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Reunion Sensual Digimon Adventure Tri

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Reunion Sensual Digimon Adventure Tri

El aire de la noche en Tokio olía a sakura mezclado con el humo de los yakitoris de la calle, pero dentro del salón del hotel todo era lujo y recuerdos. Habían pasado diez años desde Digimon Adventure Tri, y esta reunion era para los Elegidos que ya no éramos morrillos peleando contra monstruos digitales. Yo, Taichi, con veintiocho pirulos bien puestos, estaba ahí parado con una chela en la mano, sintiendo cómo el corazón me latía como si Agumon estuviera a punto de materializarse. Todos habían crecido: Yamato con su melena rubia más larga, Mimi convertida en una chava de esas que quitan el hipo, y Sora... ay, Sora, mi Sora de siempre.

La vi entrar, con un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera hecho a la medida de mis sueños más cabrones. Su cabello negro caía en ondas suaves, y esos ojos cafés que siempre me miraban como si supieran todos mis secretos.

¿Por qué carajos el tiempo la puso más rica?
pensé, mientras el sudor me bajaba por la nuca. El salón estaba lleno de risas, música suave de fondo y el tintineo de copas, pero para mí solo existía ella caminando hacia la mesa de bocadillos.

¡Órale, Tai! —me gritó con esa voz juguetona, abrazándome fuerte. Su piel olía a vainilla y algo más, un aroma femenino que me enderezó la verga al instante—. Qué chido verte, wey. Neta, luces como galán de telenovela.

Su tetas se apretaron contra mi pecho, y sentí sus pezones duros a través de la tela fina. Mi mano bajó por instinto a su cintura, y ella no se apartó. Esto va a estar bueno, me dije, mientras el calor subía por mis huevos. Hablamos de todo: de cómo ganamos la última batalla en Digimon Adventure Tri Reunion, de trabajos, de vidas normales sin Digimundos locos. Pero entre líneas, la tensión crecía como una tormenta. Sus ojos se clavaban en mis labios, y yo no podía dejar de imaginarme arrancándole ese vestido.

La noche avanzó, la gente se fue empedando, y Yamato hasta sacó la guitarra para cantar unas rolas antiguas. Sora y yo bailamos pegaditos, sus caderas moviéndose contra mi paquete, rozando justo lo suficiente para volverme loco. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su lengua rozándome la oreja disimuladamente.

Vámonos de aquí, Tai —susurró, su mano apretándome el culo—. Quiero platicar a solas de la reunion.

Mi polla ya estaba tiesa como poste, latiendo contra los boxers. La tomé de la mano y salimos del salón, el pasillo del hotel oliendo a limpio y a promesa de sexo. El elevador fue eterno; apenas se cerraron las puertas, la embarré contra la pared y la besé como poseído. Sus labios sabían a ron dulce y a deseo puro, su lengua bailando con la mía, chupándome la boca como si fuera su verga favorita.

Te extrañé tanto, pendejo —jadeó, mordiéndome el labio—. Desde la Digimon Adventure Tri Reunion, no paro de pensar en ti.

Las puertas se abrieron en su piso, y corrimos a su cuarto, riéndonos como chavos. Adentro, la cama king size nos esperaba con sábanas blancas crujientes, la luz tenue del buró pintando sombras en su piel morena. Cerré la puerta y la volteé contra mí, mis manos explorando su espalda, bajando hasta su nalgón perfecto.

Le quité el vestido despacio, saboreando cada centímetro. Sus tetas saltaron libres, grandes y firmes, pezones rosados pidiendo a gritos mi boca. Me arrodillé y las chupé como loco, lamiendo, mordiendo suave mientras ella gemía ¡ay, Tai, qué rico! Su piel sabía a sal y sudor ligero, su vientre plano temblando bajo mis besos. Bajé más, oliendo su excitación, ese olor almizclado que me volvía animal.

Quítate todo, Sora —le ordené, voz ronca. Ella obedeció, quitándose las calzas y revelando su panocha depilada, labios hinchados y húmedos brillando bajo la luz. Me puse de rodillas y la comí como si fuera el último taco del mundo. Mi lengua entró en su clítoris, chupando fuerte, saboreando sus jugos dulces y salados. Ella se agarró de mi pelo, caderas empujando contra mi cara, gritando ¡sí, wey, así, no pares!

Mi verga dolía de lo dura, pre-semen mojando mis calzones. Me levanté y me desnudé rápido, mi cuerpo atlético de años de gimnasio listo para ella. Sora me miró con hambre, sus ojos fijos en mi verga gruesa, venosa, cabeza roja palpitando.

Ven, métemela —rogó, tirándose en la cama y abriendo las piernas como invitación.

Pero no tan rápido. Quería hacerla sufrir de placer. Me acosté a su lado, besándola profundo mientras mis dedos jugaban con su entrada, metiendo dos adentro, sintiendo sus paredes calientes apretándome. Ella se retorcía, uñas clavándose en mi espalda, dejando marcas rojas que ardían chido.

Esto es mejor que cualquier batalla digital
, pensé, mientras la oía jadear mi nombre.

La puse a cuatro patas, su culo en pompa perfecto, y lamí desde su clítoris hasta su ano, haciendo que se corriera la primera vez. Sus jugos chorreaban por sus muslos, el cuarto lleno del sonido de sus gemidos y el olor a sexo puro. Entonces, me paré atrás, frotando mi verga contra su raja mojada.

¿La quieres? —pregunté, voz temblorosa de ganas.

¡Sí, cabrón, cógeme ya! —gritó, empujando hacia atrás.

Empujé despacio al principio, sintiendo cómo su coño me tragaba centímetro a centímetro, apretado y caliente como horno. ¡Qué chingón! Gemí, agarrando sus caderas y empezando a bombear. El slap-slap de piel contra piel llenaba el aire, mezclado con sus alaridos y mis gruñidos. Sudábamos como marranos, cuerpos pegajosos deslizándose, sus tetas balanceándose con cada embestida.

Cambié posiciones: la puse encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus caderas giraban, mi verga tocando su fondo, su clítoris frotándose contra mi pubis. La miré a los ojos, viendo el amor y la lujuria mezclados, mientras ella rebotaba, pelo volando, gritando ¡me vengo, Tai, me vengo! Su coño se contrajo alrededor de mí, ordeñándome, y yo aguanté por puro milagro.

La volteé boca arriba, piernas sobre mis hombros, y la taladré profundo, rápido, sintiendo mis bolas apretarse. El olor de su sudor, su perfume roto, su panocha chorreante, todo me llevó al borde.

Dónde quieres, reina —jadeé.

Adentro, lléname —suplicó.

Explosé como volcán, chorros calientes llenándola, mi cuerpo temblando mientras ella se corría otra vez, uñas en mi culo, piernas apretándome. Caímos hechos mierda, respirando agitados, pieles pegadas en sudor y semen.

Después, en la calma, la abracé, besando su frente húmeda. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho, con la ciudad zumbando afuera.

Esta Digimon Adventure Tri Reunion fue lo mejor que nos pasó
, pensé, mientras ella se acurrucaba en mi pecho.

Te quiero, Sora. Desde siempre —le dije bajito.

Yo más, mi líder —sonrió, y nos quedamos así, planeando más noches como esta, sin Digimon, solo nosotros dos, adultos y libres.

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