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Para Que Sirven Las Inyecciones De Bedoyecta Tri En La Piel Ardiente

6525 palabras

Para Que Sirven Las Inyecciones De Bedoyecta Tri En La Piel Ardiente

Estaba hecho un pendejo cansado esa tarde en el depa de Coyoacán. El pinche trabajo en la oficina me había dejado como trapo viejo, con los hombros caídos y esa flojera que te hace querer meterte bajo las cobijas y no salir. Ana, mi morra, entró al cuarto con esa sonrisa pícara que siempre me pone la piel chinita. Llevaba una jeringa en la mano, brillante bajo la luz del atardecer que se colaba por las cortinas de lino.

Órale, carnal, ¿qué traes ahí? le pregunté, medio recargado en la cabecera de la cama king size que compramos en Tlalpan.

Ella se rio bajito, ese sonido ronco que me eriza los vellos de la nuca. Las inyecciones de Bedoyecta Tri, mi rey. Para que sirven las inyecciones de Bedoyecta Tri, ¿no sabes? Te van a dar un chingo de energía, como si te hubieran enchufado a la luz. Vas a ver cómo te pones como toro en celo.

Me quedé mirándola, con el corazón latiéndome un poquito más rápido. Ana trabajaba en una farmacia de la colonia Roma, de esas chidas donde venden todo tipo de vitaminas y remedios caseros. Siempre andaba experimentando con su cuerpo y el mío, pero esto era nuevo. El aire olía a su perfume de jazmín mezclado con el café de olla que acababa de preparar en la cocina. Me quité la playera, dejando al aire mi pecho moreno, y ella se acercó con pasos lentos, contoneando las caderas en ese short de mezclilla que le marca el culo perfecto.

Se sentó a mi lado en la cama, el colchón hundiéndose suave bajo su peso. Su mano tibia rozó mi brazo, enviando chispas por mi piel. Relájate, güey. Es B12, B1, B6... pura vitamina para que te levantes con todo. Neta, te va a volar la cabeza. Desinfectó mi nalga con alcohol, el frío del algodón contrastando con el calor de su aliento cerca de mi oído. Sentí la aguja pinchar, un piquetito rápido, y luego el líquido fresco entrando en mi músculo. No dolió, al contrario, fue como un beso secreto.

Al principio no sentí nada. Solo su cuerpo pegado al mío, sus tetas suaves presionando mi espalda mientras me daba un masajito en el hombro.

¿Y si de plano no funciona? ¿Y si sigo siendo el mismo vato flojo?
pensé, pero su olor a crema de coco me distrajo. Ella se recostó conmigo, sus piernas enredándose con las mías, y empezamos a platicar pendejadas sobre el día. Minutos después, algo cambió. Un calorcito empezó en mi nalga, subiendo como fuego lento por mi columna, ramificándose a mis brazos, mi pecho, hasta llegar a mi verga que se despertó de golpe, dura como piedra.

¡Mira nomás! Ya se nota el efecto, murmuró Ana, deslizando su mano por mi abdomen, bajando hasta rozar el bulto en mis bóxers. Su voz era miel caliente, y yo ya no podía pensar claro. El cuarto se sentía más vivo: el zumbido del ventilador en el techo, el tráfico lejano de la avenida, el sabor salado de su cuello cuando lo besé. La besé con hambre, nuestras lenguas enredándose como si no hubiera mañana. Sus labios sabían a chicle de tamarindo, dulce y ácido, perfecto para mi boca sedienta.

La volteé boca arriba, quitándole el short con urgencia. Su piel bronceada brillaba bajo la luz ámbar, y el olor de su excitación llegó hasta mí, ese aroma almizclado que me vuelve loco. ¿Sientes eso, amor? Las Bedoyecta te pusieron a mil, jadeó ella, arqueando la espalda mientras yo lamía su ombligo, bajando despacio por su monte de Venus. Sus muslos temblaban bajo mis manos, suaves como seda caliente, y cuando metí la lengua en su coño húmedo, ella gritó mi nombre con esa voz ronca que me hace perder el control.

La chupé lento al principio, saboreando cada gota de su néctar salado, sintiendo cómo su clítoris se hinchaba contra mi lengua. Ella se retorcía, clavándome las uñas en el pelo, ¡Ay, cabrón, no pares! ¡Así, justo ahí! El calor en mi cuerpo era eléctrico, cada roce multiplicado por diez. Mi verga palpitaba, goteando pre-semen, rogando por entrar en ella. Pero esperé, construyendo la tensión, lamiendo sus labios mayores, chupando suave hasta que sus caderas se levantaron en espasmos, corriéndose con un gemido largo que llenó el cuarto.

Me subí encima, nuestras pieles sudadas pegándose con un chap húmedo. Ella me miró con ojos vidriosos, Ahora te toca a ti, métemela toda. La penetré de un solo empujón, su coño apretado envolviéndome como guante caliente y mojado. Era puro fuego: el sonido de carne contra carne, slap-slap-slap rítmico; el olor a sexo crudo mezclándose con su perfume; el gusto de sus tetas en mi boca, pezones duros como caramelos. La embestí fuerte, profundo, sintiendo cada vena de mi verga rozando sus paredes internas.

Esto es lo que sirven las inyecciones de Bedoyecta Tri, carajo. Energía pura para follar como animales
, pensé mientras ella me arañaba la espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona salvaje, sus nalgas rebotando contra mis muslos. Sus tetas saltaban hipnóticas, y yo las amasaba, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar. El sudor nos chorreaba, goteando en mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí de su piel.

La tensión crecía como tormenta: mis bolas apretadas, su coño contrayéndose alrededor de mi pija. ¡Me vengo otra vez, Marco! ¡Dámelo todo! rugió ella, y yo no aguanté más. La volteé a cuatro patas, agarrándola por las caderas, follando con furia primitiva. El cuarto olía a nosotros, a pasión desatada, y cuando exploté, fue como un volcán: chorros calientes llenándola, mi cuerpo temblando, pulsando dentro de ella mientras ella se corría conmigo, ordeñándome hasta la última gota.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, el aire pesado con nuestro aroma. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún latía como tambor. El calor de la Bedoyecta se desvanecía lento, dejando una paz profunda. Ves, mi amor, para qué sirven las inyecciones de Bedoyecta Tri. No solo para el cuerpo, sino para revivir el alma... y la noche, susurró ella, besándome el pecho.

Me reí bajito, acariciando su cabello negro sedoso. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí dentro éramos reyes en nuestro mundo. Esa inyección no solo me dio energía; nos unió más, recordándonos que el deseo siempre puede renacer con un piquetito de magia mexicana. Y mientras el sol se ponía, supe que repetiríamos pronto.

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