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Tríada de Parálisis de Bell

6138 palabras

Tríada de Parálisis de Bell

Me llamo Ana, y hace una semana mi vida dio un vuelco cabrón. Desperté con la mitad de la cara tiesa como máscara de lucha libre, el ojo medio cerrado y un pinche dolor en el oído que no me dejaba ni escuchar mi propia respiración. El doc me dijo que era parálisis de Bell, y para colmo, mencionó algo de la tríada: parálisis facial, dolor retroauricular y esa chingadera de pérdida del gusto en la lengua. Neta, me sentía como pendeja, mirando el espejo y viendo mi sonrisa chueca, pensando que ya valí, que ningún wey me iba a voltear a ver así. Pero México es chido, y en la colonia Roma, donde vivo, las cosas siempre se ponen intensas de la noche a la mañana.

Conocí a Marco y Luisa en un cafecito hipster de la Álvaro Obregón. Ellos son pareja abierta, bien liberados, tipo que te miran con ojos que te calientan el alma. Marco, moreno, con tatuajes que se asoman por la camisa y una sonrisa que promete travesuras; Luisa, güerita chilanga con curvas que matan y un tatuaje de calaverita en la nalga que me confesó después. Charlamos de la vida, de cómo el estrés me había jodido la cara, y de repente Luisa suelta: "Wey, eso de la tríada de parálisis de Bell suena a reto. ¿Y si lo convertimos en juego?" Me quedé pasmada, pero su mano en mi muslo bajo la mesa me hizo sentir un cosquilleo que ni la parálisis apagaba.

Esa noche terminamos en su depa, un loft con vista a los jacarandas y olor a incienso de copal que flotaba en el aire. El corazón me latía como tamborazo zacatecano, mezcla de nervios y morbo. "

¿Y si no les gusto así, chueca?
" pensé, mientras me quitaba la blusa. Pero Marco se acercó, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a tequila reposado y tabaco. "Nena, estás cañona", murmuró, y sus labios rozaron mi mejilla caída, suave como pluma, haciendo que el músculo tieso se estremeciera por primera vez en días.

Luisa se pegó por atrás, sus tetas firmes contra mi espalda, manos expertas desabrochando mi brasier. El cuarto olía a sus perfumes mezclados: jazmín y vainilla, con ese toque salado de sudor anticipado. Me guiaron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Empezaron despacio, como sabiendo que mi cuerpo pedía ternura. Marco besó mi oreja dolorida, chupando el lóbulo con lengua húmeda, enviando ondas de placer que ahogaban el pinche dolor. "Esto es por la tríada, mi amor", dijo Luisa riendo bajito, su voz ronca como mariachi en la madrugada.

Me recostaron, y sentí sus cuerpos envolviéndome, una tríada perfecta de carne y deseo. Marco se hincó entre mis piernas, abriéndolas con manos callosas de quien trabaja con las suyas. Su barba raspaba mis muslos internos, áspera y deliciosa, mientras su nariz rozaba mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado. "Hueles a mujer en celo, Ana", gruñó, y su lengua plana lamió mi clítoris hinchado, lento, como sorbiendo mezcal. Grité, o intenté, porque la parálisis torcía mi boca, pero el sonido salió gutural, animal, vibrando en mi pecho.

Luisa se trepó sobre mi cara, su coño depilado rozando mis labios. "Prueba mi sabor, nena, recupera ese gusto perdido", susurró. Incliné la cabeza buena, lengua extendida, saboreándola: salada, dulce como mango maduro, con ese toque ácido de excitación. Lamí sus labios mayores, succioné el clítoris rosado que palpitaba, y ella gimió, "¡Ay, cabrón, qué rica!" Sus jugos me empaparon la barbilla, resbalando por mi cuello, y por primera vez senté el gusto vivo, intenso, rompiendo la tríada de mierda que me tenía jodida.

El ritmo subió, gradual, como cumbia que acelera. Marco metió dos dedos en mí, curvados hacia arriba, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Sudábamos, pieles pegajosas, olor a sexo crudo llenando el aire, como taquería en hora pico pero mil veces más adictivo. Luisa se mecía en mi boca, caderas girando, sus nalgas rebotando contra mi frente. "

Esto es la neta, me están volviendo loca de gusto
", pensé, mientras mi cuerpo se arqueaba, ignorando la cara tiesa.

Marco se quitó el bóxer, su verga gruesa, venosa, saltando libre, goteando pre-semen que olía a macho puro. Se posicionó, frotándola contra mi entrada empapada. "¿Lista para la tríada completa, reina?" preguntó, ojos clavados en los míos. Asentí, el corazón retumbando. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. El roce de su pubis contra mi clítoris fue eléctrico, y grité contra el coño de Luisa, vibraciones que la hicieron convulsionar.

Ahora sí, la intensidad explotó. Marco embestía rítmico, bolas golpeando mi culo, sonido slap-slap que resonaba. Luisa se corrió primero, chorro caliente en mi boca, cuerpo temblando como hoja en tormenta. "¡Me vengo, pendejos!" chilló, chilango puro. Yo la seguí, olas de placer paralizándome no la cara, sino todo el cuerpo: músculos contraídos, visión borrosa, gusto inundado por su esencia. Marco aceleró, gruñendo, "Ana, chingas como diosa", y se vació dentro, semen caliente pintando mis paredes, desbordando.

Colapsamos en un enredo de extremidades, pechos agitados, pieles brillantes de sudor y fluidos. El aire olía a orgasmo colectivo, espeso, embriagador. Marco besó mi mejilla paralizada, suave, y Luisa lamió mis labios, saboreando su propio gusto en mí. "La tríada de parálisis de Bell ya fue, mi amor. Ahora es tríada de placer puro", dijo él, riendo.

Al día siguiente, miré el espejo: la cara seguía chueca, pero el ojo parpadeaba mejor, el dolor se había ido, y el gusto... ay, el gusto volvía con cada sorbo de café. No sé si fue placebo o qué, pero supe que el deseo cura más que cualquier pastilla. Marco y Luisa me invitaron a más noches, y yo, con una sonrisa a medias pero corazón entero, dije "Órale, carnales, vámonos con todo". La vida en México es así: de la paralización al éxtasis en un pestañeo.

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