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El Tri Somos La Raza Mas Chida En Calor De Pasion

8012 palabras

El Tri Somos La Raza Mas Chida En Calor De Pasion

El rugido de la multitud me erizaba la piel mientras las luces del Auditorio Nacional parpadeaban como estrellas locas. Era una noche de esas que solo un concierto de El Tri puede armar: puro desmadre, cerveza fría en la mano y el olor a sudor mezclado con el humo de los cigarros que flotaba en el aire. Yo, un morro de veintiocho tacos, de esos que crecieron oyendo Triste canción de amor en la radio de mi jefa, estaba en el mero centro del mosh pit, gritando a todo pulmón: ¡El Tri somos la raza más chida!

El bajo retumbaba en mi pecho como un corazón acelerado, y el solo de guitarra de Álex Lora me ponía la piel de gallina. Ahí, entre el mar de playeras verdes y chamarras de cuero, la vi. Una chava de curvas que quitaban el hipo, cabello negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban con la misma fiereza que la mía. Llevaba una falda corta que se pegaba a sus muslos por el calor, y una blusa escotada que dejaba ver el tatuaje de una calavera azteca entre sus chichis. Bailaba como si el mundo se acabara esa noche, moviendo las caderas al ritmo de Abuso de autoridad.

¿Qué wey, esta morra está cañona, neta. Si no le hablo, me voy a arrepentir toda la vida.

Me abrí paso entre la gente, sintiendo codazos y risas, hasta llegar a su lado. Nuestros cuerpos chocaron en el slam, y ella se giró con una sonrisa pícara. ¡Órale, carnal! ¡El Tri somos la raza más chida! gritó ella, alzando su chela. Yo le seguí el rollo, chocando mi botella contra la suya. El vidrio frío contra mi palma sudada, el espuma que salpicó mi camiseta. Olía a ella: perfume dulce con un toque de vainilla y algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Nos quedamos pegados el resto del show. Sus caderas rozaban las mías al bailar, y cada vez que Álex soltaba un grito, ella se apretaba más contra mí. Sentía el calor de su espalda a través de la tela fina, sus nalgas firmes presionando mi entrepierna. Mi verga ya empezaba a despertar, latiendo con el ritmo de la batería. ¡Pura sangre mexicana, wey! me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y limón. Yo solo asentí, con la garganta seca, imaginando cómo sabría su boca.

Cuando bajaron el telón, el auditorio era un volcán a punto de estallar. La gente coreaba el himno final, y ella me jaló de la mano. Vámonos de aquí, antes de que nos aplasten. Soy Laura, ¿y tú? Su voz ronca por los gritos, pero suave como terciopelo. Rodolfo, pero llámame Fito, como el compa Lora. Salimos a la calle, el aire fresco de la noche en CDMX nos golpeó como una bendición. Las luces de los coches zumbando, el olor a elotes asados de los vendedores ambulantes. Caminamos hasta un Oxxo cercano, compramos chelas frías y nos sentamos en la banqueta, riéndonos de lo chido que estuvo el pedo.

Ahí empezó lo bueno. Hablamos de todo: de cómo El Tri nos hacía sentir invencibles, de la raza que no se raja, de tatuajes y noches locas. Su mano rozó mi muslo "sin querer", y el toque fue eléctrico, como un chispazo.

Neta, esta chava me va a volver loco. Sus ojos me comen vivo.
Yo le conté de mi trampa en Polanco, un depa chido con vista al Castillo, y ella aceptó la invita sin pensarlo dos veces. ¡Simón, vamos a seguir la fiesta! Somos la raza más chida, no nos rajamos.

En el Uber, el camino se hizo eterno y corto a la vez. Sus dedos jugaban con los míos, y de pronto su boca estaba en mi cuello, lamiendo el sudor salado. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me ponía la cabeza a mil. Llegamos al depa, subimos las escaleras tropezando de la risa y las besos robados. La puerta se cerró con un clic, y ya estábamos solos.

Acto dos: el fuego se aviva. La jalé hacia mí en la sala, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. Sus labios eran suaves, carnosos, sabían a chela y a deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron en un baile húmedo, mientras mis manos exploraban su espalda, bajando hasta apretar esas nalgas redondas. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho. Qué rico besas, Fito. Neta, los mexicanos somos los mejores en esto.

Le quité la blusa despacio, revelando sus chichis perfectos, pezones oscuros ya duros como piedras. Los lamí, succioné, sintiendo su piel cálida y suave bajo mi lengua, el sabor salado de su sudor. Ella arqueó la espalda, clavándome las uñas en los hombros. ¡Ay, wey, no pares! ¡El Tri somos la raza más chida, carajo! Su voz entrecortada, jadeos que llenaban el cuarto.

Esto es el paraíso. Su cuerpo se siente como hecho para el mío, curvas que encajan perfecto.

La llevé al sillón, la recosté y le subí la falda. Sus panties negros estaban empapados, el olor a su coño mojado me invadió las fosas nasales, dulce y embriagador. Se los quité con los dientes, besando sus muslos internos, temblorosos. Mi lengua encontró su clítoris hinchado, lo rodeé despacio, saboreando sus jugos calientes y salados. Laura se retorcía, sus manos en mi pelo, empujándome más profundo. ¡Chíngame con la boca, cabrón! ¡Qué chido se siente! Gemía alto, sin pena, mientras su cuerpo se convulsionaba en el primer orgasmo. Sentí sus paredes internas pulsando contra mi lengua, el chorro caliente que mojó mi barbilla.

Pero yo quería más. Me paré, me quité la ropa a la brava, mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, se arrodilló y la tomó en su boca. Caliente, húmeda, su lengua girando alrededor del glande, chupando con fuerza. El sonido de su succión, slurp slurp, mezclado con mis gruñidos. ¡Qué rica boca tienes, Laura! ¡Puro fuego mexicano! La cogí del pelo suave, follándole la boca despacio, sintiendo su garganta apretarme.

No aguanté más. La cargué al cuarto, la tiré en la cama king size. Sus piernas se abrieron como invitación, su coño rosado y brillante. Me puse un condón –siempre seguro, wey– y me hundí en ella de un solo empujón. ¡Qué delicia! Apretada, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empecé a bombear lento, sintiendo cada centímetro rozar sus paredes, el slap slap de piel contra piel. Ella clavaba las uñas en mi espalda, arañando, gritando: ¡Más duro, Fito! ¡Somos la raza más chida, no nos rajamos!

Aceleré, el sudor nos unía, goteando entre sus chichis. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, sus caderas girando, pechos rebotando. Yo los amasaba, pellizcando pezones, mientras su coño me ordeñaba. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle y sudor. Sus gemidos subían de tono, mi verga hinchándose más.

Ya mero, carnal. Esto va a explotar.

La puse a cuatro patas, admirando su culo perfecto. La embestí desde atrás, profundo, golpeando su clítoris con cada estocada. Ella se venía otra vez, chillando, su coño contrayéndose como puño. Yo no pude más: un rugido gutural, y descargué todo dentro del condón, pulsos interminables de placer que me dejaron temblando.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, el latido de mi corazón calmándose poco a poco. El aroma a nuestros cuerpos mezclados, el sabor de sus besos post-sexo. Neta, Fito, eso estuvo de lujo. El Tri nos unió, y somos la raza más chida. Yo la abracé, riendo bajito.

Esta noche no la olvido. Pura pasión mexicana, sin frenos.

Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando pendejadas, planeando el próximo concierto. El sol entró por la ventana, tiñendo su piel de oro. Ella se fue con un beso largo, prometiendo volver. Y yo, solo en la cama, aún sintiendo su calor fantasma en mi piel, supe que El Tri somos la raza más chida. En la música, en la vida, en el amor carnal.

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