El August Ames Trio Ardiente
Era una noche calurosa en mi depa de Polanco, con el aire cargado de ese olor a jazmín que subía desde el jardín de abajo. Yo, Alex, acababa de llegar de un día pesado en la oficina, y ahí estaban ellas: Carla, mi morra de ojos verdes y curvas que me volvían loco, y su cuate Luna, esa chava tetona de piel morena que siempre andaba con shorts tan cortos que dejaban ver todo. Habíamos quedado de echarnos unas cheves frías y ver una película, pero neta, el ambiente ya pintaba para algo más caliente.
¿Y si ponemos algo pa' ponernos cachondos de una vez? —dijo Carla con esa voz ronca que me erizaba la piel, mientras se recargaba en mi hombro, su aliento oliendo a menta y tequila.
Luna soltó una carcajada juguetona. ¡Órale, carnal! ¿Qué traes en mente? ¿Un August Ames trio o qué? El nombre salió así de la nada, como si el universo nos lo hubiera puesto en la lengua. Yo ya había visto ese video legendario: August Ames, esa diosa canadiense con tetas perfectas y un culo que hipnotizaba, en un trío que te dejaba la verga dura por días. Neta, era el pinche santo grial del porno.
Encendí la tele, busqué en el sitio de siempre, y ahí estaba: August Ames Trio. Las luces bajaron, el cuarto se llenó del zumbido del ventilador y el pop del corcho de otra chela. Nos apretujamos en el sofá de piel suave, yo en medio, con Carla a un lado frotando su muslo contra el mío y Luna al otro, su mano rozándome el brazo como por accidente. El video empezó: August en el centro, dos tipos lamiéndole el cuerpo como si fuera miel. El sonido de sus gemidos bajos, moans que se sentían en el pecho, y el slap de piel contra piel. Olía a su perfume mezclado con el mío, un aroma dulzón que ya me tenía la sangre hirviendo.
Carla se mordió el labio, su mano bajando despacito por mi pecho. Mira cómo lo hace esa pinche August, wey. Neta me dan ganas de... No terminó la frase, pero su mirada lo decía todo. Luna, más directa, se inclinó y me susurró al oído: ¿Y si lo recreamos, pendejo? Tú eres el afortunado en el medio. Su aliento caliente me erizó los vellos de la nuca, y sentí su lengua rozándome el lóbulo. El corazón me latía como tamborazo en fiesta, el pulso acelerado en las sienes.
Acto uno del deseo: la tensión inicial. Pausamos el video justo cuando August se arrodillaba, sus labios carnosos envolviendo una verga gruesa. Carla se giró hacia mí, sus ojos brillando con picardía mexicana pura. Me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, saboreando a sal y deseo. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho, pezones duros como piedritas bajo la blusa delgada. Luna no se quedó atrás; sus dedos juguetones bajaron a mi pantalón, desabrochando el botón con maestría. ¡Ay, cabrón, ya estás listo! exclamó riendo, mientras sacaba mi verga tiesa, palpitante al aire fresco del cuarto.
El olor a excitación empezó a flotar: ese almizcle dulce de conchas mojadas y vergas ansiosas. Me recargué, dejando que ellas tomaran el control. Carla se quitó la blusa, liberando sus chichis firmes, oscuros pezones pidiendo atención. Los chupé con ganas, sintiendo su sabor salado en la lengua, mientras ella gemía bajito, ¡Sí, así, mi amor! Luna, ya en bra topless, se unió, lamiendo mi cuello, su piel suave y cálida contra la mía. Tocábamos todo: muslos sudorosos, culos redondos, el roce eléctrico de dedos explorando.
Esto es mejor que el August Ames trio, neta —pensé, mientras el calor subía como fiebre.
La cosa escaló en el sofá, que crujía bajo nuestro peso. Carla se puso de rodillas primero, imitando a la estrella del video. Su boca caliente envolvió mi verga, succionando con fuerza, lengua girando alrededor del glande. El sonido era obsceno: slurps húmedos, jadeos ahogados. Luna se masturbaba a un lado, dedos hundiéndose en su panocha empapada, el olor a sexo invadiendo todo. ¡Ven, chúpame tú! —me ordenó, subiéndose al sofá y abriendo las piernas. Su concha rosada brillaba de jugos, clítoris hinchado. La lamí despacio, saboreando su dulzor ácido, mientras ella tiraba de mi pelo y gritaba ¡Qué rico, wey!
Intercambiamos posiciones como en el video. Yo en el centro, verga dura como acero. Carla se sentó en mi cara, su culo aplastándome la nariz, olor a sudor y excitación pura. La comí con furia, lengua metiéndose profundo, mientras Luna montaba mi polla. Su interior apretado, caliente, me exprimía como puño de terciopelo. El slap de sus nalgas contra mis muslos, el gemido sincronizado: ¡Ay, Dios! ¡Más fuerte! Sudor nos pegaba la piel, resbaladizo y salado al lamerlo. Sentía sus pulsos acelerados, corazones latiendo al unísono con el mío.
El clímax se acercaba, pero no queríamos acabar rápido. Bajamos al piso, alfombra mullida bajo rodillas. Carla y Luna se besaron frente a mí, lenguas enredadas, manos en tetas ajenas. Eres tan rica, amiga —murmuró Carla, dedos pellizcando pezones. Yo las penetré alternando: primero Luna por atrás, su culo rebotando, gritando ¡Métemela toda, cabrón! Luego Carla, abierta de piernas, uñas clavándose en mi espalda dejando marcas ardientes. El olor era intenso: semen preeyaculatorio, jugos vaginales, perfume evaporado en sudor.
Esto es el verdadero August Ames trio, pero nuestro, mexicano y salvaje —me repetía en la cabeza, mientras la tensión crecía como volcán.
La intensidad psicológica pegaba duro. Carla confesó entre jadeos: Siempre quise esto, compartirte con ella. Me hace sentir viva, poderosa. Luna, empalada en mí, respondió: Y yo, ver cómo nos miras como si fuéramos diosas. ¡Neta, órale! Sus palabras me encendían más, el ego inflado, el deseo mutuo tejiendo lazos invisibles. Tocábamos, lamíamos, follábamos con ritmo creciente: lento a medio a frenético. Pieles chocando, alientos entrecortados, el ventilador revolviendo mechones sudorosos.
El release llegó como tsunami. Luna primero, convulsionando alrededor de mi verga, chorros calientes mojando todo. ¡Me vengo, pinche verga! gritó, cuerpo temblando. Carla se unió, frotando su clítoris contra mi muslo, ojos en blanco de placer. Yo no aguanté: saqué la verga y eyaculé en chorros espesos sobre sus tetas, semen caliente goteando, olor almizclado fuerte. Ellas se lamieron mutuamente, saboreando el resto, besos pegajosos y satisfechos.
Nos derrumbamos en un enredo de miembros laxos, respiraciones calmándose. El cuarto olía a sexo consumado, pieles pegajosas enfriándose. Carla acurrucada en mi pecho, Luna con la cabeza en mi regazo, dedos trazando lazy círculos. Mejor que cualquier video —suspiró Carla, besándome la clavícula.
El August Ames trio nos abrió la puerta, pero esto fue nuestro paraíso —pensé, mientras el afterglow nos envolvía como manta suave.
Nos quedamos así, riendo bajito de lo chido que había sido, planeando la próxima. La noche terminó con cheves tibias y promesas susurradas, el deseo no apagado, solo pausado para más.