego fuerte, dedos metiéndose en mi calor resbaloso. "¡Sí, así, no pares, pendejo!" grité, piernas temblando. El sonido de su boca devorándome era obsceno, jugos chorreando.
Lo empujé pa' arriba, desabrochándole el pantalón. Su verga saltó libre, venosa y gorda, cabeza brillando de pre-semen. La agarré, masturbándola lento, sintiendo el pulso furioso. "Métetela en la boca, Ana", ordenó, y obedecí gustosa. Sabía a sal y deseo puro, embistiéndome la garganta mientras yo gemía alrededor. Tosí un poco, pero me encantaba, saliva corriéndome por la barbilla.
No aguanté más. "Cógeme ya, Marco, hazme tuya", supliqué, abriendo las piernas. Se puso condón rápido –siempre responsable el güey– y se hundió en mí de un golpe. Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Gritamos juntos, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. Me follaba duro, profundo, sacando hasta la punta pa' volver a clavarse. Sudor nos unía, olor a sexo invadiendo todo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas rebotando, clítoris rozando su pubis. "¡Qué chingona montas, pinche rica!" rugió, pellizcándome las nalgas.
La tensión subía como volcán, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él se ponía tieso, yo al borde. "Vente conmigo, cabrón", jadeé, y explotamos. Mi orgasmo me sacudió entera, coño convulsionando, chorros de placer escapando. Él gruñó animal, llenando el condón mientras me abrazaba fuerte. Colapsamos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos y satisfechos.
Después, en la cama, con el teléfono Triara Telmex zumbando de fondo con un mensaje de confirmación, nos reímos bajito. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, olor a nosotros aún flotando. "La próxima falla, llámame directo, ¿eh?" dijo pícaro. Sonreí, sabiendo que no fallaría adrede. El servicio estaba perfecto, pero la conexión entre nosotros, esa era la verdadera Triara: ardiente, infinita.