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El Chico de Onda de El Tri

6907 palabras

El Chico de Onda de El Tri

La noche en el antro rockero de la Condesa estaba que ardía. El humo de los cigarros se mezclaba con el olor a cerveza fría y sudor fresco, mientras la rola de El Tri retumbaba en los parlantes. "Abuso" sonaba a todo volumen, y el piso vibraba bajo mis tacones. Yo, con mi falda corta negra y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente, me movía al ritmo, sintiendo el calor de los cuerpos a mi alrededor. Hacía meses que no salía así, libre, sin preocupaciones del pinche trabajo de oficina.

De repente, lo vi. Alto, moreno, con una camiseta raída de El Tri que se pegaba a sus pectorales por el sudor. Tenía el pelo largo atado en una coleta desprolija, y una sonrisa pícara que gritaba chico de onda. Bailaba solo, pero con esa soltura que hace que todas las morras volteen. Neta, era el chico de onda de El Tri hecho carne. Sus ojos se cruzaron con los míos, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la guitarra de Alex Lora me estuviera rasgando por dentro.

¿Y si me acerco? ¿Y si esta noche es la buena para soltarme?

Me armé de valor y caminé hacia él, contoneándome al ritmo. El aire estaba cargado de ese olor a cuero y colonia barata que me volvía loca. "¿Qué onda, wey? ¿Fan de la banda?", le grité por encima de la música. Él se rio, mostrando dientes blancos y perfectos. "¡Neta que sí, morra! ¿Tú también?". Su voz era grave, ronca como un solo de guitarra. Me tendió la mano, y cuando la tomé, su piel cálida y áspera me envió una descarga eléctrica directo al centro.

Acto uno: la chispa. Nos pusimos a platicar entre rolas. Se llamaba Raúl, tocaba la guitarra en un grupo tributo a El Tri, y vivía por la onda rockera mexicana. "Soy el chico de onda de El Tri, ¿sabes? Siempre listo pa'l desmadre", me dijo guiñándome el ojo. Yo le conté de mi vida aburrida, de cómo extrañaba esa adrenalina. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, sintiendo la dureza de su paquete rozándome apenas. El olor de su cuello, mezcla de sudor y aftershave, me mareaba. Cada roce era una promesa, y mi cuerpo respondía con un calor húmedo entre las piernas.

La tensión crecía con cada cerveza que compartíamos. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito más cada vez. Yo le pasaba los dedos por el pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. "Eres bien chida, wey", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Neta, este pendejo me tiene loca, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como un redoble de batería.

Salimos del antro cuando sonó "Triste canción de amor". La calle estaba fresca, pero mi piel ardía. "Vamos a mi depa, está cerca", propuse, y él asintió con esa sonrisa de chico de onda. Caminamos tomados de la mano, riéndonos de tonterías, el eco de la música aún en nuestros oídos. Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano, y yo imaginaba esas manos explorando todo mi cuerpo.

Acto dos: la escalada. Mi departamento era un oasis en la bulliciosa Condesa: luces tenues, velas aromáticas a vainilla que ya olían a deseo anticipado. Puse una playlist de El Tri bajito, "Piedras contra el vidrio" de fondo. Nos sentamos en el sofá, y él me jaló a su regazo sin mediar palabra. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí contra él, sintiendo su erección presionando contra mi entrepierna.

Su boca sabe a rock 'n' roll puro, wey. Quiero que me devore entera.

Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, hasta tocar mi tanga empapada. "Estás chingona de mojada, morrita", ronroneó, y yo reí, mordiéndome el labio. Le quité la camiseta, revelando un torso tatuado con guitarras y logos de bandas. Olía a hombre puro, a tierra mojada después de la lluvia. Lamí su pecho, saboreando la sal de su sudor, mientras él desabrochaba mi blusa y chupaba mis pezones endurecidos. Cada lamida era un rayo de placer, mis caderas se movían solas contra su dureza.

Lo empujé al sillón y me arrodillé entre sus piernas. Desabroché su jeans, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de anticipación. El olor almizclado de su excitación me invadió, y la tomé en mi boca, saboreando la piel suave y el pre-semen salado. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo. "¡Pinche morra, qué rica boca!". Chupé con ganas, sintiendo cómo se hinchaba más, mis labios estirados alrededor de él. Su pulso latía contra mi lengua, y el sonido de sus jadeos era música mejor que cualquier rola.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, me quité la falda y la tanga, quedando desnuda frente a él. Sus ojos devoraban mi cuerpo, y yo me senté a horcajadas, frotándome contra su verga sin penetrar aún. El roce era tortura deliciosa, mi clítoris hinchado rozando su glande. "Te quiero adentro, chico de onda", le susurré, y él me levantó las caderas, guiándome despacio.

Entró centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué grande y qué chingón! Grité de placer, mis paredes apretándolo como un guante. Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, se mezclaba con nuestros gemidos. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el aire. Aceleramos, sus manos amasando mis nalgas, mis uñas clavándose en su espalda.

Acto tres: la liberación. Cambiamos de posición: él encima, embistiéndome con fuerza controlada, sus bolas golpeando mi culo. Miré sus ojos oscuros, llenos de lujuria y algo más tierno. "Eres la neta, wey", jadeé, y él sonrió, besándome profundo. El orgasmo se acercaba como un solo de guitarra interminable. Sentí el calor subir desde mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de él.

"¡Ven conmigo, morra!", rugió, y explotamos juntos. Mi cuerpo convulsionó, olas de placer sacudiéndome, el grito ahogado en su cuello. Él se derramó dentro, caliente y abundante, su verga latiendo con cada chorro. Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El sabor de su beso post-orgasmo era dulce, como victoria.

Después, recostados en la cama, con las sábanas revueltas oliendo a nosotros, pusimos "Adiós Dolor" de El Tri. Él me acariciaba el pelo, yo trazaba sus tatuajes. "Eres más que un chico de onda, Raúl. Eres puro fuego". Él rio bajito. "Y tú, mi musa rockera". No prometimos nada, pero esa noche nos cambió. El amanecer entró por la ventana, tiñendo todo de rosa, y supe que esta historia quedaría grabada en mi piel como un tatuaje invisible.

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