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La Triada Ecológica del Deseo Sífilis

5715 palabras

La Triada Ecológica del Deseo Sífilis

En las profundidades de la selva chiapaneca, donde el aire huele a tierra húmeda y flores silvestres, conocí a la triada ecológica de sífilis. No era una enfermedad lo que nombraba, sino el apodo juguetón que ellas mismas se daban: tres mujeres guardianas de la naturaleza, con curvas que evocaban las lianas retorcidas y piel morena como la corteza de los ceibos. Ana, la líder, con ojos verdes como hojas nuevas; Luisa, la sensual con labios carnosos que prometían miel; y Carla, la traviesa, de risa contagiosa como el viento entre las ramas. Yo, un fotógrafo nómada, había llegado al campamento ecológico huyendo del bullicio citadino, buscando capturar la esencia pura del trópico.

El sol se filtraba en rayos dorados a través del dosel, mientras el zumbido de insectos y el canto de guacamayas llenaba el ambiente. ¿Qué carajos hago aquí, pendejo?, pensé, ajustando mi cámara. Mi piel sudaba bajo la camisa pegajosa, el olor a sudor mezclado con el almizcle de la jungla me ponía nervioso. Entonces las vi: las tres saliendo del río, agua chorreando por sus cuerpos desnudos, pechos firmes brillando bajo la luz moteada, caderas anchas que se mecían con gracia felina. Ana me miró primero, su sonrisa pícara. "

Órale, güey, ¿vienes a cazar fotos o a perderte en nuestra selva?
" dijo, secándose el cabello negro azabache.

Me quedé pasmado, el corazón latiéndome como tambor chamánico. Esa noche, alrededor de la fogata, el crepitar de la leña y el aroma ahumado nos envolvió. Compartimos pulque fermentado, dulce y viscoso en la lengua, que aflojó mis inhibiciones. Luisa se acercó, su mano rozando mi muslo, piel cálida y suave como pétalos de bugambilia. "

La triada ecológica de sífilis somos nosotras,
" susurró Carla, guiñando un ojo. "
Agente, huésped y ambiente... pero en versión caliente. Tú eres el huésped perfecto.
" Reímos, pero el aire se cargó de electricidad. Sentí mi verga endurecerse bajo los shorts, el pulso acelerado ante su proximidad.

El comienzo fue sutil, como el rocío matutino. Ana me tomó de la mano, llevándome a su choza de palma, donde el olor a madera fresca y jazmín silvestre impregnaba todo. Las tres entraron conmigo, sus cuerpos rozándome, pechos presionando mi espalda, nalgas firmes contra mis caderas. Esto es un sueño cabrón, internalicé, el aliento caliente de Luisa en mi cuello enviando escalofríos. Se desvistieron lento, revelando senos oscuros con pezones erectos como botones de cacao, vientres planos surcados por gotas de sudor que yo lamí con avidez, salado y dulce a la vez.

Ana se arrodilló primero, sus labios envolviendo mi miembro hinchado, lengua experta girando como espiral de enredadera. El sonido húmedo de succión, chup chup, resonaba en la choza, mezclado con mis gemidos roncos. "

¡Ay, wey, qué rico!
" exclamé, manos enredadas en su melena. Luisa y Carla se besaban a mi lado, lenguas danzando, manos explorando coños húmedos, dedos hundiéndose con squish squish jugoso. El olor a excitación femenina, almizclado y embriagador, me volvía loco. Toqué a Luisa, su clítoris hinchado pulsando bajo mi pulgar, ella arqueándose con un "
¡Sí, cabrón, así!
".

La tensión crecía como tormenta tropical. Cambiamos posiciones en el colchón de hojas secas, crujiente bajo nuestros cuerpos entrelazados. Carla montó mi cara, su coño depilado rozando mi boca, jugos calientes inundándome la lengua, sabor ácido y dulce como tamarindo maduro. Lamí con furia, nariz enterrada en su pubis aromático a sudor y selva. Ana cabalgaba mi polla, paredes vaginales apretadas ordeñándome, subiendo y bajando con ritmo hipnótico, tetas rebotando, slap slap contra mi pecho. Luisa se masturbaba viéndonos, dedos brillando de humedad, gimiendo "

¡Métela más hondo, amorcita!
".

Mi mente era un torbellino: deseo puro, conexión con la tierra, estas diosas ecológicas me consumían. Sudor goteaba de todas partes, pieles resbaladizas chocando, sonidos de carne contra carne, jadeos ahogados por la humedad opresiva. Rotamos: yo penetrando a Luisa por detrás, su culo redondo abriéndose para mí, apretado y caliente, mientras ella lamía el coño de Carla y Ana me besaba, lengua invadiendo mi boca con sabor a pulque y sexo. El clímax se acercaba, pulsos sincronizados como latidos de la jungla.

En el pico de la escalada, la triada me rodeó. Ana debajo, yo embistiéndola profundo, Carla y Luisa succionando mis bolas, lenguas jugueteando. "

¡Córrete con nosotras, huésped!
" gritó Ana. El orgasmo explotó como volcán, semen caliente brotando en chorros dentro de Ana, mientras ellas temblaban en cadena, coños contrayéndose, chorros de squirt mojando todo, olor penetrante a orgasmo colectivo. Gritos primal: "
¡Aaaah, chingao! ¡Sí, sífilis ecológica pura!
"

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones entrecortadas calmándose al unísono con el coro de grillos nocturnos. El afterglow era paz absoluta: pieles pegajosas enfriándose, besos suaves, risas compartidas. Ana trazó círculos en mi pecho. "

La triada ecológica de sífilis te ha marcado para siempre, güey.
" Luisa y Carla asintieron, cuerpos acurrucados. Sentí renacer, parte de este ciclo natural de placer infinito, pensé, mientras el aroma a sexo y selva nos arrullaba al sueño.

Al amanecer, con el sol besando nuestras desnudeces, supe que regresaría. La selva no solo guardaba secretos verdes, sino pasiones eternas en su triada.

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