Palabras con las Sílabas Tra Tre Tri Tro Tru
La fiesta en el depa de Polanco estaba en su mero mole. Luces tenues, reggaetón retumbando bajito, olor a tequila reposado y cigarros electrónicos flotando en el aire. Yo, Ana, andaba con mi shortcito negro ajustado y una blusa escotada que dejaba ver justo lo necesario. Me late este rollo de las noches locas con la banda, donde todo puede pasar sin pendejadas. Ahí estaba Marco, el wey alto con ojos cafés que brillan como luces de antro, platicando con unos cuates en la terraza. Lo vi y neta, mi cuerpo se erizó. Hacía meses que nos veíamos en estas pedas, pero nunca habíamos cruzado la línea.
Órale, Ana, no seas mensa, me dije mientras me acercaba con un caballito en la mano. —¡Qué onda, Marco! ¿Ya te armaste? —le grité por encima de la música. Él se volteó, sonrisa pícara, y me jaló pa' sentarnos en un sofá de piel suave. —Neta, este cuate me prende, pensé, sintiendo el calor de su muslo contra el mío.
La plática fluyó chida: de la chamba en la agencia de diseño, de lo culero que está el tráfico en Reforma, hasta que alguien gritó: —¡Vamos a un juego nuevo, cabrones! Palabras con las sílabas tra tre tri tro tru. El que no diga una, se quita prenda o toma shot. —Todos brincamos de emoción. Marco me miró con esa ceja arqueada. —¿Te animas, Ana? —Claro, wey, no soy gallina.
Empezamos. Yo tiré primero: —Tranquilo. Él: —Tren. Alguien más: —Tricolor. El juego se calentó rápido. —Trozo, —Trucha, —Trueno. Reíamos a carcajadas cuando uno se trababa. Marco se me acercó más, su aliento tibio con toques de mezcal rozándome la oreja. —Tu turno, preciosa —me susurró. Mi piel se puso de gallina. —Tremendo —dije, mirándolo fijo a los ojos. Él soltó una risita ronca: —Traer... como traerte a mi recámara.
El aire se cargó de electricidad. Cada palabra salía más lenta, más cargada. Yo sentía mi pulso acelerado, el sudor perlándome el cuello, bajando entre mis pechos.
¿Por qué carajos este juego me está poniendo caliente? Sus labios moviéndose con esas sílabas... imagínalos en mi piel.Perdió una morra y se quitó la blusa, quedando en bra. Todos silbaron, pero yo solo veía a Marco, su camiseta pegada al pecho musculoso por el calor de la noche.
La banda se dispersó un rato a la cocina por más chelas, dejándonos solos en el sofá. —Sigue el juego, ¿no? —dijo él, voz grave como trueno lejano. —Triunfo —respondí, rozando mi mano en su rodilla por "accidente". Él no se movió. —Trofeo —murmuró, y su dedo trazó una línea invisible en mi brazo, de la muñeca al hombro. El toque fue como fuego líquido, mi piel ardiendo bajo sus yemas callosas de tanto gym. Olía a su colonia amaderada mezclada con macho sudado, y mi nariz se llenó de eso mientras me inclinaba más.
—Tragar —susurré juguetona, pensando en lo que no dije. Sus ojos se oscurecieron. —Traes fuego, Ana. —Me jaló por la cintura, nuestros cuerpos pegándose. Sentí su dureza contra mi muslo, dura como piedra, y un jadeo se me escapó. Neta, este wey me va a volver loca. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, probando. Sabía a tequila dulce y sal de piel. La lengua suya invadió mi boca, explorando con hambre contenida, mientras sus manos bajaban a mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico.
Nos paramos tambaleantes, riendo bajito, y él me guió por el pasillo oscuro hacia su cuarto. La puerta se cerró con clic suave, aislando el ruido de la fiesta. La habitación olía a sábanas frescas y velas de vainilla que titilaban en la mesita. Me empujó contra la pared, besos fieros ahora, mordisqueando mi cuello. —Te quiero —gruñó entre dientes. Sus manos subieron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Los pezones se endurecieron al instante, y él los lamió, chupó, succionando hasta que gemí alto, arqueándome contra él.
Caímos en la cama king size, colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Le quité la playera, recorriendo con las uñas su abdomen marcado, sintiendo los músculos contraerse bajo mi tacto. —Qué chingón está este pendejo, pensé, mientras bajaba el zipper de sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con vida propia. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y él siseó: —Tranquila, mami. La lamí de abajo arriba, sabor salado y almizclado inundando mi boca. Él enredó dedos en mi pelo, guiándome suave, gimiendo ronco: —Sí, así... traga más.
Me volteó, quitándome el short y las tanguitas de encaje. Su boca bajó por mi vientre, besos húmedos dejando rastros brillantes. Cuando llegó a mi concha, ya estaba empapada, hinchada de deseo. Lamidas lentas al principio, lengua plana lamiendo mi clítoris, círculos perfectos que me hacían temblar. Olía mi propia excitación, dulce y cabezona, mezclada con su sudor. —¡Marco, no pares! —supliqué, caderas moviéndose solas. Metió dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, uñas clavadas en sus hombros, el placer subiendo como ola traicionera.
Lo jalé arriba, abriendo las piernas. —Cógeme ya, wey. Se puso encima, verga rozando mi entrada húmeda, lubricándonos mutuo. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, su peso sobre mí, pulsos latiendo juntos. Empezó a moverse, lento primero, salidas y entradas profundas que rozaban cada nervio. Sonidos obscenos: piel chocando piel, jugos chorreando, respiraciones jadeantes. Aceleró, embistes fuertes, cama crujiendo, sudor goteando de su frente a mi pecho.
Esas sílabas del juego... traéme más, trémulo de placer, tríptico de sensaciones, trozo a trozo de mí, trueno en mi vientre. El clímax me golpeó como rayo. Grité su nombre, concha apretándolo en espasmos, olas y olas rompiendo. Él se tensó, gruñendo animal, llenándome caliente, chorros profundos que prolongaron mi éxtasis.
Quedamos tirados, enredados en sábanas revueltas, corazones galopando. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en la frente. —Eso fue tremendo, murmuró. Yo reí bajito, cuerpo lánguido y satisfecho. —Palabras con las sílabas tra tre tri tro tru... quién iba a pensar que nos traería hasta aquí. Afuera, la fiesta seguía, pero nosotros en nuestro mundo, piel con piel, el aroma de sexo flotando dulce en el aire. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos invencibles.