Pruébame el Fin de Semana
El viernes por la noche, el antro en la Zona Rosa palpita como un corazón acelerado. Las luces neón parpadean en rojo y morado, bañando la pista de baile en un resplandor sudoroso. Tú entras con tus amigas, el aire cargado de reggaetón mezclado con hip-hop gringo, y el olor a tequila y perfume barato te envuelve como una promesa pecaminosa. Llevas ese vestido negro ceñido que marca tus curvas, el que te hace sentir como una diosa urbana, y el calor de la multitud te roza la piel como dedos ansiosos.
Estás en la barra, pidiendo un paloma con sal, cuando lo ves. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice yo sé lo que quiero. Sus ojos te recorren despacio, desde las piernas hasta los labios, y sientes un cosquilleo que sube por tu espina. Órale, wey, piensas, este pendejo tiene onda. Se acerca, con un ritmo en el cuerpo que imita la música, y te ofrece un shot de reposado.
—Pruébame —dice, con voz grave, mientras el DJ cambia a The Weeknd. La canción "Try Me" retumba en los bocinas, esa letra que habla de desafíos calientes, de no aguantar la tentación. Él se ríe, inclinándose cerca, su aliento con sabor a menta y alcohol rozando tu oreja—. Try me the weekend, nena. Todo el fin de semana, ¿neta?
Su acento es chilango puro, pero mete el inglés como si fuera un juego, y tú sientes el pulso acelerarse.
¿Por qué no? Es viernes, no hay jefes mañanita, y este cuate huele a aventura.Le das un trago a tu paloma, el limón agrio en la lengua, y respondes con una mirada que grita desafío aceptado.
La noche avanza en un torbellino de baile. Sus manos en tu cintura, firmes pero no agresivas, te guían por la pista. El sudor perla su cuello, y cuando te pega a él, sientes la dureza de su pecho contra tus tetas, el roce de su verga semi-dura contra tu muslo. El olor de su colonia, madera y especias, se mezcla con el tuyo, floral y dulce. Ríes cuando te hace girar, y en un momento de pausa, sus labios rozan los tuyos en un beso ligero, probando, tanteando.
—Vamos a mi depa —murmura, con los ojos brillantes—. Está cerca, en Polanco. Pruébame de verdad.
Tú asientes, el corazón latiendo como tambores. Salen tomados de la mano, el aire fresco de la calle un alivio contra el calor del antro. El taxi huele a cigarro viejo, y en el camino, sus dedos trazan patrones en tu muslo, subiendo despacio bajo el vestido. Sientes la humedad crecer entre tus piernas, un pulso caliente que te hace apretar los muslos.
Acto primero cerrado: la puerta del departamento se abre a un espacio moderno, luces tenues, una botella de vino abierta en la mesa. Él te quita el vestido con manos temblorosas de deseo, besando cada centímetro de piel expuesta. Tú lo desabrochas, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el vello áspero en su pecho. Se besan con hambre, lenguas enredadas, el sabor salado del sudor mezclándose con el vino tinto que comparten de la botella.
En la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, él te tumba despacio. Sus labios bajan por tu cuello, mordisqueando la clavícula, dejando un rastro de fuego. Qué rico, piensas, mientras sus manos amasan tus pechos, pulgares rozando los pezones duros como piedritas. Gimes bajito, el sonido ahogado en su boca cuando sube de nuevo. Tus uñas arañan su espalda, dejando marcas rojas que él adora.
—Despacio, carnal —le dices, juguetona, empujándolo para ponerte encima. Le besas el torso, lengua trazando el camino hasta el ombligo, inhalando su aroma masculino, almizclado, que te enloquece. Él gime, ¡órale, mamacita!, cuando liberas su verga, gruesa y venosa, palpitante en tu mano. La pruebas con la lengua, salada y cálida, lamiendo la punta mientras él te agarra el pelo con ternura.
La tensión sube como una ola. Él te voltea, besando tu vientre, bajando hasta el monte de Venus. Su aliento caliente te hace arquear la espalda, y cuando su lengua toca tu clítoris, un rayo de placer te atraviesa.
Neta, este wey sabe lo que hace. No es un pendejo cualquiera.Lamidas lentas, círculos precisos, dedos curvándose dentro de ti, rozando ese punto que te hace ver estrellas. El cuarto se llena de sonidos húmedos, de jadeos, del crujir de la cama. El olor a sexo impregna el aire, dulce y animal.
Te corres primero, un orgasmo que te sacude como terremoto, piernas temblando, grito ahogado en la almohada. Él no para, prolongándolo hasta que ruegas por más. Te pone de rodillas, y entras en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llena, estirándote deliciosamente. El roce es perfecto, fricción ardiente, y empiezas a moverte, cabalga con ritmo, pechos rebotando, sudor goteando entre vuestros cuerpos.
Él te agarra las caderas, embistiendo desde abajo, piel contra piel en palmadas rítmicas. ¡Qué chingón! gritas, mientras el placer se acumula de nuevo, más intenso. Cambian posiciones: de lado, él atrás, mordiendo tu hombro mientras te penetra profundo. Sus bolas chocan contra ti, el sonido obsceno avivando el fuego. Sientes su respiración agitada en tu nuca, sus manos en todas partes, pellizcando, acariciando.
La música de fondo, ahora un playlist de The Weeknd, susurra "try me" en loops suaves, como un mantra. Él acelera, gruñendo tu nombre —o lo que sea que te haya dicho en el antro—, y tú sientes el clímax acercarse, un nudo apretándose en el vientre. ¡Ya, wey, córrete conmigo! exiges, y él obedece, su verga hinchándose dentro, caliente chorro llenándote mientras tú explotas en olas, visión borrosa, cuerpo convulsionando.
Caen exhaustos, enredados en sábanas húmedas. El afterglow es puro éxtasis: su pecho subiendo y bajando contra el tuyo, el olor a semen y sudor compartido, besos perezosos en la piel sensible. Él acaricia tu cabello, riendo bajito.
—Te lo dije, pruébame el fin de semana —murmura, con voz ronca.
Tú sonríes, trazando círculos en su abdomen.
El sábado y domingo prometen ser épicos. Este pendejo me tiene enganchada.Duermen así, pegados, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más rondas. El fin de semana apenas empieza, y ya sabes que lo probarás hasta el último segundo.
El sábado despierta con su boca entre tus piernas otra vez, lengua experta despertando tu fuego matutino. Desayuno en la cama: chilaquiles con huevo y café negro fuerte, riendo de anécdotas tontas mientras se alimentan mutuamente, dedos juguetones manchados de salsa. Salen a caminar por Reforma, mano en mano como novios, pero con miradas cargadas de promesas sucias. En un café, bajo la mesa, su pie roza tu pantorrilla, recordatorio sutil.
De regreso, la tarde se vuelve maratón: en la regadera, agua caliente cascando sobre cuerpos resbalosos, jabón espumoso en curvas y músculos. Él te empotra contra la pared de azulejos fríos, entrando de una embestida que te roba el aliento. El vapor llena el baño, olores a gel de baño cítrico mezclados con arousal. Gimes contra su hombro, uñas clavándose, mientras él te folla con ritmo constante, agua salpicando.
Noche de nuevo: cena improvisada de tacos de suadero de la esquina, cerveza fría, y al sillón. Te sientas en su regazo, moviéndote lento mientras ven Netflix, pero pronto la tele es olvido. Sus manos expertas te llevan a otro pico, dedos en tu culo mientras te chupa los pechos. ¡Pendejo travieso! le dices, riendo, antes de que te ponga a cuatro patas en el piso, alfombra áspera contra rodillas, penetrándote profundo, lento al principio, luego feroz.
El domingo amanece perezoso. Hacen el amor suave, misionero con besos eternos, ojos en ojos, sintiendo cada pulso, cada contracción. Él se corre dentro de nuevo, y tú lo sigues, un orgasmo tierno que deja lágrimas de placer. Se duchan juntos, secándose con toallas suaves, y en la puerta, un último beso largo.
—Try me anytime —dice, guiñando.
Tú sales, piernas flojas, sonrisa satisfecha, el cuerpo marcado por su pasión: chupetones leves, músculos adoloridos. El fin de semana fue perfecto, un desafío ganado, y sabes que lo llamarás. Pruébame siempre, wey.