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El Cartucho HP 62 Tri Color de Nuestra Pasión

7383 palabras

El Cartucho HP 62 Tri Color de Nuestra Pasión

Estaba en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas, pintando todo de un naranja chido que me ponía de buenas. Yo, Ana, sentada frente a mi escritorio, tratando de imprimir unas fotos que Marco y yo habíamos tomado en Acapulco. Esas donde salíamos en pelotas en la playa, riéndonos como pendejos, con el mar de fondo. Neta, quería hacer un álbum privado, algo solo para nosotros, para recordarnos lo cabrones que nos veíamos juntos.

El pinche impresora HP empezó a quejarse con un pitido agudo, como si estuviera enojado. Miré la pantalla: "Cartucho HP 62 tri color bajo". ¡No mames! Justo cuando iba chido. Marco, mi carnal desde hace dos años, andaba en la cocina preparando unos tacos de carnitas que olían a gloria, con ese aroma ahumado que me hacía agua la boca y me recordaba noches de desmadre.

Wey, ven pa'cá —le grité, con la voz un poquito ronca de anticipación—. Se jodió la impresora.

Él asomó la cabeza, con una sonrisa pícara que me derretía las tripas. Alto, moreno, con esos ojos cafés que parecían prometer travesuras. Se limpió las manos en el mandil y se acercó, rozándome el hombro al pasar. Su calor me erizó la piel, y sentí un cosquilleo bajito en el estómago.

¿Por qué cada vez que se acerca me pongo como fiambre? Es que huele a hombre, a sudor limpio mezclado con cilantro y limón.

—Déjame ver, nena —dijo, inclinándose sobre mí. Su aliento cálido en mi cuello me hizo cerrar los ojos un segundo. Agarró el cartucho viejo, ese HP 62 tri color todo gastado, con restos de cian, magenta y amarillo que brillaban bajo la luz.

Yo lo observaba, mordiéndome el labio. La forma del cartucho, larga y firme, me trajo a la mente ideas sucias. Si tan solo...

Marco abrió la impresora con un clic suave, y el aire fresco del cuarto se llenó del olor metálico de las piezas internas. Sacó el cartucho con cuidado, pero en el movimiento, un chorrito de tinta tri color salpicó su mano y la mía. Gotas vibrantes: azul intenso como el mar, rojo pasión como nuestras noches, amarillo soleado como su risa.

—Mira nomás qué desmadre —rió él, levantando la mano. Las manchas se extendían por su piel morena, haciendo patrones abstractos que parecían tatuajes eróticos.

Yo no pude resistir. Tomé su mano, acercándola a mi cara. El olor era dulce, químico pero tentador, como perfume prohibido. Lamí una gota de magenta de su dedo índice, saboreando el sabor amargo y metálico que se mezclaba con su sal natural.

¡Órale, Ana! ¿Qué vergas? —dijo, pero su voz salió ronca, ojos clavados en mis labios.

Me levanté despacio, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su pecho firme bajo la playera, el latido acelerado de su corazón contra mis tetas. —Prueba tú —susurré, untando un dedo en mi muñeca y ofreciéndoselo.

Él lo chupó lento, su lengua caliente rodeando mi piel, enviando chispas directo a mi entrepierna. Pinche calor, pensé, mientras mis bragas se humedecían. El cuarto se sentía más chico, el aire cargado de nuestro deseo, con el zumbido bajo de la impresora como banda sonora.

Esto es lo que amo de él: cómo un accidente tonto se convierte en fuego puro.

Sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra la mesa. Me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, saboreando la tinta compartida. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su espalda. Deslicé la mano por su pantalón, sintiendo su verga ya dura, palpitando como si quisiera explotar.

Nos movimos al sillón del rincón, tropezando un poco, riendo entre besos. Él me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis chichis al aire fresco. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo las manchas de tinta que había quedado, trazando caminos húmedos que me arqueaban la espalda. Olía a su colonia, a tinta, a sexo inminente.

—Estás cañona, mamacita —murmuró contra mi piel, mordisqueando un pezón. El placer era eléctrico, un tirón directo a mi clítoris que me hizo jadear.

Yo le bajé el pantalón, liberando su miembro grueso, venoso, con la cabeza brillando de pre-semen. Lo acaricié despacio, sintiendo cada vena bajo mis dedos, el calor que irradiaba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

Me recostó en el sillón, abriéndome las piernas con gentileza. Sus ojos devoraban mi panocha depilada, ya mojada y hinchada. —Qué chingona —dijo, antes de bajar la cabeza. Su lengua tocó mi clítoris como pluma, círculos lentos que me volvieron loca. Lamía con devoción, saboreando mis jugos salados, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo en mi punto G.

El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos altos, su respiración agitada. Olía a mi excitación almizclada, mezclada con el aroma de las carnitas olvidadas en la cocina. No aguanto más, pensé, tirando de su pelo para acercarlo.

Pero él se detuvo, juguetón. Agarró el cartucho nuevo HP 62 tri color de la mesa, aún en su empaque. —Vamos a jugar con esto —dijo con picardía, rompiendo el plástico. Untó un poquito de tinta fresca en mi muslo, trazando líneas coloridas hacia arriba.

Yo reí, excitada por la locura. —Eres un pendejo, pero el mejor.

Sus dedos, ahora manchados de tri color, exploraron mi interior, pintando mis paredes rosadas con toques vibrantes. El contraste sensorial era brutal: frío de la tinta contra mi calor, su toque firme. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas.

Finalmente, no más juegos. Se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada. —Dime si quieres, amor —preguntó, siempre atento, siempre respetuoso.

Sí, chingá ya —rogué, clavando mis talones en su culo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada: grueso, caliente, llenándome hasta el fondo. Nuestros cuerpos encajaban perfecto, piel sudada pegándose, colores de tinta manchándonos como arte vivo.

Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, building el ritmo. El sillón crujía bajo nosotros, mis tetas rebotando con cada golpe. Él sudaba, gotas cayendo en mi pecho, saladas al lamerlas. Aceleró, profundo, tocando mi cervix con cada thrust. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

Te amo, Ana —jadeó, besándome salvaje.

El orgasmo me golpeó como ola: contracciones fuertes, visión borrosa, grito ahogado en su boca. Él siguió, prolongando mi placer, hasta que gruñó y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, mezclándose con la tinta de nuestro juego.

Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando. El cuarto olía a sexo, tinta y tacos fríos. Él me acarició el pelo, besando mi frente.

Esto es lo nuestro: pasión en lo cotidiano, colores en lo gris.

Después, nos duchamos riendo, lavando las manchas. Volvimos a la impresora, instalamos el cartucho HP 62 tri color nuevo, y las fotos salieron perfectas: vibrantes, como nuestra vida. Marco me abrazó por detrás, sus manos en mi cintura. —Listo pa' más impresiones... o lo que sea.

Yo sonreí, sintiendo su dureza otra vez contra mi culo. Pinche vida chida.

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