Trio Bisexual con Esposa Cachonda
La noche caía sobre la colonia Roma en la Ciudad de México, con ese bullicio de coches pitando y risas de borrachos saliendo de los bares. Yo, Javier, estaba en el balcón de nuestro depa chido, con una chela fría en la mano, mirando cómo Mariana, mi esposa, se arreglaba adentro. Llevábamos diez años casados, y aunque el amor seguía ahí, la rutina nos había chingado un poco. Hacíamos chiste de fantasías para picarnos, y una que siempre salía era el trio bisexual con esposa. Ella se reía, pero yo veía en sus ojos ese brillo pícaro, como si de veras lo imaginara.
¿Y si lo hacemos real, carnal? me dije, mientras el olor a tacos al pastor flotaba desde la calle. Esa noche invitamos a Carlos, un cuate de la uni que siempre había sido bien abierto. Bisexual declarado, guapo, con ese cuerpo atlético de quien juega fut en el parque los domingos. Mariana lo conocía bien, y siempre bromeaba que era "el wey perfecto para un trio". Órale, pensé, ¿por qué no? Todos adultos, todo en confianza. Le mandé un whats: "Ven al depa, trae ganas de aventura".
La puerta sonó media hora después. Mariana abrió con un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas de su culo redondo y tetas firmes. Olía a vainilla y algo más, ese perfume que me ponía duro al instante. Carlos entró con una sonrisa de oreja a oreja, botella de tequila en mano. "¡Qué chido depa, Javi! Mariana, estás mamalísima", dijo, abrazándola un poquito más de lo normal. Ella se sonrojó, pero le devolvió el abrazo, rozando su mano en su espalda. Yo sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y excitación.
Esto va a estar cabrón, pensé.
Nos sentamos en el sofá de piel, con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave, sensual. El tequila corría, las pláticas fluían de chismes a confesiones. "Yo siempre he soñado con un trio bisexual con esposa", soltó Carlos de repente, mirándome fijo. Mariana se mordió el labio, su piel morena brillando bajo la luz. "Yo también, wey. Pero hay que ir despacio, ¿no?". Su voz era ronca, como si ya sintiera el calor entre las piernas.
Yo me acerqué primero, besándola profundo, saboreando su lengua dulce con toques de tequila. Carlos nos veía, su respiración pesada. Mariana giró la cabeza y lo jaló hacia nosotros, besándolo con hambre. Qué rico ver a mi esposa así, entregada, pensé, mientras mi verga se ponía como piedra. Le bajé el vestido, exponiendo sus chichis perfectos, pezones duros como balas. Carlos gimió y los chupó, succionando fuerte, haciendo que ella arqueara la espalda. El sonido de su boca húmeda, chup chup, me volvía loco. Olía a sudor fresco, a deseo puro.
La llevamos a la recámara, alfombra suave bajo los pies. Mariana se quitó el vestido del todo, quedando en tanga roja que apenas cubría su concha depilada. "Desnúdense, cabrones", ordenó con esa autoridad juguetona que me encanta. Carlos y yo nos quitamos la ropa rápido, nuestras vergas saltando libres. La suya era gruesa, venosa, la mía más larga. Ella se arrodilló entre nosotros, nos miró con ojos de puta en calor. Mi esposa cachonda, lista para devorarnos.
Primero me la mamó a mí, tragándosela hasta la garganta, saliva chorreando por su barbilla. El calor de su boca, esa succión experta, me hacía jadear. Luego a Carlos, comparando con la lengua, gimiendo "qué ricas vergas". Él le metió los dedos en el pelo, follándole la boca suave. Yo la toqué por atrás, sintiendo su tanga empapada. La arranqué y metí dos dedos en su coño chorreante, caliente como lava, oliendo a sexo puro. Ella mugió con la verga en la boca, vibrando en Carlos.
La tensión subía como fiebre. Quiero verlos juntos, bisexual y todo, confesé en voz alta. Carlos sonrió pillo y se acercó a mí mientras Mariana nos miraba desde la cama, tocándose la clítoris hinchado. Nos besamos, torpe al principio, pero pronto con lengua, saboreando el tequila y su saliva. Su barba raspándome la cara, su verga dura contra la mía, frotándose. Qué chingón, esa fricción piel con piel, caliente, pegajosa de precum. Mariana jadeaba: "Sí, mis machos, póngansela dura".
La puse a ella en cuatro, su culo en pompa invitándome. Me la clavé despacio, sintiendo cada centímetro de su coño apretado envolviéndome, jugoso, resbaloso. "¡Ay, Javi, qué rico!", gritó, mientras Carlos se ponía enfrente para que se la mamara. El cuarto se llenaba de slap slap de mis huevos contra su clítoris, gemidos ahogados, olor a sudor y coño mojado. La follaba fuerte, viendo cómo su boca tragaba a Carlos entero. Él me miró: "¿Quieres probar?". Saqué mi verga chorreante de ella y se la metí a Carlos en la boca. Primera vez chupándome un wey, y qué pinche delicia, su lengua girando en mi glande sensible.
Cambiamos posiciones, la intensidad subiendo. Carlos se recostó y Mariana se sentó en su verga, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando. Yo me paré detrás, escupí en su ano apretado y se la metí despacio. Doble penetración, su culo virgen apretándome como puño. Ella chilló de placer: "¡Me están partiendo, cabrones! ¡No paren!". Sentía la verga de Carlos a través de la pared delgada, frotándose contra la mía en ese canal calientísimo. Gemíamos los tres, sudor goteando, pieles chocando con sonidos obscenos. El aire cargado de musk, de semen próximo.
La volteamos, ahora Carlos y yo la comíamos a la vez. Yo en su coño, él en su culo, turnándonos. Mariana temblaba, orgasmos en cadena, squirt chorreando por sus muslos. "¡Me vengo, pinches putos! ¡Sí!". Su concha se contraía, ordeñándome. Carlos gimió primero, sacándola y pintándole la cara de leche espesa, caliente. Yo la seguí, corriéndome dentro de su coño, chorros interminables, mezclados con sus jugos.
Caímos exhaustos en la cama king size, respiraciones agitadas, cuerpos pegajosos entrelazados. Mariana en medio, besándonos a los dos, su piel tibia y húmeda contra la mía. Carlos le acariciaba el pelo, yo su cadera. Esto fue más que sexo, fue conexión pura, pensé, mientras el olor a corrida y sudor nos envolvía como manta. "Fue el mejor trio bisexual con esposa de mi vida", murmuró ella, riendo bajito. Carlos asintió: "Órale, carnales, repetimos cuando quieran".
Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, pintando nuestras pieles doradas. Mariana dormía plácida entre nosotros, su mano en mi pecho. Yo sentía paz, excitación renovada en el alma. Mi esposa no solo es cachonda, es libre, y yo la amo más por eso. Carlos se despertó primero, nos sonrió y se fue con un "gracias, weyes". Quedamos solos, y follamos suave una vez más, sellando la noche con ternura.
Desde entonces, las noches son diferentes. Un guiño, una caricia, y recordamos esa fiebre compartida. El trio nos unió más, rompió cadenas invisibles. Y quién sabe, tal vez invite a Carlos de nuevo. Porque en el amor, carnal, todo vale si hay consentimiento y pasión.