Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Tri Luma Crema para Manchas que Enciende la Piel Tri Luma Crema para Manchas que Enciende la Piel

Tri Luma Crema para Manchas que Enciende la Piel

7675 palabras

Tri Luma Crema para Manchas que Enciende la Piel

El sol de Cancún había sido implacable ese verano. Mis días en la playa con Marco, mi chavo de toda la vida, habían dejado huellas en mi piel morena: manchas cafés que se asomaban en mis senos, en los muslos y hasta en esa zona íntima que solo él conocía a la perfección. Me miré en el espejo del baño de nuestra suite en el hotel, con el bikini todavía puesto, y suspiré. No mames, pensé, ¿por qué justo ahora? Tenía treinta años, un cuerpo que todavía volvía locos a los güeyes en la alberca, pero esas manchas me hacían sentir insegura. Recordé el anuncio que vi en la farmacia del centro: Tri Luma crema para manchas, prometía borrarlas en semanas. La compré esa misma tarde, un tubito blanco que ahora descansaba en mi neceser.

Marco entró al baño con esa sonrisa pícara que me derretía. Llevaba solo unos shorts de playa, su pecho bronceado reluciendo con gotas de sudor del calor húmedo de la costa. —Nena, ¿qué traes ahí? —preguntó, señalando el tubito mientras se acercaba por detrás, sus manos grandes rodeando mi cintura. Olía a sal marina y protector solar, ese aroma que me ponía caliente al instante.

¿Le digo? ¿O finjo que todo está chido?

Me volteé y le mostré la Tri Luma crema para manchas. —Es para estas pinches manchas, carnal. El sol me hizo lo que no quería. Él rio bajito, ese sonido ronco que vibraba en mi pecho, y me besó el cuello. —Estás perfecta, mi amor. Pero si quieres que te ayude a untarla, nomás dime. Su aliento cálido contra mi piel erizada me hizo temblar. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo.

Nos movimos al dormitorio, donde el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el bochorno de afuera. Las cortinas blancas ondeaban con la brisa del mar, dejando entrar rayos dorados que bailaban en la cama king size. Me quité el bikini despacio, sintiendo sus ojos devorándome. Primero el top, mis senos liberándose con un rebote suave, pezones ya duros por la anticipación. Luego el bottom, revelando el triángulo de vello recortado y esas manchas traicioneras en la ingle. Marco jadeó, su mirada hambrienta. —Eres una diosa, Ana. Ven, acuéstate.

Me tendí boca abajo en las sábanas frescas de algodón egipcio, el olor a lavanda del detergente del hotel mezclándose con mi propia esencia femenina. Él destapó el tubito, y un aroma fresco, casi herbal, invadió el aire —la Tri Luma crema para manchas era ligera, con un toque mentolado que prometía alivio. Escuché el sonido viscoso de la crema saliendo, y luego sus dedos fríos tocaron mi espalda baja. Ay, cabrón, gemí internamente. La crema se deslizó como seda fría sobre mi piel caliente, sus pulgares presionando en círculos lentos, masajeando las manchas invisibles en la lumbar.

El tacto era eléctrico: la frescura de la crema contrastando con el calor de sus palmas ásperas de tanto nadar. Subió por mi espinazo, deteniéndose en los hombros, donde mis músculos se relajaban bajo su presión experta. —Siéntelo, nena. Esta crema va a hacer que tu piel brille como nunca —murmuró, su voz grave enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Yo arqueé la espalda, empujando mis nalgas contra él, sintiendo su verga endureciéndose a través de los shorts. El roce era delicioso, un roce de tela contra mi piel desnuda, húmeda ya por el deseo.

Esto no era solo una crema. Era un pretexto perfecto para que sus manos exploraran cada centímetro mío.

Me volteó con gentileza, y ahora estaba boca arriba, expuesta bajo su mirada. Tomó más crema y empezó por mis senos. Sus dedos untaron la Tri Luma en las manchas leves alrededor de mis areolas, círculos suaves que rodeaban mis pezones sin tocarlos aún. El olor herbal se intensificó, mezclado con mi sudor ligero y el almizcle de mi excitación. Cada pasada era tortura exquisita: la crema enfriando, su piel calentando, mis pezones pidiendo atención. —Marco... por favor —supliqué, mi voz ronca.

Él sonrió, ese güey pícaro, y bajó las manos a mi vientre, luego a los muslos internos. Ahí estaban las manchas más notorias, cafés y rebeldes. La crema se esparció fresca sobre mi piel sensible, sus dedos rozando peligrosamente cerca de mi concha hinchada. Sentí el pulso acelerado en mi clítoris, lateo constante, y un chorrito de humedad escapando. El sonido de su respiración pesada, el zumbido del AC, las olas rompiendo a lo lejos —todo se amplificaba. —Estás mojada, mi reina. ¿Te gusta cómo te toco? Asentí, mordiéndome el labio, mientras sus dedos se aventuraban más adentro, untando crema en los labios mayores, frescos y resbalosos.

La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Lo jalé hacia mí, quitándole los shorts de un tirón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que olía salado y masculino. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel aterciopelada sobre acero. Él gimió, un sonido gutural que me empapó más. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose, saboreando el sabor a coco de su boca por el chicle que masticaba. Sus manos seguían masajeando, ahora mi clítoris con crema fina, la frescura haciendo que cada roce fuera una explosión sensorial.

Me abrí de piernas, invitándolo. —Métemela ya, pendejo. No aguanto. Rio él, posicionándose. La punta de su verga rozó mi entrada, untada en crema y jugos, y empujó lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce ardiente contrastando con la crema fría residual. Gemí alto, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, oliendo su sudor fresco. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. Mis senos rebotaban con cada golpe, pezones rozando su pecho velludo.

La crema había desaparecido, pero su magia seguía: mi piel sensible, cada nervio vivo, amplificando el placer hasta el infinito.

Aceleró, sus caderas chocando contra las mías, el sudor goteando de su frente a mi boca —salado, delicioso. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando talones en sus nalgas firmes. —Más fuerte, Marco. Chingame como te gusta. Él obedeció, gruñendo, su verga golpeando mi punto G con precisión brutal. El orgasmo se construyó como ola gigante: tensión en el bajo vientre, pulsos en mis labios vaginales, calor subiendo por mi espina. Grité cuando llegó, mi concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Él siguió, prolongando mi éxtasis con roces expertos en mi clítoris.

Entonces lo sentí: su verga hinchándose, pulsando. —Me vengo, nena —rugió, y se derramó dentro de mí, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose con las olas del mar.

Después, en el afterglow, me acurruqué contra su pecho, su mano acariciando perezosamente las zonas untadas con la Tri Luma crema para manchas. La piel ya se sentía más suave, prometiendo manchas borradas, pero lo mejor era la confianza renovada. —Gracias por ayudarme, amor. No solo con la crema. Él besó mi frente, oliendo a sexo y mar. —Siempre, mi piel perfecta.

Nos quedamos dormidos así, con la promesa de más noches como esa, donde una simple crema se convirtió en el catalizador de pasiones eternas. El sol se ponía afuera, tiñendo el cielo de rojo, pero dentro, nuestro mundo ardía en calma satisfecha.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.