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El Éxtasis del Trio de Tontos

6834 palabras

El Éxtasis del Trio de Tontos

En el calor bochornoso de una noche veraniega en la colonia Roma de la Ciudad de México, Ana se recargaba en el sofá de su departamento compartido, con una chela fría en la mano. El aire olía a tacos de la esquina y a jazmín del balcón vecino. Sus dos compas de la uni, Luis y Marco, andaban por ahí revoloteando como siempre, con sus chistes tontos que los hacían reír hasta que les dolía la panza. El trio de tontos, se decían entre ellos, porque neta, qué pendejadas no habían hecho juntos: desde tatuajes improvisados hasta road trips fallidos que terminaban en moteles de mala muerte. Pero esa noche, algo en el ambiente se sentía diferente. El sudor perlaba la piel de Ana, haciendo que su blusa ligera se pegara a sus curvas, y notaba cómo las miradas de los weyes se demoraban un poquito más de lo normal.

Luis, con su cabello revuelto y esa sonrisa pícara que lo hacía ver como un galán de telenovela barata, le pasó otra cerveza. Órale, Ana, ¿ya te cansaste de ser la jefa del trio de tontos? Hoy te ves cañona, wey, dijo con voz ronca, rozando su dedo contra el de ella al pasarle la lata. Ana sintió un cosquilleo eléctrico subirle por el brazo, directo al pecho. Marco, el más calladito pero con ojos que devoraban todo, se sentó al otro lado, su muslo musculoso presionando contra el de ella. Neta, si no fuéramos tan tontos, ya habríamos hecho algo por esta química que traemos, murmuró, y su aliento cálido con olor a limón y tequila le erizó la piel del cuello.

Ana tragó saliva, el corazón latiéndole como tambor en fiesta. ¿Qué pedo? ¿En serio estos pendejos me están poniendo caliente? Se imaginó por un segundo sus manos en su cuerpo, y un calor húmedo se extendió entre sus piernas. Habían coqueteado antes, bromas subidas de tono después de unas copas, pero nunca cruzaban la línea. Hasta ahora. ¿Y si jugamos verdad o reto, como en los viejos tiempos? Pero sin pendejadas infantiles, propuso ella, con la voz temblorosa de anticipación. Los weyes se miraron, asintieron con guiños cómplices, y el juego empezó.

El principio fue inocente: retos de bailar reggaetón pegados, verdades sobre crush pasados que los hicieron carcajearse. Pero la tensión crecía como el vapor en la cocina después de freír carnitas. Luis retó a Ana a un beso francés con Marco. Su lengua sabe a tequila y deseo puro, pensó ella mientras sus labios se fundían, suaves al principio, luego urgentes, con el sabor salado de la piel de Marco mezclándose con el suyo. Luis observaba, su verga ya endureciéndose bajo los jeans, el bulto evidente. Cuando le tocó a él besar a Ana, fue más salvaje: la jaló por la nuca, mordisqueándole el labio inferior, haciendo que ella gimiera bajito, un sonido gutural que vibró en el cuarto.

Marco, con las mejillas sonrojadas y el pecho agitado, retó a los dos a quitarse la ropa de a poco. Al fin, el trio de tontos va a hacer algo chingón, bromeó, pero su voz era pura lujuria. Ana se paró, sintiendo sus pezones duros contra la tela, y se desabrochó la blusa despacio, dejando que el aire fresco lamiera su piel expuesta. Los weyes jadearon al ver sus tetas firmes, los pezones rosados erectos como invitación. Luis se sacó la playera, revelando su torso tatuado y sudoroso, olor a hombre almizclado que la mareaba. Marco siguió, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue, la verga marcada contra el bóxer, gruesa y lista.

La habitación se llenó de respiraciones pesadas, el sonido de telas cayendo al piso como susurros prohibidos. Ana se sentó entre ellos, desnuda ahora, su panocha húmeda palpitando. Esto es una locura, pero qué chido se siente. Luis le acarició el muslo interno, sus dedos ásperos trazando círculos que la hicieron arquear la espalda. Marco besaba su cuello, chupando suave, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Te sientes tan rica, Ana, susurró Luis, bajando la boca a una teta, lamiendo el pezón con la lengua plana, succionando hasta que ella gritó de placer, el sonido rebotando en las paredes.

La escalada fue imparable. Ana tomó la verga de Luis en su mano, dura como fierro caliente, la piel suave y venosa latiendo bajo su palma. La masturbó despacio, sintiendo el precum resbaloso lubricándola, mientras Marco le separaba las piernas y hundía la cara entre ellas. Su lengua en mi clítoris es puro fuego, pensó, el roce húmedo y caliente mandando ondas de placer por su espina. Lamía con hambre, chupando su jugo dulce y salado, el olor a sexo impregnando el aire. Luis gemía contra su boca cuando ella lo mamó, tragándosela hasta la garganta, el sabor almizclado explotando en su lengua, sus bolas pesadas rozándole la barbilla.

Se movieron como uno solo, el trio de tontos sincronizado en su frenesí. Ana se montó en Luis, su verga abriéndose paso en su chocha empapada, llenándola hasta el fondo con un estirón exquisito que la hizo gritar. ¡Ay, wey, qué grande la traes! jadeó, cabalgándolo con las caderas girando, sintiendo cada vena frotando sus paredes internas, el sudor goteando entre sus pechos. Marco se arrodilló atrás, untando saliva en su culo apretado, metiendo un dedo primero, luego dos, preparándola con ternura juguetona. Relájate, mi amor, te vamos a hacer volar, dijo, y empujó su verga despacio, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis pleno cuando la penetró.

Doblemente follada, Ana se perdió en las sensaciones: el grosor de Luis golpeando su punto G, el de Marco estirando su ano con pulsos profundos, sus manos en todas partes, pellizcando pezones, azotando nalgas suaves. Los gemidos se mezclaban en un coro obsceno, piel contra piel chapoteando húmedo, el olor a semen y sudor envolviéndolos. Soy el centro del universo, estos tontos me adoran. Luis aceleró, sus embestidas brutales, Me vengo, cabrón, rugió, llenándola de chorros calientes que la empujaron al borde. Marco la siguió, gruñendo, su leche derramándose dentro mientras ella explotaba en orgasmos múltiples, su cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando todo.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Ana yacía entre ellos, piel pegajosa y satisfecha, el corazón aún galopando. Luis le besó la frente, Eres lo máximo, wey. El mejor trio de tontos ever. Marco acariciaba su cabello, Neta, esto no fue tontería, fue chingonería pura. Ella sonrió, saboreando el regusto salado en sus labios, el cuerpo flojo y pleno. Quién diría que ser tonta lleva a tanto paraíso. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero adentro, su mundo había cambiado para siempre, con promesas de más noches locas en el horizonte.

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